Franco
Imagen: REP

Supongo que los hechos no son más que una especie de comentario de nuestros sentimientos: podemos deducir éstos de aquéllos.

Justine - Lawrence Durrell

Para Beltrán el desprecio de los otros era la peor cosa que se podía padecer y creía que nunca iba tener que enfrentarlo. Por eso no había hablado: para evitar la humillación y para no perder la libertad; pero nunca sintió demasiado cercana la posibilidad de ir preso. 

Había otras condenas además de la cárcel, pero eso lo pensó después de llevar a esa gente hasta San Justo.

 

Mire, Beltrán, quería pedirle un favor. Estoy con ciertos inconvenientes y no puedo recurrir a nadie más que a usted. Tengo algunos problemas con mi gente y, justo en este momento, me ordenan trasladar a un grupo de pasajeros desde la capital hasta el aeropuerto de San Justo. Yo sé que usted fue empleado de la fuerza hasta hace unos años, por eso me atrevo a pedirle esto. Es solamente un día. 

Mis muchachos mañana van a estar ocupados en otras cosas, así que necesito que me haga de chofer de un camión y me lleve a la gente hasta allá. Igualmente yo voy con usted, quédese tranquilo. También van algunos colegas, pero necesitamos que nos traslade a todos. Le tenemos confianza, Beltrán. Por algo será que lo recomendaron aquí cuando se retiró. 

¿Le gusta acá no? Y claro: un trabajo tranquilo. Mire, si usted nos hace este favorcito yo le consigo un franco completo por semana. Haga una cosa: mañana temprano, a eso de las siete, se me presenta en Libertador que yo ya voy a estar. Si no me encuentra adelante, diga que lo estoy esperando en el sector de las capuchas, va a llegar fácil, lo van a llevar enseguida. 

Mire qué bien, Beltrán. Por un solo día que cambia lancha por camión, se gana cuatro franquitos al mes. Flor de negocio está haciendo Beltrán ¿eh? Bueno, entonces lo veo mañana.

Beltrán manejaba una lancha colectiva en el Delta del Tigre, La Caravana, y todos los días, desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde, llevaba y traía pasajeros. Casi no tenía tiempo libre. Tampoco los fines de semana, porque la empresa transportaba turistas a los recreos y hoteles de las islas. De modo que, aunque sólo hasta el mediodía, también trabajaba sábados y domingos.

Para sus compañeros, esa actividad era esclavizante, injusta y mal paga; pero para él era un buen trabajo, una especie de abrigo de silencio. 

Las aguas amarronadas del Tigre terminaban por construir un lugar al que el cuerpo, y sobre todo los ojos, se acostumbraban. Después era difícil salir de esas perspectivas, y meterse en el frío de cualquier cosa que lo obligara a renunciar a los paisajes. 

Cuando conducía la lancha, y en especial durante algunos días, su mirada se perdía lejos, al final del agua o en el verde entremezclado de los árboles que, en otoño, se enloquecían e inventaban un interminable arco iris que se estacaba en las islas.

Navegar por esos lugares le producía una calma que no se parecía a ninguna otra. Descansaba con la mente escurrida en el agua y podía desviar durante muchas horas la dirección de los recuerdos.

Después de un año de oír durante diez horas por día el ruido monótono del motor, al empezar el viaje y cuando las casas altas del Tigre se iban espaciando, entraba en una especie de sopor que se parecía mucho a la hipnosis. El sonido desaparecía y no había nada que lo amenazara. La densidad mansa del paisaje se le filtraba de a poco por la mirada. 

Aunque el río cambiara y se hiciera hosco y turbio, aunque arrastrara animales ahogados y podridos o empujara basuras indescifrables que navegaban hasta donde los llevara la corriente, había algo en la vegetación de las islas que permanecía inmutable. 

Cuando el viento sacudía los árboles amarillos, Beltrán veía que las hojas caídas suavizaban el agua y que, como escombros dorados yéndose despacio, se escapaban del delta enredado. Esa emigración del río, le producía una envidia inexplicable.

El único momento en que Beltrán abandonaba su abstracción y recuperaba la mirada desde el fondo del paisaje, era cuando algún isleño le hacía una señal. Tenía que acercarse a los muelles para dejar subir o bajar de la lancha a la gente que vivía, trabajaba o viajaba por aquellas islas.

