POLITICA
Ganan menos, bancan más
El 18,3 por ciento de las mujeres no tiene dinero propio. Las que trabajan, ganan el 26 por ciento menos que los varones. Falta mayor igualdad de género en la política, pero el acceso creciente de las mujeres a esos ámbitos no implica un avance real. Mientras que los hogares que antes eran llamados monoparentales, en realidad, son monomarentales y están bancados por mujeres y madres solas.

El 18,3 por ciento de las mujeres mayores de 14 años no trabaja ni percibe ingresos propios. La autonomía económica, te la debo. El principio básico de tener con qué para poder decidir no se cumple para casi dos de cada diez mujeres en la Argentina. Ellas están más condenadas a aguantar la violencia porque no cuentan con recursos para irse a vivir a otro lado o mantenerse por sus propios medios, situaciones de acoso si llegan a conseguir trabajo o hacen alguna changa esporádica (ser mozas, promotoras, atender una barra, cajeras, expendedoras de nafta, vendedoras, empleadas domésticas, etcétera) o a postergar sus necesidades, ganas de aprender algo o hacer deportes y/o salir. Los varones que están atados a la misma situación (no contar con dinero en sus bolsillos, ni ingresos que les permitan autofinanciarse, ni estudiar para proyectar otro futuro) también es preocupante pero es casi la mitad: 9,9 por ciento, según Indicadores Nacionales de Género, difundidos el 3 de enero del 2019, por el Instituto Nacional de las Mujeres (INAM) y publicados en la web oficial Argentina.gob.ar.

La postergación económica por razones de género tiene que estar en la agenda electoral en un año en que el voto debería incidir en el reparto de billetes en cada billetera. Es importante que no solo lleguen mujeres, sino mujeres, lesbianas, no binaries y trans con perspectiva de género. Pero los datos marcan, de todos modos, un mapa de la deuda política. Hay solo un 16,7 por ciento de gobernadoras en todo el país (más allá que una mandataria como María Eugenia Vidal cuenta con una cifra todavía menor de ministras) pero, todavía menos autoridades locales ya que solo el 9,5 por ciento de las intendentas son mujeres, según datos de las gobernaciones y proporcionados por el Ministerio del Interior y actualizados a septiembre del 2018. 

Un dato que interpela sobre la relación entre género y política es que la cifra más alta de proporción de mujeres se da en el Senado con un 41,6 por ciento de mujeres, justo en la cámara que freno el aborto legal, seguro y gratuito. El dato alerta sobre la necesidad de que el cupo implique un compromiso de quienes llegan a través de herramientas de fomento de la participación de género a defender la vida, la salud y la autonomía de mujeres y cuerpos gestantes. Las diputadas, mientras tanto, son el 38,9 de la Cámara legislativa nacional. 

En Argentina cuatro de cada diez personas que ganan más o llevan adelante la mayor cantidad de cuentas y gastos en el hogar son mujeres. Pero cuando en la casa hay una sola persona a cargo (que vive sola o mantiene a hijos/as o personas mayores) la jefatura femenina asciende al 55 por ciento. En cambio, en las familias más clásicas el 45 por ciento de la mayor responsabilidad y autoridad económica está en mano de los varones y el 16 por ciento en la espalda de las mujeres, según las cifras publicadas el 6 de diciembre del 2018,  por el Observatorio Nacional de Violencia Contra las Mujeres, dependiente del INAM, en base a cifras de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH).

En Economía Feminista están fogoneando una palabra clave: hogares monomarentales que identifica y visibiliza a las madres que bancan solas sus casas y a sus hijos, a sus madres, hijastras, suegras o tías. “El 26,7 por ciento de las mujeres jefas de hogar son jefas de un hogar monoparental y el 3,7 por ciento de los varones conduce ese tipo de hogares, según los datos del INAM. Pero cuando se ve toda la población de hogares con una sola persona a cargo (llamados monoparentales) encuentra que el 85 por ciento está a cargo de una mujer y eso quiere decir que son monomarentales. Casi nueve de cada diez hogares que eran llamados monoparentales, en realidad, son monomarentales”, resalta la doctora en Economía y autora del libro Economía feminista, Mercedes D’Alessandro. 

