El día que quemaron el Rosario

Diciembre 1818. 

El general porteño Juan Ramón Balcarce escribe desde el Rosario numerosos oficios al director supremo Juan Martín de Pueyrredón. Son partes de guerra contra los “anarquistas” de Santa Fe que se levantaron contra el poder central porteño. 

* He hablado al gobierno con la expresión y claridad que me imponen mis deberes. No me encuentro capaz de terminar felizmente por la senda que se me conduce. Me ha costado muchos riesgos y fatigas conservarme con honor en la carrera por la que me incliné. Estoy decidido antes de exponerme a perderlo, quedar gustoso como un simple ciudadano. Además mi salud se encuentra notoriamente quebrantada. Pido a S.E. encarecidamente que se sirva destinar otro oficial en mi relevo y que sea cuanto antes. 

* Hasta tanto Buenos Ayres no resuelva mi reemplazo, el ejército se conservará solo a la defensiva.

Enero de 1819. 

Las guerrillas santafesinas de López atacan diariamente, se repliegan y vuelven a atacar. Balcarce se desespera cuando los montoneros arrebatan el ganado con que contaba para la subsistencia de la tropa. El Rosario está sembrado de cadáveres y heridos de sitiados y sitiadores.

Atrincherado, Balcarce insiste con que la infantería no puede presentarse al enemigo sin protección de la caballería, cree que con la llegada de seiscientos hombres podrá dar batalla a los rebeldes, exterminarlos en medio de las sombras de la noche que cubren el ataque final que nunca llega. 

–A cavar zanjas –ordena Balcarce como último recurso defensivo, y la soldadesca, palas en manos, abre la tierra que rodea a la capilla y la plaza central.

Después de dos meses de estar sitiado por las tropas de López y la flotilla de Campbell, el ejército porteño está en disolución. 

Desde Buenos Ayres, Pueyrredón no tiene otra opción que poner en marcha al ejército auxiliar del Perú, a cargo de Belgrano. 

–¿Antes del deseado arribo del señor general, me conservaré a la defensiva? ¿Lo esperaré para hacerlo? –pregunta Balcarce y esos interrogantes deben entenderse como una fina ironía: ambos no simpatizan desde la Revolución de Mayo. 

–De ningún modo abandone el punto del Rosario, sería un descrédito este paso, aguarde que las considerables fuerzas que se reúnen en San Nicolás lo salven –le responde Pueyrredón. La comunicación llega tarde. Balcarce ya ha decidido levantar su cuartel del Rosario. 

El ejército –escribe– en esta situación no tiene ya objeto, los rebeldes no se atreverán a atacarme aunque reúnan todo su poder, ni yo alcanzo a distraerlos con otras operaciones.

“Y prendieron fuego a la ciudad y a todo lo que en ella había”, lee con devoción el general Balcarce mientras sostiene la biblia entre sus manos. Acostado en su camastro piensa en aquellos días cuando Roma fue consumida por el fuego ante los ojos de Nerón, el emperador de la época. Entonces se levanta, sale de la tienda de su cuartel general en el Rosario y ordena a su estado mayor incendiar el Rosario. Y los oficiales y la tropa que aún se mantienen a su lado, ante tanta deserción, cumplen con su exigencia y salen con sus antorchas de fuego –los extremos de los palos envueltos en un trozo de paño empapado de brea–, a quemar todo lo que encuentren a su paso.

El fuego se vuelve de grandes proporciones, transforma en cenizas el techado de quincho, los manojos de paja atados con un junco, los pequeños ventanucos que se abrían y cerraban durante las noches de lluvias y fríos, los cráneos de vacas que se usaban como asientos de los parroquianos, la cumbrera de techo a dos aguas, la argamasada de barro y paja con que se levantaban las paredes; el mojinete donde alguna vez hubo una ventana hueca o de cuero o de madera, el piso de tierra apisonada hecho polvo.