Conocía perfectamente las señales que todos hacían para llamarlo desde la costa. Le gustaban los distintos modos que utilizaban para hacer que él se acercase a buscarlos: los chicos agitaban los brazos y, si era un grado que salía de clase, gritaban todos a la vez; los viejos levantaban apenas una mano; los jóvenes, y algunas mujeres, intentaban una especie de saludo sonriente; los turistas de los fines de semana lo llamaban con un movimiento casi violento del brazo, como dando una orden; y los obreros, siempre en grupos de cuatro o cinco, hacían una misma señal, todos juntos y entre risas.

Para la de mayoría los lancheros ese trabajo era monótono y rutinario, pero para Beltrán, después de un tiempo de trabajar allí, era especialmente adecuado. A él la mente se le plegaba al paisaje en vez de concentrarse en otros lugares. Así, todo lo que quería de dejar de ver, se diluía en el agua o en el horizonte inestable.

Pero además de la llamada de los isleños había otra cosa que lograba despabilar a Beltrán de su estado casi hipnótico: una voz, la voz que aparecía siempre delante de un hombre: Dankel.

Dankel solía tomar la lancha sólo los domingos muy temprano, y era el último en dejar la embarcación, muy cerca del último fondeadero antes del Paraná de las Palmas. A Beltrán le llamaba la atención aquel sitio en el que el hombre bajaba porque, aparte de un muelle disimulado por ramas de sauces y plantas altas, no se veía ninguna casa, ninguna construcción, ningún rastro humano. Imaginaba que quizás habría algún bote oculto en medio de la selva que el hombre recogería después, para seguir viaje hasta donde iba. Pero desde allí, desde el sitio donde Dankel le hacía detener la lancha para bajar, sólo se veía el muelle escondido. Después de dejarlo, Beltrán lo miraba alejarse. 

Durante las noches en que Beltrán no podía dormir, se le aparecían dos cosas: ese lugar y esa voz. Una voz filtrada por grutas, una voz que antes de llegar a los oídos, se había arrastrado por lugares extraños. No era una voz cavernosa, era una voz que tenía cavernas. 

Un día, casi al final de su viaje semanal, el hombre se acercó a Beltrán y, de repente, le habló como si continuara una conversación: Mire Beltrán, quería pedirle un favor. Estoy con ciertos inconvenientes y no puedo recurrir a nadie más que a usted.

Después, todo se dio de una manera tan rápida –o confusa– que Beltrán se encontró, de un día para otro, con derecho a usufructuar un franco por semana, y además con la novedad de que los jueves por la noche debía transportar, desde el puerto hasta las islas, unas cajas que algunos empleados de Dankel bajaban de unos camiones verdes. Todos los jueves.

No pudo decir nada, no podía quejarse; o no sabía de qué.

 

Buen día Beltrán, mire, mientras subimos a los pasajeros, usted váyase hasta la enfermería y tráigame una caja que le van a dar para nosotros.

La caja estaba metida en una bolsa anudada, pero por una rasgadura del plástico, Beltrán leyó parte de una palabra impresa en el cartón: Pent.

Después de entregarle la bolsa a Dankel le ordenaron meterse en la cabina del camión. No pudo ver el momento en que la gente entraba a la parte de atrás, los habían subido mientras él no estaba. 

Beltrán manejó en silencio todo el camino con Dankel y otro hombre sentado a su lado. Cuando se percibía algún movimiento o algún ruido en la parte trasera, sus dos acompañantes subían el tono de la charla estúpida que mantenían desde el momento en que salieron de la Avenida del Libertador.

Llegaron. No tenía la obligación de ayudar a bajar a los pasajeros. Quiso mirar por un espejo retrovisor, pero no pudo ver nada. Le habían hecho meter medio camión de culata en un galpón oscuro y por eso la cabina quedaba afuera, dorada y enceguecida por el sol. Una vez que hicieron bajar a todos, cerraron la persiana gigante y lo obligaron a esperar adentro del camión en una explanada. Una hora después llegó Dankel, solo. Subió al camión y volvieron.

 

A Beltrán le hubiese gustado ser simpático, mostrarse agradable con las personas, con los isleños, con sus compañeros, con las mujeres, pero no podía. Desde el día en que transportó a esa gente y decidió callarlo –no supo cómo no callarlo–, algo se le había instalado en la mente, algo sin nombre ni forma, algo que no lo dejaba ser más que quien era y no lo soltaba nunca. No podía entender por qué, a medida que pasaba el tiempo, eso se transformaba y se hacía cada vez más grande e incómodo.

