Viola en bolsa

Todavía no cumplo los veinte años. Hace apenas algunos meses que terminé el secundario y trabajo en las  oficinas de una fundación para la educación del cooperativismo, en la calle Corrientes al 500.   Precisamente en su editorial. Llevo un par de años trabajando allí. Antes, mientras iba a la escuela,  lo hacía medio día  por la tarde, ahora tiempo completo.  Editamos y vendemos libros. Libros de cooperativismo.

Mi horario es  el mismo que el de  los bancarios, al igual que mi indumentaria.  Pero a las diecisiete y treinta vuelvo a ser una persona libre y chau corbata.

Como todos los días, si no tengo otra ocupación,  cuando salgo de la oficina,  camino un poco mientras  espero que mis amigos y conocidos vayan llegando a  alguno de los bares del circuito céntrico, de los que somos habitúes. Otras veces, voy a la Casona que alquilamos con mi grupo de teatro, en la calle Entre Ríos al 300, donde casi siempre hay gente entrenando y ensayando. Me gusta estar ahí. Es en la planta alta de  una vieja casa con dos habitaciones grandes, dos más pequeñas, una cocina y dos baños,  uno de los cuales lo clausuramos y lo acondicionamos para usar como laboratorio fotográfico.

La cocina es el lugar de encuentro  para  reuniones pequeñas, cuatro o cinco personas, también hay algunos libros que alguien dejó, ceniceros casi siempre rebalsados de puchos  y todo lo necesario para preparar mates. Las reuniones más numerosas  se hacen en la habitación grande, que además es el lugar donde entrenamos y ensayamos las puestas teatrales que decidimos colectivamente representar.

Cuando llego a la Casona, me acuerdo  que no tengo las llaves por que se las presté a un compañero que, evidentemente,  no llegó. Miro a través del ventiluz de la puerta,  y la escalera, mitad de mármol y mitad de madera, se ve un poco más sucia y oscura.

"No me voy a quedar esperando acá", pienso. La llovizna y el frío son insoportables. Voy a recorrer los bares y , seguro  con alguien  voy a encontrar . Prendo un cigarrillo, le doy una bocanada profunda y exhalo el humo por la nariz. Subo por Entre Ríos con las manos en los bolsillos del saco y el cuello levantado.

Imperial, Laurak Bat, Saudades, El Cairo y finalmente el Savoy. No veo a nadie conocido. O al menos a nadie como para compartir el tiempo de espera hasta  volver a la Casona.

Después voy por San Martín hasta Córdoba y por Córdoba hacía Entre Ríos. Pero al cruzar Sarmiento me encuentro con un amigo músico, un par de años mayor que yo, que acaba de salir de su trabajo. Es letrista... pinta letras en vidrieras y también escribe letras de canciones. Es muy bueno en ambas profesiones pero lo que más le gusta es escribir canciones y sueña con  que,  en un futuro no muy lejano,  escribirá algunas de las mejores canciones del siglo veinte.  Estuvo pintando la ventana de un negocio de ropa en una galería de calle Sarmiento. Tiene cara de cansado y el pelo escaso todo revuelto. Hay unas pequeñas manchitas de pintura de un color indefinido pero brilloso en su rostro y en sus manos.  Aguanta,  colgado del  hombro,  un bolso azul oscuro que aunque no  debe ser pesado  parece que va a explotar. Caminamos juntos  hablando generalidades.

-Hoy vino Viola a Rosario, ¿sabías?- me dice como al pasar.

-Sí-contesto- Lo escuché en la radio.

-¡Milicos de mierda!-refunfuña por lo bajo.

Pasamos por la puerta del cine Radar y anuncian la película  "Las Mujeres son Cosa de Guapos" con Olmedo y Porcel. Le cuento alguno de los proyectos teatrales que tenemos y lo invito a la Casona para mostrarle un instrumento nuevo que se compró uno de los chicos de la banda.  Porque en la Casona además de teatro también hay una banda de rock. Creo que el instrumento es un sintetizador.  Algo así como un teclado con muchos botoncitos.

Cuando nos aprontamos  a doblar por Entre Ríos hacía Santa Fe, observamos que una cuadra más allá hay un amontonamiento de gente.

-¿Vamos a ver qué pasó allá?- digo.

Al llegar a Corrientes vemos mucha gente que mira hacia el edificio de la Bolsa de Comercio. Vemos algunos autos lujosos que paran en la puerta del restaurante El Mercurio y personas que bajan de ellos vestidas con ropas aún más lujosas.

-¿Qué está pasando acá?- nos preguntamos. Cruzamos Corrientes para intentar ver hacia el interior del edificio de la Bolsa, ese más allá de las escaleras que siempre quisimos espiar pero que la curiosidad jamás fue suficiente como para intentarlo. Esta vez sí. Nos arrimamos a la escalera, con disimulo, mirando para  adentro. Entonces  veo a dos militares en la puerta con uniformes negros.

