Cómo aliviar el dolor

Cómo harás para ver
Y aliviar el dolor en el jardín de gente
Algún acuerdo en tu alma tendrás.

(L. A. S., 1997)

Ya no es una juntada esporádica de amigos, un evento por el mero aniversario, una excusa. La tercera edición de El Marcapiel cimenta su carácter obligatorio e inevitable: pase lo que pase, el 23 de enero de cada año es ahora una cita de honor, el encuentro que el pueblo spinetteano espera para que esas canciones se sigan materializando. Porque son necesarias. Porque la de Spinetta es una obra viva, pulsátil y vigente, y cada vez que suena la magia se corporiza. Es imposible no sentir y sufrir la ausencia del artista, pero lo que ha dejado es tanto que cada velada en el Konex es ante todo una celebración. Músicas que escriben en el cielo.

Las palabras de Liliana Herrero que mojan mejillas por todo el lugar y la impactante versión de “La bengala perdida”, la magnética rendición de Fabi Cantilo para “Quedándote o yéndote”: Malosetti tomó nota de los reclamos del año pasado y las mujeres hicieron acto de presencia (Isabel de Sebastián también fue invitada, pero la lejanía le impidió estar) e introdujeron nuevos matices. Alrededor, entrando y saliendo, los enormes músicos que compartieron el camino de Luis, que le dan curso a esas canciones con total naturalidad y conocimiento, y con ello refuerzan la sensación de eternidad. Lujos como el de David Lebon, cuya mera aparición emociona y encima hace “Muchacha (ojos de papel)” y no se puede creer que vuele tanto con un tema tantas veces escuchado. Y de sobrepique aparece Ricardo Mollo y sobre el escenario están dos leyendas de la guitarra que arman una hoguera con “Despiértate nena”, y todavía falta que en el gran final sumen nada menos que a Guille Arrom y Lito Epumer y “Rutas argentinas” se convierta en un festival de las seis cuerdas.

La cabellera plata de Rodolfo agitándose tras la batería como en aquel disco seminal del rock argento. Mollo, otra vez, haciendo de “Figuración” algo sin tiempo y sin lugar. Machi que detiene la noche con “Durazno sangrando”. Que suenen otra vez cosas como “Las habladurías del mundo”, “Tu vuelo al fin” y “Casas marcadas” (“Deja que la luz te guíe...”). La voz de Dhani Ferrón, tan apropiada para cantar al Flaco; la sonrisa feliz de Javier, factótum del asunto que agarra el bajo y hace cosas imposibles; el impacto de la presencia de Gustavo, tan parecido a su hermano que llega a producir una fugaz ilusión óptica. Todos esos años de gente para una música inmortal.

Y, claro, el efecto que se derrama en la multitud que atesta la Ciudad Cultural Konex. Pieles erizadas y ojos brillantes, miradas que se cruzan y se comunican todo sin una palabra. El Marcapiel agota sus entradas porque necesitamos escuchar a Luis Alberto, porque nos sigue cantando a través del universo, porque es un compositor clásico de la cultura argentina, porque su obra es gigante en número y en contenido y late en todos nosotros. Hoy hay un consenso indiscutido sobre su obra que no era tan contundente cuando estaba, pero ni siquiera eso importa. Al mundo de Spinetta se puede entrar por múltiples puertas y vertientes estilísticas, caben los acordes imposibles de “Dale luz al instante” o un rock carretero de Pescado. La cita anual es el recordatorio de que la celebración de esa obra puede concretarse todos los días, cada vez que sea necesaria la convicción de que la belleza inmaterial es posible; toda vez que necesitemos sentirnos mejores, dolorosa y felizmente vivos, capaces todavía de conmovernos con un estribillo. Flaco querido, estés donde estés: gracias por aliviar el dolor de este jardín de gente. Te seguiremos cantando.

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