Nunca más le pidieron favores. Lo único que tenía que hacer, fuera de lo habitual, era trasladar las cajas todos los jueves.

Nadie le había ordenado hacer silencio, pero los hombres que descargaban los camiones, estaban siempre apurados y callados. Cuando Dankel les indicaba algo, lo hacía con más señas que palabras, así que creyó que lo mejor era no decir nada, no preguntar.

Después, en La Caravana, Dankel y Beltrán viajaban solos. Dankel, una vez alejados de la costa, cambiaba de golpe la seriedad y el silencio por sonrisas y palmadas en la espalda del lanchero que seguía callado hasta llegar al muelle. Allí otros hombres, también casi sin hablar, bajaban los bultos.

Beltrán nunca preguntó si lo que había en las cajas era lo que él sospechaba, porque las palmadas amistosas que Dankel le daba, eran un mensaje al que se respondía con silencio. Cada golpe suave en la espalda era una aprobación a su falta de curiosidad. Fue comprendiendo que al hombre que le había conseguido un franco semanal, al jefe, a la voz colosal que había pasado por tantas cavernas, no había que hacerle preguntas.

 

Lo de las cavernas le volvía a la cabeza con más intensidad durante los días de su franco semanal. Muchas veces pensó que el modo de aliviar la conciencia hubiera sido hablar, contarlo todo. Había leído cosas sobre gente que, de manera indirecta, había participado de alguna de aquellas historias que se contaban. A esas personas se les decían las palabras más brutales que Beltrán había escuchado en su vida. Pero no sabía si había obligación de hablar. Al fin de cuentas él no había hecho nada reprobable. Sólo calló, y se convenció de que callar no era una falta sin perdón. Había culpas que tenían que ver con cosas que se habían hecho, otras con cosas que se habían dejado hacer, pero nunca con cosas que se habían callado para conservar un trabajo.

Cuando Dankel se fue para siempre, Beltrán conservó su día libre semanal y tuvo las noches de los jueves otra vez para él. Uno de esos jueves escuchó, mientras caminaba solo por el centro de Tigre, un comentario sobre lo que –se suponía– había pasado durante la época en la que trabajaba para Dankel.

Al año siguiente se empezó a hablar en la calle, en la televisión y en los diarios de las cosas que Beltrán intuía. Pensó en hablar, en contar algo, en decir lo que le habían hecho hacer, en decir el nombre de Dankel, en marcar los lugares, pero debería explicar por qué no había hablado antes, por qué había dejado pasar tanto tiempo, por qué había aceptado trabajar sin saber qué transportaba, ni hacia dónde iban los pasajeros de aquel viaje a San Justo.

 

Cuando conoció a la mujer con la que a partir de ese momento compartiría sus francos, Beltrán encontró la esperanza de un alivio.

Hablar, contar, recordarlo todo cronológicamente, insultar a Dankel, llorar: confesar. Beltrán quería contestarle a los diarios, a las radios, a la televisión, a todos los que hablaban de los cobardes que supieron cosas y callaron. Sólo había querido conservar su trabajo y tener un día de descanso. Después de todo él no había hecho nada y esas cosas eran una locura, una suposición. Porque él no era lo mismo que un asesino, eso era mentira. Una mentira.

Beltrán quería hablar y Cecilia quería ir al cine, muñecos de peluche, que la fueran a buscar todos los días a la salida del negocio y que la llevaran de vez en cuando a la cama.

Cecilia era suave, tierna y estúpida.

Beltrán quería hablar.

Una tarde, se sentaron sobre el pasto de un parque a tomar helado.

Le preguntó en qué pensaba y ella le dijo que en nada. Entonces él hizo un rato de silencio. Ella también.

Miraban unas flores que crecían a unos metros y que se movían con el viento. Un pétalo blanco voló y cayó en un charco. Beltrán habló. Le dijo que no tenía que haber secretos entre ellos; ningún secreto.

–Pero si yo no te oculto nada, dijo Cecilia.

Beltrán no se desanimó. Le dijo que el secreto lo tenía él y que ella tenía que saberlo.

Pasaron unos minutos. Él pensó que la chica se estaba asustando, pero en realidad ella estaba mirando con atención la pintura saltada de las uñas de sus pies.

–Ayudé a un hombre que mataba gente y no dije nada. Era uno de los dueños de las lanchas.

Le dijo que hacía mucho que tenía eso en la cabeza y que no podía decírselo a nadie, que cuando la conoció pensó que alguien como ella lo podría entender, pero que ahora estaba seguro de que por eso mismo ella lo estaba despreciando.

