Raúl Milito o el tratado de la insomne fatalidad

Había leído hace varias décadas a Marguerite Yourcenar, su Alexis o el tratado del inútil combate. Lo releí ahora.

Es curioso. Ella lo escribió a los 24 años y yo lo releo a los 63. Cuando lo hice por primera vez, tenía más o menos su misma edad. Ella, murió en 1987.

Me pareció por aquellos años un librito plagado de la conjunción átona "porque", que se emplea para introducir oraciones que expresan causa: unas páginas que todo buscaban explicarlo. Ahora pienso bien diferente.

Se me ocurre, entre otras razones, porque soy distinto. Una de las magras bendiciones de los años: volver sobre los propios pasos y elaborar, bajo una nueva perspectiva, las viejas ideas.

Durante ese proceso apareció una frase: "...dejaba de ser el joven enfermizo y asustado de sí mismo y me convertía en lo que yo era de verdad, porque todos nos transformaríamos si nos atreviéramos a ser lo que somos".

Uno es lo que ha hecho, y transita -de pie, como el río sobre su cauce- con su historia, lo único que nadie es capaz de quitarnos. Posiblemente por dicha razón, irrumpió en la lectura la imagen de Raúl Milito.

Durante los mismos años en los que leí por primera vez Alexis, Raúl Milito era miembro de la Conducción Nacional de la Juventud Universitaria Peronista (JUP), como delegado de la Regional Rosario. Si alguna vez algo de sí lo alarmó, ya se había animado a convertirse en lo que sería hasta su último día.

No fui su amigo; seguramente yo lo admirara demasiado como para confraternizar, o más que probablemente a él no le interesara. Pero compartimos muchos momentos. Cuando hablaba, parecía que hasta la naturaleza hacía silencio, como si oírlo equivaliera a escucharse transcurrir.

En las asambleas estudiantiles era capaz de deambular por los diversos tonos que admite la persuasión, desde el encantamiento al aferramiento, del arrullo a la arenga. No era alto, más bien lo contrario, y las tribus femeninas se rendían sin presentar batalla a la boca resuelta, al mechón que le caía sobre la frente, la corta nariz imperial, y las camisas proletarias.

Las veces en que el ámbito se achicaba y el tiempo era mayor, pude escucharlo pensar. Mientras otro hablaba y los sonidos se propagaban, Raúl, con los labios sellados y el ceño fruncido por la concentración, parecía hacer resonar su inteligencia como los estruendosos engranajes de transmisión de un telar industrial. Luego, aparecía el resultado: en tales momentos, no era tanto el tono del desarrollo como la profundidad y la limpidez de lo que nos estaba transmitiendo lo que hipnotizaba.

Tenía algunos años más que yo, pero existencialmente estaba aún mucho más lejos, en una región de realizaciones que sólo muy pocos pueden concebir. Y todavía menos atreverse a emprender: allí donde todo es cierto. Eso puede fulminar una amistad, pero no el compañerismo ni tampoco el fervor de una relación.

Su alma respiraba al paso de su presencia, y eso no le pasaba desapercibido a nadie. Salíamos de allí con las convicciones dilatadas por sus reflexiones y sus emociones. Tanto más nos inspiraba, cuanto mayor era nuestro deseo de parecérnosle.

El 21 de agosto de 1976, a los 26 años, murió en Alta Córdoba, de madrugada, enfrentado a un procedimiento irregular del Ejército, tomando de la mano a su compañera Silvia Bianchi, junto a Néstor de Breuil.

Terminando con la relectura de Alexis, no me es suficiente recordarlo tanto como necesito imaginarlo hoy. Raúl hubiera dibujado, hecho política, triunfado y perdido, representado a miles de personas o a una comisión obrera, escrito libros. Como los escribió Yourcenar luego del Alexis.

Miles de palabras no dichas, de pensamientos no plasmados, de experiencias no transmitidas, de vehemencias no contagiadas. Nada de eso sobra hoy en día, y es imposible, al imaginar a Raúl Milito, no echar en falta lo que no fructificó.

Hay ejemplares exclusivos, y cuando los azares de la vida permiten que grandes mayorías se beneficien con su fertilidad o con su belleza, aquéllas se sienten bendecidas. No nos fue dada esa gracia.

Actualmente, en el plano general, se suelen abordar estas cuestiones en términos cuantitativos: si los desaparecidos fueron treinta mil, tres mil, trescientos o tres. Como si no palideciera cualquier comentario sobre la tragedia frente a la certeza de tres seres humanos supliciados. O de trescientos, tres mil o treinta mil. Raúl, Silvia y Néstor o la suma de todos los parques de la memoria, incluidos los personales.

Como si no alcanzara con reflexionar sobre Raúl -apenas eso, en su sentido etimológico: que un rayo de luz llegue hasta nuestra superficie y lo devolvamos de algún modo-, y fuese necesario medir. Como si algún número pudiera expresar quién fue, y lo irremediable de que ya no sea, de su falta. No para mí, en particular, sino para el país al que amo tanto y que amó tanto.

Nadie puede quitarme lo que hice, lo que hago y lo que haré hasta el día en que me muera. Eso es algo que me pertenece, porque no es un traje: soy yo. En consecuencia nadie puede impedirme que lo imagine canoso, ampuloso, vegetal en sus ramificaciones. Ni siquiera yo puedo evitar que su falta me haga asociarlo con la ruina moral y con la ausencia de espejos donde mirarnos en la dimensión de lo que querríamos ser.

No es posible negar el pasado, sin que esa operación pasatista termine por empobrecer el porvenir. Algunos lo ensayan; sólo hace falta el transcurso del tiempo para que terminen por admitir la futilidad.

"La fruta sólo cae a su hora, aunque su peso la arrastrara desde hacía tiempo hacia el suelo: la fatalidad sólo es esa maduración íntima". 24 años tenía Yourcenar en 1927, y yo en 1974; un libro en mis manos que subestimé, quizás porque sólo tenía ojos para mi vida, o porque mi alma no estaba en condiciones de advertir que en sí palpitaba una fatalidad que a su tiempo iba a obrar.

"A fuerza de repetir lo que hubiéramos debido hacer, termina por parecernos imposible no haberlo hecho" (Alexis).

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