No tengo recuerdos de los tres juntos. Hay sí, una foto que encontré dentro de un libro. 

El libro se llama La casa redonda y resalta en la biblioteca porque no tiene lomo, y se le ven las costuras y los cuadernillos como si fueran las vísceras.

En esa foto mi madre es joven y me tiene en brazos. Parece un poco incómoda, con los brazos por encima de donde estarían normalmente, como si quisiera mostrarme a quien toma la foto. Tiene puesto un tapado oscuro y una boina tejida de color blanco. 

Mi padre está detrás y sus manos asoman por los costados de los hombros de mi madre, como si la sostuviera. 

Ella sonríe, o imita una sonrisa. Nunca le gustaron las fotos. 

El no sonríe, siempre dijo que le parece estúpido sonreírle a una cámara. Pero se ve orgulloso: tiene el mentón ligeramente levantado. 

Yo, soy apenas una cara arrugada del tamaño de una manzana que asoma entre un bollo de mantas.

La escena siempre me resultó extraña. 

Pocos meses después de ese día mis padres se separaron. 

No tengo recuerdos dolorosos de la separación, salvo que todo lo que hacía en el colegio, fuera bueno o malo, era atribuido a que yo era “hija de padres separados”, lo que en esa época era una rareza, algo parecido a una enfermedad. 

Supongo que debe haber habido murmullos a nuestras espaldas, pero mis padres nunca prestaron mucha atención a ese tipo de cosas. Siempre hicieron todo como si estuvieran absolutamente seguros.  

Deben haberse separado también de ese modo. Debe haber habido gritos o llantos, pero por debajo de ellos, calma.

Nunca pregunté los motivos, porque cuando se separaron yo era demasiado chica, después ya estaba acostumbrada y no me lo pregunté a mí misma, y de adulta, con sólo verlos, la respuesta se me hacía obvia: me era imposible imaginarlos juntos.

Eran muy diferentes. Pero sus diferencias no parecían correr en sentido contrario. Eran paralelas.

Vivían cada uno en su casa y yo en ambas. 

Estaban separados pero parecían ponerse siempre de acuerdo en todo.  

En realidad no era que se pusieran de acuerdo, sino que coincidían en los puntos sobre los que se asientan casi todas las decisiones. Nunca pude aprovechar que vivieran separados para sacar de uno el permiso que el otro me negaba.

“Parejo/a: igual, semejante, liso, llano, que tienen correlación, dos barcos que tiran juntos de una misma red”. Eso dice el diccionario, y yo no puedo pensar en dos personas que se ajusten más a esta definición que mis padres, no porque sean iguales, sino por un cierto modo de funcionar que a mí me hacía pensar que eran parejos. Hacían juntos las cosas, desde las antípodas, desde extremos que no se tocan, como los barcos de los que habla el diccionario. 

Si en la casa de mi madre aprendí a comer con varios cubiertos, y como decía ella “modales”, en la casa de mi padre aprendí a comer con las manos y disfrutarlo. Esas experiencias se hicieron para mí, complementarias.

Mi padre es peronista y su orgullo era cantar la marcha mejor que Hugo del Carril. Mi madre es lo que mi padre llamaba en otras personas y en ausencia de mi madre, “gorila”.  

Mi madre es católica y como ella dice “piadosa”. Mi padre dice que es religioso y que por eso mismo está en contra de la Iglesia. 

Pero si estas posturas pueden tener algún punto en común, mis padres lo encontraron y apoyaron en él mi educación.

También tenían en común su origen italiano: Santacaterina, del sur, mi padre; Gastaldi, del norte, mi madre. Los dos mueven las manos cuando hablan: mi madre las deja abiertas, con las palmas hacia arriba, como si flotaran, y de ahí pueden pasar a sus caderas, su cabeza, o cruzarse. Las de mi padre tienen un repertorio más amplio de gestos, desde morderse el índice doblado hasta dar palmadas en el aire destinadas a la nuca de la gente con la que habla. Yo creo que no las muevo, aunque más de una vez me vi levantando un puño frente a alguien con quien no estoy de acuerdo.

