Opinión
El polemista, el maestro, el compañero

La mañana del 23 de enero de 1993, cuando en este mismo diario leí el artículo de Osvaldo Bayer titulado “Matar al tirano”, en el que recordaba los 70 años del atentado en que el anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens mató en el barrio de Palermo, de un bombazo y cuatro tiros, al coronel Héctor Benigno Varela, fusilador de peones rurales en la Patagonia, sentí que debía responderle.

Mi razonamiento se basaba en mi convicción absoluta de que no se mata en democracia, ni aun al peor enemigo. No se mata.

Por eso aquel artículo de Bayer me pareció por lo menos temerario. Evocar elogiosamente una acción semejante, precisamente cuando el gobierno de Carlos Saúl Menem ensayaba e iniciaba la barbarie político-económica destructiva que hoy perfeccionan las bandas corruptas del macrismo, exigía por lo menos una morigeración. En aquel momento no se cumplían ni diez años del fin de la dictadura de Videla y Massera, y estábamos en plena lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia. El solo imaginar que algún fanático, imbécil o provocador pudiera sentirse habilitado por la Historia para llevar a cabo un acto semejante, me parecía peligrosísimo.

Por supuesto yo sabía que Osvaldo, caliente como era, iba a replicarme con dureza. Ya entonces eran fama su indoblegable postura ética, su caudalosa competencia de historiador, su prosa apasionada. Y así lo hizo, flamígero y temible, y así seguimos, en un fuerte toma y daca durante varias semanas, en las que enhebramos una ardua polémica sobre la violencia, la venganza social y el ajusticiamiento como método político. [email protected] [email protected] participaron, opinaron y tomaron partido al calor de aquella polémica que ninguno de los dos quería cortar, pero cortó el entonces director del diario.

Una década después, en 2002 o 2003, Osvaldo visitó Resistencia para dar una conferencia, y un amigo común organizó un asado y nos dimos un primer abrazo reconciliatorio lleno de humor, afecto y reconocimiento de mi parte porque el Maestro era él. Poco después, en 2004 y en Madrid compartimos varios días durante un congreso y retomamos el debate, sotto voce y amigablemente pero siempre apasionados. Y en 2010 en la Feria de Frankfurt, en la que Argentina fue país invitado, Osvaldo fue una especie de delicioso anfitrión que hizo gala de una simpatía y suavidad exquisitas, tan poderosas como su vasto conocimiento enciclopédico. Hay una foto en la que estamos con Juan Gelman y Rodolfo Mederos, los cuatro riendo como niños.

En la presentación, en 2008, del libro “Entredichos, Osvaldo Bayer, 30 años de polémicas”, editado por Casa América Catalunya y La Ochava Ediciones, y con compilación y epílogo de Fabián D’Aloisio y Bruno Napoli, hay un notable ensayo de Omar Acha, en el que este historiador señala que la dureza de aquella polémica excedió el razonamiento político. “Es equivocado ver en los argumentos de Giardinelli la aplicación de máximas abstractas y en los de Bayer el uso de contextualismos empíricos. Ambos están debatiendo sobre los principios deseables en la acción política de la izquierda. Al proclamar el derecho de ‘matar al tirano’, Bayer va más allá del caso Wilckens. Giardinelli lo ve bien y por eso responde. Es que éste eleva un principio de una sociabilidad que considera irrenunciable: el ‘no matarás’.”

Ahora que Osvaldo se marcha a recorrer galaxias que no sabemos ni imaginar, me ratifico en la idea de que el postulado “Matar al tirano” es una discusión de múltiples aristas: la violencia del poder nunca es gratuita, pero la venganza nunca es solución. Un debate interminable. Como tanto le gustaba al ya inolvidable Osvaldo Bayer. Ese grande que hoy pierde la Argentina.

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