Las mujeres de la Policía Bonaerense
Armadas
PODER | En una institución masculinizada y verticalista como la Policía Bonaerense, algunas, pocas, mujeres llegan a ocupar puestos de mando. ¿Cómo repercuten estas presencias que también tienen que negociar la subordinación de base por su género en el tratamiento de la violencia machista cuando las denuncias llegan a las comisarías? La politóloga Andrea Daverio investigó para su tesis doctoral las experiencias de aquellas que ocuparon cargos jerárquicos en esa fuerza.

Andrea Daverio, politóloga y feminista, eligió como objeto de investigación para su tesis doctoral las experiencias de las mujeres que ocuparon cargos de poder en la cúpula de la policía bonaerense: Las Jefas. Género y poder en la policía de la provincia de Buenos Aires, se transformará pronto en libro para dar cuenta de ese pequeño puñado de comisarias que llegaron a la cúpula de esa institución y que participaron de los niveles más altos de decisión en la fuerza entre 2010, cuando Regina Zonta ascendía al cargo de Comisaria General, marcando un hecho histórico, y 2015, periodo en el cual “las jefas” ocuparon el 90 % de las Comisarías de la Mujer y la Familia, y solo seis, nunca todas juntas, llegaron a sentarse en la mesa de los jefes. “Siempre ha sido problemática la relación entre los estudios sobre las fuerzas de seguridad y los estudios de género y feministas, entre otras cosas, por lo que el propio pensamiento feminista ha dicho respecto del Estado pero en particular sobre la policía: cuál es el rol que tiene en una sociedad patriarcal, en qué medida produce y reproduce las relaciones asimétricas y para qué usa la fuerza pública. Entonces creo que desde una perspectiva feminista debemos tener cosas para decir y para pensar”.

Daverio analizó las experiencias de mujeres policías desde una perspectiva feminista, y para eso trabajó sobre tres planos: el Estado y la policía como parte del Estado, las mujeres policías como sujetos políticos, y las conexiones que podía haber entre esas dos dimensiones y la agenda feminista. ¿Cómo se había constituido la subjetividad de estas jefas, que fueron socializadas en las escuelas de policías como subordinadas? “Son subjetividades construidas desde el orden de lo subordinado -dice Daverio- pero no solamente desde la institución, sino como mujeres en la sociedad. Estas mujeres son hijas, son hermanas, son madres o no, y sus subjetividades están atravesadas, desde el punto de vista simbólico y cultural, como se construyen las relaciones de subordinación. Entonces ahí hay un problema analítico y político interesante. El código patriarcal es muy ambicioso y no deja nada afuera y esto analizado dentro de la policía se ve absolutamente. En las experiencias de estas jefas se ven señales y mandatos, ya sea por la vía de la normativa o de las prácticas y las rutinas”. 

¿Por ejemplo?

–En una determinada época, cuando entraban a la escuela Vucetich, se socializaban varones y mujeres por separado, esto ya no es así. Había códigos respecto de cómo era la ropa interior de las mujeres, el color de las sábanas, del pijama, la altura de la bombacha. Jamás podían usar bombachas que no taparan el ombligo, nunca de color negro, sino bombacha y corpiño de color rosa. Ese código de vestimenta incluía también como debían ser vistas –pollera, medias de lycra y zapatos de taco– después vino el pantalón y todas celebraron su llegada. Una vez que egresaban también había códigos de cómo tenían que aparecer: con los labios pintados de rojo y los ojos con sombra celeste. Con la reforma de Arslanian se da una alteración normativa, de formación y de organización de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Se cambió el ingreso, la socialización y la organización de la carrera. Se eliminó el cupo, las aulas separadas y luego el tope para el ascenso. 

¿Pero qué implica ascender?

–En algunos casos hay una reproducción de lo que son las formas de ejercicio del poder que tienen los varones adentro de la policía: autoritarios, jerárquicos, verticalistas. En otros, modalidades de construcción de la autoridad. La idea de hacer reuniones, construcciones colectivas de planes de trabajo, decisiones estratégicas para ver quién es más adecuado para cumplir que función. Una de ellas me decía que cuando le llegó un destino jerárquico importante -una jefatura departamental- llegó sola al lugar y le preguntaron ¿dónde está su séquito?, que era algo habitual de cómo se construía el poder entre los jefes de la policía: llega el jefe y desembarca con su equipo. Ahí hubo una práctica distinta que de algún modo desafió una forma de construcción de poder.

¿Qué sucede en las Comisarías de la Mujer y la Familia?

–Todas las jefas que yo entrevisté que llegaron a la cúpula habían sido comisarias en una Comisaria de la Mujer y la Familia, como un pasaje obligado en su carrera. Se supone que si hay una mujer al frente, las mujeres que vayan a denunciar no sufrirían procesos de re victimización y podrían tener empatía con la problemática de la víctima. Acá hay todo un supuesto que hay que revisar: el hecho de que haya una mujer no garantiza que tenga una perspectiva de género y las capacidades, habilidades y entrenamiento para estar en ese lugar. Acá hay algo paradójico: hay una problemática y hay una respuesta. Esto tiene efecto en la carrera, porque el mayor porcentaje de jefas están ahí. Una mujer puede llegar al grado de comisaria general, todas pueden hacer carreras con igualdad de oportunidades pero el espacio que la policía les da a las mujeres para gerenciar son estas comisarías de la mujer y la familia. Porque en términos de prestigio es más prestigioso dedicarse a la investigación y a lucha contra el narcotráfico. 

Respecto de las Comisarías de la Mujer y la Familia, hablás también del género como estigma o los estigmas de género, ¿cuál es ese estigma?

–Tiene que ver con lo que hacen, con el género de sus titulares, con el tema que trabajan y con el tipo de trabajo que llevan adelante. Es un trabajo que ellas llaman trabajo social, y ahí hay una pregunta para hacer: ¿eso no es trabajo policial? ¿No forma parte del trabajo policial? El trabajo con las mujeres, con la violencia de género es percibido como un trabajo no policial. El trabajo policial está atravesado por una noción de lo que se entiende como seguridad, de qué es lo importante, y qué no. A pesar de que existen las Comisarías de la Mujer y la Familia, las propias policías y los propios policías dicen que el problema de la inseguridad es un atraco, un robo, un asalto a mano armada, pero no es un problema de inseguridad un femicidio. 

¿Y vos qué pensás de la violencia de género como problema de seguridad?

–Si una mujer no puede circular, si nosotras y nuestras hijas tenemos que cuidarnos de cómo vamos vestidas, de que si nos vienen siguiendo…, bueno, ya dijimos mucho las feministas sobre lo que es la apropiación del espacio público y el peligro en el espacio público donde la violencia de género no es vista como un problema de inseguridad. Pero, de algún modo, muchas de estas comisarias reconvierten ese status secundario en prestigio, y construyen en sus territorios a partir de su trabajo con las mujeres y las organizaciones sociales. Y esto puede ser muy importante desde una perspectiva feminista, son parte de esos intersticios en los cuales hay que pensar y repensar. Si pensamos que lo único que hay es reproducción inexorable de desigualdades vamos a encontrar reproducción inexorable de desigualdades, pero también podemos preguntarnos cómo sería posible transformar el rol de las instituciones policiales desde una perspectiva feminista. Ahí lo importante es la interlocución y el rol que pueden jugar las organizaciones de mujeres, el activismo, las universidades, la escucha y lo que puede tener el feminismo para decir sobre esto y poder cambiar.

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