Ninguno de los dos volvió a casarse. 

Mi padre no quiso darle a ninguna otra mujer el lugar que le había dado a mi madre, si bien nunca faltaban mujeres en su casa, o clientas que encargaban trabajos cada dos o tres meses.

Una de ellas, a la que había visto varias veces en casa de mi padre, me dijo una vez “A ver si levantás la mesa”, y mi padre no necesitó más que mirarla como miraba a veces, para que la mujer agarrara su bolso y algunas cosas que tenía en la habitación y se fuera. Yo no volví a verla.

Mi madre se dedicó a criarme, a la casa, al cuidado de sus padres y del mío. 

Yo iba y venía de una casa a la otra con frascos con salsa, conservas, escabeches, mermeladas, ollas, fuentes, la plancha para arreglar, la plancha arreglada, ropa para coser, ropa cosida, algún que otro recorte con fotos de trabajos de marquetería. 

La vida de mi padre fue siempre el taller. Es ebanista. “Ebanista, no carpintero”.  

De chica, cuando lo miraba trabajar, pensaba que sus huesos estaban hechos del mismo metal opaco y gastado que sus herramientas. A nadie acarició tanto mi padre como a aquellas maderas. Ni a mi madre ni a mí.

Sus manos enormes mantuvieron o ayudaron a mantener durante décadas cuatro casas: la de mi madre, la suya y las de mis abuelos, los argentinos y los italianos.

Cada vez que mi padre cobraba un trabajo, yo llevaba a casa de mi madre, un sobre con  dinero.

Durante años caminé las ocho cuadras que separaban las casas llevando y trayendo cosas.  

A los nueve años hice las ocho cuadras con un cachorro en un bolso, porque una perra no había encontrado mejor lugar para parir siete hijos que el taller de mi padre. Al día siguiente hice esas ocho cuadras de nuevo, con el perrito de regreso a la casa de mi padre. Mi madre me había prohibido ponerle nombre, así que mi padre lo adoptó y lo llamó Cane, sólo Cane.

A los diecinueve, hice esas cuadras con una carretilla, porque mi padre había comprado para “la casa de mi madre” el televisor a color. Por suerte esa vez no tuve que traerlo de regreso.

Una vez alguien me dijo, en el secundario “¿Tus papás no se hablan?”, “No precisan”, respondí yo sin pensar. Lo pensé después de haberme escuchado. Lo pienso ahora: se llevaban tan bien que no necesitaban hablarse.

La única vez que se vieron, cuando murieron mis abuelos, tampoco se hablaron. Fueron dos veces, en realidad, pero con diferencia de unas pocas semanas: lo que soportó mi abuelo sin mi abuela.

Mi padre llegó a cada uno de los velorios y abrazó a mi madre en silencio. Ella siguió diciendo las cosas que estaba diciendo, pero que no estaban dirigidas a mi padre sino a sí misma o a Dios o a la vida. Era una especie de lamento. Al principio pensé que maldecía, pero después me di cuenta de que no dejaba de besar la medalla que llevaba en el cuello.

Después de eso mi padre, de traje blanco, se quedó de pie a unos metros, con las manos tomadas por detrás, quietas como si callaran.  

En los meses que siguieron mi padre me preguntó cada día por mi madre. “Cómo está. Mi fai sapere”, decía. Creo que mi madre ni recordaba haberlo visto, como no recordaba nada de lo que había pasado en esos días, salvo que habían maquillado a mi abuela “como un payaso”. 

Mi madre, llorando, limpió en el velorio la cara de mi abuela con los pañuelos que los amigos le iban prestando. Cuando mi madre intentaba devolvérselos, los amigos extendían la mano con la palma hacia abajo igual que la mirada y movían a un lado y al otro la cabeza. “Lascia”, decían, o “Dejá”. La cara de mi abuela había vuelto a ser amarilla como en el hospital.  

Mi madre trajo del velorio a casa muchos pañuelos, que lavó y devolvió a cada uno de sus dueños. Había olvidado todo, menos de quién era cada uno de los pañuelos.