Arremeten con furia contra endebles ranchos y casas dispersas, pulperías de aleros saledizos... La plaza de carretas, el cementerio, el camino de postas, las calles menores en la bajada grande, las pequeñas callejuelas por donde podían circular el sastre y el carnicero, el barbero y el albañil, el isleño y el carpintero, el quintero y el estanciero, los negros y los esclavos, los hijos ilegítimos y los huérfanos de la guerra están atravesados por el humo de la destrucción. Los aldeanos huyen ante tanto fuego arrasador, pero lo hacen sin dirección alguna, como las vacas, ovejas, gallinas y yeguadas; los perros ladran frente al pajonal que arde incesante.

Ciento sesenta y cuatro ranchos del Rosario han quedado reducidos a cenizas. Solo se salvaron del fuego la Capilla (aunque un sector quedó destruido) y dieciséis casas. La de Justa Moreyra, de diez varas, no tiene más ni techos ni puertas, se ha desplomado, uno de los cuartos ha sido destruido hasta sus cimientos; de la casa de Rico sólo queda una viga de tronco. Lo mismo sucede con las casas de Juan, el aserrador; Matatoros; la finada tía Lucha; el indio Juan Ventura; el paraguayo Lorenzo; el ronco Pedro José; Antonia, hermana de José, el zapatero; la suegra de Puebla; han quemado la Casa de Animas, y la del ex comandante Domingo Ramírez. Han incendiado las casas de los terratenientes Tiburcio Benegas, Matías Nicolarich y Juana Grandoli, la de los ex alcaldes Carbonel y Vidal, las de comerciantes de españoles Zamora, Fernández, Puebla, López, las de las de las viudas Catalina Belioso, María Molina, Pascuala Melián, Gabriela Ríos, Florentina Javes, Laura Cabrera, Gabriela Salazar, Isaura Nobrega, Baleriana Páez, Anita Cuevas, y las de las solteronas hermanas Juana y Romualda Rosendo.

Uno de los pobladores más ricos de la pobre aldea se para frente a un pequeño grupo que intenta apagar el fuego de su casa con caronas y tinajas. El uso de mantas de abrigo o vasijas con agua que traen de la bajada es un esfuerzo sin resultados positivos. –Hay que hacer un contrafuego –explica. Primero hay que despejar la vegetación y después repartir la tierra en una zona ancha de terreno para que el fuego no se expanda.

Doña Petrona Villarroel, parada frente a su rancho demolido, cita de memoria un versículo del Apocalipsis: –Y los reyes de la tierra que cometieron inmoralidad y vivieron sensualmente con ella, llorarán y se lamentarán por ella cuando vean el humo de su incendio.

¿Qué ve Estanislao López el 12 de enero de 1819 desde su cuartel general del Rosario? A los enemigos, que se hallan reducidos a la estrechez de este pueblo, sin atreverse a salir un paso. A pesar de esto siguen en el proyecto de devastación, han incendiado una multitud de casas del Rosario, a la vista de todos.

Desde el Rosario incendiado, el brigadier López escribe: “Santa Fe ya no tiene nada que perder desde que tuvo la desgracia de ser invadida por un ejército que venía de los mismos infiernos. Nos han privado de nuestras casas porque las han quemado, de nuestras propiedades porque las han robado, de nuestras familias porque las han muerto por furor o por hambre”.

Desde el Rosario, primero desde su puesto de observación en la barranca del Paraná, y luego desde la proa del “Chacabuco”, en su retirada por el río, el general Juan Ramón Nepomuceno Balcarce ve cómo se extiende el fuego, como una lengua, como una rara bruma en verano, cómo crece hacia el cielo, cómo ilumina el color marrón del río; huele el olor de los pastizales, escucha el crujir de los techos de pajas de los ranchos perdidos en la inmensidad de la llanura. 

Q A 200 años de la quema de Rosario, adelanto de Desde el Rosario, libro que acaba de publicar Homo Sapiens Ediciones. Vargas es cofundador del diario RosarioI12, suplemento de PáginaI12. 

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