La trampa es que las mujeres ganamos un 26 por ciento menos que los varones. Entonces, cuando son jefas de hogar ese hogar está empobrecido y cuando comparten su vida es difícil que puedan alcanzar la misma injerencia en la vida económica que sus maridos, novios o padres porque están condenadas a contar con menos disponibilidad financiera por razones de género. La licenciada en Economía e integrante de Economía Femini(s)ta, Florencia Tundis, señala: “Las mujeres ganamos un 26 por ciento menos que los varones y, teniendo en cuenta tanto el trabajo remunerado como el trabajo doméstico no remunerado, trabajamos más horas semanalmente que nuestra contraparte masculina (cincuenta y siete horas por semana, siete más que los varones)”. Ella destaca que las estadísticas oficiales son fundamentales para seguir pidiendo políticas y acciones que lleven a reducir la brecha salarial y las diferencias de género, tanto en el ámbito público como en el privado.

“La tarea de cuidar, sea remunerada o no remunerada, continúa siendo asignada a las mujeres”, enfatiza la socióloga Eleonor Faur, autora de El cuidado infantil en el siglo XXI y coautora de Mitomanías de los sexos. “La información confirma la importante dedicación femenina al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, la cual duplica a la dedicación masculina. Al mismo tiempo, subraya la relación de esta tarea y la complejidad de participar en actividades remuneradas, que en el caso de las mujeres se observa a partir de una menor participación en el mercado de trabajo cuando se tiene hijos pequeños. Desde el punto de vista del trabajo remunerado de cuidados, se agrupan actividades en una categoría que muestra que alrededor de un 17 por ciento de las mujeres se ocupan en este tipo de empleo (con una altísima participación de servicio doméstico) frente a sólo un 0.5 por ciento de los varones.” 

Faur enfatiza los vínculos entre menos derechos económicos y mayor vulnerabilidad a la violencia. “La participación de las mujeres en los niveles menos rentables de la actividad remunerada y la dificultad de acceso a espacios de toma de decisiones implica una limitación en la autonomía económica y en la toma de decisiones de las mujeres. Eso no deja de ser relevante a la hora de analizar su mayor vulnerabilidad física, en un contexto en el cual los femicidios y travesticidios siguen presentando escenas de enorme crueldad y escasas respuestas institucionales efectivas”. 

“El gobierno nos propone mirar la agenda de género separada de la agenda económica, cuando el reclamo feminista es exactamente el contrario”, resalta la economista Lucía Cirmi Obón, del Centro Interdisciplinario para el Estudio de las Políticas Públicas (CIEPP). Ella apunta: “Las brechas de género no se cierran solo con “aumentar la inclusión laboral/financiera” como dice el FMI y el gobierno, sino que se necesita una perspectiva más feminista de la economía y un Estado que no recorte. En Argentina entre los hogares pobres e indigentes hay mucha más presencia femenina que masculina. Este escenario es una situación que ocurre a nivel global y que tiene una relación directa con el cuidado. En nuestro país según la ENES (otra encuesta oficial), los hogares más pobres son los que tiene mayor tasa de dependencia, es decir mayor cantidad de niñes y abueles que dependen del ingreso y del cuidado de un adulte en edad laboral. Del trabajo de cuidado se terminan encargando mayoritariamente las mujeres, sin remuneración, protección o valoración social por ello. En los hogares más ricos las mujeres pueden pagar por otras mujeres que se encarguen. En los hogares más pobres, sin acceso a esa opción y sin alternativas de cuidado públicas, las responsabilidades de cuidado terminan ocupando el día completa sin posibilidad de generar otros ingresos o tener un trabajo parcial. Así las cosas, es lógico que las mujeres aparezcamos al fondo del tarro”. Y ella advierte: “Para romper con la feminización de la pobreza no solo se necesita distribuir mejor el cuidado con los varones sino mayor reconocimiento económico de la tarea y un Estado que ponga alternativas públicas para todos los tipos de familia”.

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