Como un monstruo que se come a otro y crece, la casa de mis abuelos sirvió para fortalecer la nuestra: con el dinero de la venta, mi madre pudo, como siempre había querido, techar el patio y hacerse una cocina nueva y más grande.  “Gracias, mama”, decía a veces. Mama sin acento en la última “a”. 

La cocina era más grande que cualquier otro ambiente de la casa. 

Las reuniones de la facultad se hacían siempre ahí. Mis compañeros que habían venido del interior a estudiar a Buenos Aires eran los que más extrañaban estar en una cocina viva como la de mi madre.

Cuando entré a la agencia, la primera campaña en la que pude participar fue una de caldo en cubitos. Cuando le mostré mi trabajo, mi madre dijo que le parecía “benísimo”, como siempre ante algo que yo hubiera hecho, y agregó “Pobre la mujer que compra el caldo”. 

Ella siempre se enorgulleció de no haberme dado comida que no fuera hecha en casa. 

Me costó mudarme, romper la frontera de las ocho cuadras. Aunque seguí en el mismo barrio, y yendo todos los días a verlos, a cada uno a su casa. Siempre tuve la sensación de que mi casa era una sola, en dos mitades separadas por ocho cuadras de distancia.

Cuando mamá empezó a preguntarme las mismas cosas varias veces, pensé en traerla a vivir conmigo. Cuando se incendió la cocina, no dudé: puse en venta la casa, y como antes la de mi madre se había comido a la casa de mis abuelos, con la de ella alimenté a la mía: nos mudamos a un departamento de cuatro ambientes. A diez cuadras de la casa de mi padre.

Yo recorría esas diez cuadras, ahora en auto, pero llevando y trayendo cosas como antes. Llevando más que trayendo, y trayendo cada vez más los muebles que mi padre hacía y la gente ya no compraba: pequeñas mesitas, estantes, taburetes.

Llevaba ollas con la comida que preparaba mi madre. 

Creo que nada, ni los olvidos, ni los malos humores, ni sus peleas con el portero me dolieron tanto como que la comida de mi madre ya no fuera la de antes. Ravioles sin forma, que habían perdido el relleno por el costado, que no habían logrado separarse entre sí porque la ruedita no había llegado a marcar la pasta. La intención de mi madre de hacer ravioles. El relleno y pedazos blancos de pasta flotando en el agua, pegoteándose en el colador. Intentar despegarlos para servirlos, para llevarle algo a mi padre.

Recuerdo que por primera vez tiré algo en el camino a la casa de mi padre.  Tiré los ravioles al costado de un árbol, y lloré, con la bolsita de queso y la olla en la mano.

Ya entonces había dejado a Pablo porque él quería que nos fuésemos a vivir juntos, tener hijos y no sé cuántas cosas más para las que yo no estaba preparada. O de las que no tenía ganas.

El día de los ravioles fue la única vez que tuve ganas de volver a verlo. Tal vez ese día le hubiera dicho que sí a todo.   

Pedir comida por teléfono fue un gran paso. Cuando le sumamos una película, encontramos una rutina armónica, y completamos el cuadro con un gato: Dante. “No hay nada mejor que acariciar algo mientras se sufre por otro”, decía mi madre. Solía preguntarme quién era el protagonista en mitad de la película, pero así y todo no dejaba de disfrutarla. Ella se entregaba a la trama del instante y yo trataba de imitarla: de no intentar entender qué le pasaba, cómo funcionaba su mente.

La agencia se volvió una especie de distracción frenética.

No sé quién situó el centro de lo que somos en el corazón. Algún griego dijo que el centro no está en el corazón sino en el hígado. Yo sé que el centro de la existencia de mi padre está en sus manos. Más precisamente en la posibilidad de imaginar algo y luego, a través de sus manos, hacer que aparezca en la madera.

Con una crueldad de la que sólo el destino es capaz, le diagnosticaron Parkinson. La desobediencia de las manos, su indiferencia. La burla de las manos ante una orden del cerebro. La locura de las manos. De las hermosas, enormes manos de mi padre.