Ella le preguntó por qué lo tendría que despreciar y él le dijo que sabía que aquella gente había muerto por su culpa, porque tuvo miedo y porque no quería perder el trabajo. Porque tuvo mucho miedo.

–¿Se supo de esas muertes?

–No sé si de ésas, pero en todos lados se habla de cosas parecidas.

–¿Y vos te sentís responsable?

– A veces me parece que si yo…

Se quedaron un rato callados. Después ella quiso saber la hora.

Beltrán se la dijo y le preguntó en qué pensaba. Le contestó que en nada. Él dijo que eso no podía ser porque siempre se está pensando en algo. Cecilia dijo que lo que ella pensaba lo iba a hacer enojar. 

–Decime lo que pensás aunque me joda.

–No, nada. Miraba mis sandalias tan viejas y me acordé: vos cobraste la quincena, así que me podías hacer un regalito antes de que cierre la zapatería. ¿Qué, estás enojado?

Él le dijo que acababa de contarle la cosa más espantosa, el secreto más horrible de su vida y que ella se ponía a pensar en las sandalias. Que claro que estaba enojado. Que a ella no le importaba lo que a él le pasaba.

–Sí que me importa. Está bien que me lo hayas contado.

–¿Y entonces?

–Bueno, me da mucha tristeza esa gente. Está bien que te sientas mal.

–¿Por qué?

–Vos mismo lo dijiste, podrías haber hablado, podrías haber denunciado lo que viste.

–Entonces ¿soy un cobarde?

–¿Un cobarde? Puede ser. Igualmente le pudo haber pasado a cualquiera.

Cecilia pegó un gritito de sorpresa cuando un chico con un cachorrito en los brazos pasaba cerca de ellos.

–¡Ay, mi vida! Mirá qué lindo el bebé perrito.

Beltrán insistió en preguntarle si pensaba que él había hecho mal al callarse todo.

Ella le dijo que había hecho mal y bien. Que debería haber hablado, pero por otra parte ¿para qué? Lo podrían haber echado del trabajo y a esa gente la irían a matar igual. Y posiblemente lo hubieran matado a él también.

–Además ¿estás seguro de que los mataban?

Se quedaron callados de nuevo. Después se levantaron del pasto y fueron de la mano hasta la zapatería de la avenida. Media hora más tarde, Cecilia, emocionada con sus sandalias nuevas, empezó a caminar hacia donde paraba el ómnibus. Beltrán la siguió hasta la parada y, cuando llegó el colectivo, se despidió de ella con un beso en la boca.

Pocos días después ya se había acostumbrado hacer un rodeo en el camino que lo llevaba del puerto hasta su casa. No quería cruzarse con la idiota. No quería explicarle nada ni hablarle. Ahora iba a callarse para siempre.

Después de todo, algún día, alguien entendería lo que había pasado aunque él mantuviera aquel silencio eternamente, aunque no hablara más de aquello. Después de todo, alguien podría comprenderlo cuando lo conociera bien, cuando dedujera lo que sentía y lo perdonara sin que fuese necesario decir nada más. 

Un domingo, caminando por las calles del nuevo recorrido que evitaba a Cecilia, se cruzó con un grupo de mujeres que repartían papeles y pedían ayuda, o reconocimiento, o justicia, o algo así. Una se le acercó y le preguntó si quería colaborar con ellas.

–Disculpe. Seguramente usted no tiene tiempo, las cosas no andan bien y todo el mundo tiene que trabajar mucho en esta época; pero sólo pedimos que la gente nos ayude en cosas pequeñas: pintar letras, sacar fotocopias o repartir volantes. Es poco: unas horitas a la semana.

Beltrán miró la cabeza de la señora. Después, las de las otras mujeres que también paraban a la gente por la calle. La que le hablaba a él tenía los ojos enrojecidos como si recién hubiese salido de abajo del agua. La odió, o quiso pegarle, o escaparse corriendo, o gritarle que estaba loca y que no sabía lo que decía, que él estaba ocupado, que no tenía tiempo para escuchar esas mentiras que habían inventado.

Pero un golpe de fantasmas blancos y silenciosos le cayó sobre la cabeza. Entonces le dijo a la mujer que hacía mucho tiempo que escuchaba lo que ellas decían y que estaba esperando poder conocerlas personalmente. Él quería ayudarlas y ahora lo iba a poder hacer porque, gracias a dios, tenía un franco semanal.

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