Maternidades en disidencia
VISTO Y LEIDO | La escritora colombiana Carolina Sanín acaba de publicar en el país Los niños, novela sobre el encuentro entre una mujer solitaria y un chico.

Una mañana nublada de primavera, Carolina Sanín nos recibe en Buenos Aires nada menos que en el living de la casona de Victoria Ocampo en Barrio Parque. Es que esta escritora y columnista bogotana está de visita participando del Filba, y la residencia aristocrática de la mayor de las Ocampo oficia de alojamiento. La excusa es hablar de Los niños, su curiosa novela escrita en 2014 y publicada recientemente en Argentina por Blatt & Ríos, un libro sobre la relación de Laura y Fidel, una mujer de clase media algo extraviada y solitaria y un niño pobre que se le aparece en la puerta de su casa para poner en duda todos sus deseos y para trastocar su vida cotidiana. La relación entre ellos, la manera minuciosa en la que se describen sus intentos -a veces infructuosos - por entenderse y comunicarse, y las ideas de maternidad y de filiación que se ponen en juego entre dos extraños son la materia prima de una literatura precisa y sofisticada que hace pie en el realismo pero que va mucho más allá. 

Al igual que muchas otras escritoras de su generación (como Schweblin en Distancia de rescate, por citar un caso), Sanín escribe sobre la maternidad sin haber tenido hijos. Hace literatura con esa experiencia que nos atraviesa en tanto mujeres y que muchas veces nos obliga a dar explicaciones sobre nuestros deseos. En esta charla, la autora profundiza en las alternativas de sus personajes, un niño que no habla de su pasado y una mujer que no se decide del todo en cumplir el rol de madre para él, pero que no puede dejar de acompañarlo.

Tu novela Los niños presenta una idea de maternidad no biológica muy interesante que escapa al arquetipo de la madre como esa persona que brinda cuidados, cobijo y amor, tanto en la vida como en la literatura. ¿Por qué te interesó en particular desnaturalizar eso en el terreno de la ficción?

-La relación más importante entre los humanos y los animales en general es la que se da entre madres e hijos, esa filiación. Quería probar cómo podía construirse una maternidad que no estuviera dada por hecho y de ver cómo podía generarse entre dos extraños. En general la maternidad y la filiación preceden a la relación, y en la novela pasa lo contrario. Quería examinar los vínculos entre las personas, cómo se establecen, y cómo se da el diálogo, que es el único vínculo relevante o decible para la literatura. ¿Cómo se puede construir un diálogo entre extraños? Y esos dos extraños son un niño y una adulta. Hay una brecha muy grande entre ellos en la forma en la que se relacionan con el lenguaje, no sólo en el sentido de cuántas palabras tienen o qué posibilidades de expresión conquistan, sino en qué es el lenguaje para cada uno de ellos y en qué estado está. En qué estado vive la lengua en ellos. Me interesaba investigarlo poniéndolos en relación.

¿Es liberador escribir sobre la experiencia de la maternidad sin ser madre?

-La experiencia de la maternidad no se tiene solo con ser madre. Se tiene ya al ser hija. Es clave que mujeres que no hayan tenido hijos o no sean madres puedan hablar de la maternidad. Además, es una experiencia intrínseca a ser mujer, y no importa si se realiza o no. La maternidad ya está en la disposición de las mujeres, tengan hijos o no los tengan: biológicamente pero también psicológica y culturalmente. Que haya mujeres que hablemos de la maternidad sin tener hijos me parece muy importante. Las mujeres siempre nos tenemos que hacer cargo incluso de la disidencia en el caso de no querer ser madres Y si lo somos, pues hay que hacerse cargo de los matices de esa maternidad. Han aparecido varios libros en primera persona, testimonios en distintas lenguas, excéntricos o convencionales, que tocan el tema de la maternidad y a mí me parece esperanzador porque está examinando una versión medeica de la mujer. Se está contemplando nuevamente esa posibilidad o abordando ese miedo a Medea, la mujer que mata a sus hijos.

La maternidad siempre se inscribe en un entramado social. Sin embargo, los protagonistas de Los niños son seres muy solitarios y aislados. ¿Qué pensás de la idea de promover parentescos no biológicos a la hora de integrarse a la comunidad?

-En la novela me interesaba hablar de la incomunicación. Nadie puede decir quién es totalmente, nadie puede presentarse a sí mismo de una manera ni completa ni creíble. Estudiar los parentescos y las posibilidades que tienen parece ser la función de una literatura utópica. Me interesa mucho porque creo que sólo en la revisión de esos parentescos es en donde puede tener lugar la liberación de la mujer y la feminización de la sociedad. Debemos revisar el patriarcado a través de la crítica de los lazos biológicos y de la construcción de la familia biológica. Es la hora de imaginar nuevas maneras de establecer lazos. 

El personaje de Laura carece de instinto maternal y parece tener algunas dificultades para darle amor al niño. Parece ser una mujer que no conoce sus motivaciones y que duda sobre adoptar al niño o no.

-No está motivada desde el afecto ni desde el deseo sino desde la curiosidad, que es otro modo de deseo. Y desde el discurso mental. Sí, Los niños es una novela que trata en parte de cómo los afectos pueden salir del discurso y del pensamiento. Entonces son unos afectos muy alienados, muy humanizados, en ese sentido. Muy poco instintivos.

A su vez, en la novela los niños no son seres inocentes sino todo lo contrario. Fidel es un niño difícil, por momentos aterrador. ¿Qué te atraía de esa idea oscura de la infancia?

-Culturalmente nos hemos dado cuenta hace tiempo pero no queremos hacernos cargo: los niños dan terror. Las películas clásicas lo pusieron en escena. En muchas de ellas el niño es el sujeto del mal, el poseído por otro mundo: es el demonio, los fantasmas encarnados. Esos niños están poseídos precisamente por su inocencia: como no tiene experiencia, puede entrar en él un otro, o el mundo. El niño es la víctima sacrificial también, el que puede hacer contacto entre los mundos. No se ha escrito tanto sobre eso. Como si nos hubiéramos rehusado a darnos cuenta de que le tenemos terror al niño. El niño es la patencia de lo siniestro. 

Es curioso, porque además de novelas y ensayos vos también escribís libros para chicos…

-Eso es algo interesante. Hay varias escritoras colombianas en este momento que escriben columnas de opinión, y literatura para niños y para adultos también. En eso de escribir de varios modos y para varios públicos, y moverse no solo entre los géneros, creo ya hay una manera femenina de habitar la literatura. Y una protesta ante las clasificaciones. No creo que haya una literatura distinta escrita por mujeres, pero sí creo que el lugar desde donde escriben las mujeres sí puede cambiar para hombres y mujeres la manera de escribir y la manera de “ser escritora”. Ese personaje del “escritor” se puede hacer pedazos si las mujeres conscientemente habitan ese personaje y lo fagocitan.

Los niños

(Blatt & Ríos) 160 páginas

Carolina Sanín

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