No fue tanto el cambio en sus manos como en el resto de él. Se volvió huraño. Siempre lo había sido en cierto modo, pero comenzó a serlo más activamente, con un entusiasmo casi adolescente. Odiaba todo. Odiaba a los vecinos, que se quejaban de los ruidos de las máquinas del taller de madrugada. Y cuanto más se quejaban ellos, más se levantaba él de noche y trabajaba. 

Hicieron una denuncia en la comisaría, y de la denuncia, pelea de por medio, con un golpe en el capot de un auto, se llegó a la demanda judicial y a tener que pagarle a un abogado dinero que el taller hacía rato que no producía. El temblor había empeorado. Su ropa estaba siempre manchada. Él no se entristecía, sino que se llenaba de furia, y la furia se transformaba en fuerza. Eso me alegraba. No hubiera soportado verlo triste.

Así como las casas se fueron comiendo unas a otras, los impuestos y el abogado quisieron comerse el taller de mi padre. Y él lo defendió con la casa, y fue el taller el que se comió a la casa, que “de todos modos, ya casi no usaba”, dijo mi padre, que puso su cama a pocos metros de su mesa de trabajo.

Mi padre hubiera seguido viviendo entre aserrín y herramientas, pero los vecinos lograron que se clausurara el taller.

Cuando era niña me caí de la bicicleta. Los segundos previos a que mi cara se estrellara contra el asfalto quedaron grabados en mí: era como si yo estuviera inmóvil y el piso negro se acercara sin que yo pudiera hacer nada. Los días previos a la mudanza de mi padre a casa fueron muy parecidos a aquellos segundos. Imágenes de cómo iba a ser la vida juntos me aterrorizaban.

El choque de manías puede ser más violento que cualquier choque de culturas, ideas u opiniones porque las raíces de las manías están más allá que las de cualquier idea o idiosincrasia.  

Mi padre trajo la misma valija que se debe haber llevado cuando se separó de mi madre. Una valija de cuero con dos calcomanías, una de Mar del Plata, y otra, inexplicablemente, de Nueva Jersey.

Eché de menos la furia de mi padre, sus quejas, sus diatribas. Su tristeza era demoledora.

Parecía cargarla: perdió peso y se le encorvó la espalda, y sus manos rebeldes colgaban cuando caminaba, como las de un mono. 

Volvía todos los días al taller, a darle de comer a Cane Quatro, a encender alguna máquina, a engrasarlas, a tocar la madera, a olerla, a acomodar sus herramientas, o tal vez sólo a estar con ellas.

No hubo choques. Fue como si mis padres hubieran seguido viviendo a ocho cuadras.

Yo volvía cada vez más tarde de la agencia.

Una mañana mi madre me preguntó quién era el “muchacho” que estaba en la cocina. “Es papá”, le dije. “Bello”, respondió, y siguió de largo, arreglándose la ropa.

Ese día, cuando volví, había pesto en la heladera y perfume a pesto en toda la casa. Habían cocinado. 

Después empezaron a salir a caminar. Alguna vez ella lo acompañó al taller. 

Una noche regresé y no estaban: habían ido al cine.  

A mi padre se le había alisado la frente y a veces silbaba. Su espalda había vuelto a erguirse. Hablaba de nuevo en castellano. Aunque mi madre le decía que hablara en italiano porque era más romántico.

Hasta que un sábado a la mañana me dijeron que querían hablarme.

Me senté en el comedor y dije: “Qué pasa”. Mi padre le tomó la mano a mi madre y dijo: “Somos novios”. No dije nada. Se miraron. 

“Queremos vivir juntos”, continuó mi padre.

“Papá, mamá,” dije, “ustedes ya viven juntos”.

Querían que me mude. Vivo en un hotel. Ellos se casaron en octubre.  

El día de la fiesta sacamos otra foto: mi madre en el centro, con un vestido de encaje. Mi padre, de impecable traje blanco. Mi madre sonríe: tiene dientes nuevos. Mi padre dice que es una idiotez sonreírle a la cámara. Tiene el mentón ligeramente levantado.

Yo tengo el ramo en las manos.

Busqué el libro sin lomo, coloqué la foto junto a la otra, completé el álbum.ss