-¡Mirá esos uniformes!-exclamo- ¿Qué carajo son?  Uno de los soldados tiene, además de pistola y arma larga, binoculares. Y pienso,  " estos tipos están en las terrazas de los edificios para controlar que no haya  posibles francotiradores." Mientras lo pienso  lo digo en voz alta y miro hacia arriba, buscando milicos apostados.

-¡Allá hay un par!- digo. Y entonces  me doy cuenta.  El presidente debe estar aquí, el dictador Viola, uno de los peores asesinos  de este régimen;  uno de los responsables  de que haya miles de desaparecidos, presos políticos  y torturados,  está en este lugar; lo están  agasajando en la Bolsa de Comercio con un fastuoso festín.

-¡Shhh! ¡Pará boludo!!- a mi amigo se le paraliza el corazón. Pero ya es tarde. El otro soldado también tiene pistola y arma larga. Pero no binoculares. Baja algunos  escalones hacia nosotros y mirándome a los ojos  dice: -Señores,  por favor, me van a tener que acompañar. - Y con un movimiento del caño del FAL señala hacia el hall de la Bolsa de Comercio, espera unos segundos a que subamos la escalinata de granito gris y luego sube detrás nuestro. Siento el caño apoyado en la espalda. Mi amigo me mira y con disimulo acerca lo más que puede su boca a mi oído, tanto que casi puedo sentir su respiración en mi mejilla.  Me susurra el adjetivo más vil y soez que posee la lengua española.

Traspasamos la antigua y gigantesca  puerta de bronce enmarcada por columnas corintias y esculturas alegóricas a la ganadería y la agricultura y nos encontramos en medio de una opulenta fiesta de gala. El hall es amplio;  por otra puerta más allá, un par de soldados controlan  minuciosa y exhaustivamente las invitaciones que muestran  mujeres de vestidos largos y hombres de smoking. Algunos nos miran con  gestos  de desagrado.

El militar nos pide que vayamos hacia uno de los extremos  más alejados de la entrada a la fiesta  y luego insiste en que pongamos las manos contra la pared.

Mientras lo palpan a mi amigo meticulosamente,  yo veo por el rabillo del ojo que por lo menos tres soldados están a nuestras espaldas con sus armas largas. Después me palpan  a mí y siento las manos del militar en todo mi cuerpo. Cuando termina este procedimiento le piden a mi amigo que vacíe su bolso en el suelo, con mucho cuidado. El se agacha, hace lo que le piden y comienza a desparramar un montón de ropa sucia en ese piso impoluto. Luego deja el bolso vacío a un costado. De repente somos el centro de atención de todas las personas que están allí. Alguien, vestido con un traje cuyo costo alimentaría a varias familias, gesticula con aparente enojo  ante un  militar que pareciera estar a cargo del  operativo y que acaba de llegar. El tipo ostenta algunas  estrellas en el pecho, y con sus gestos parece decirle al cajetilla que lo increpa, que se calme. Mientras,  mi amigo sigue agachado junto a su ropa sucia,  los tres soldados apuntan a su cabeza, y yo no descubro  si la  intención es apuntarlo o es que  sus armas apuntan hacia abajo y mi amigo tiene la cabeza en la línea de fuego.

El soldado que nos palpó toma el bolso vacío con las puntas de los dedos índice y pulgar de ambas manos y lo sacude, con el cierre hacia abajo. Un libro cae al suelo. Con la tapa para arriba. Lo veo. "La Guerra Civil Española" de Miguel de Amilibia. Bibioteca Fundamental del Hombre Moderno.  Centro Editor de América Latina. Una editorial prohibida por decreto el año anterior. Yo lo sé aunque la noticia no se difundió mucho. Veinticuatro toneladas de libros quemados en un baldío de la calle Ferré, a pocas cuadras de donde funcionaba la editorial. Me enteré en su momento. Ahora es a mí a quien se le paraliza el corazón.

Con las mismas manos que tocó mis partes más íntimas, pero con un poco más de aprensión el tipo agarra el libro y se lo lleva al militar de las insignias en el pecho. En tanto nosotros seguimos estáticos en el lugar, rodeados de soldados inexpresivos y un poco de ropa sucia.

El oficial toma el libro y lo hojea buscando algo. Lo observa con la actitud impersonal del coleccionista que analiza un nuevo espécimen antes de comprarlo. Las fotos de multitudinarias manifestaciones con pancartas de "no pasarán",  hoces y martillos desfilando por las calles de Madrid no llaman su atención. Devuelve el libro a su subalterno, le dice algo sin mirarlo y se marcha por donde vino, hacía el interior de la fiesta.

Cuando el soldado devuelve el libro a mi amigo, le dice que junte todas sus porquerías y mientras tanto me pide el documento de identidad.  Toma nota de mis datos  en una libretita minúscula con  un lápiz de no más de cinco centímetros.  Ambos adminiculos los  extrajo  de un bolsillo oculto en la manga de su uniforme y estoy casi seguro que tanto la libreta como el lápiz tenían dibujitos  de Snoopy. También apunta la información de mi amigo y luego, con un movimiento de la cabeza, nos indica que nos vayamos.

Bajamos las escalinatas de granito gris en silencio y así seguimos durante unas cuantas cuadras. En Entre Ríos y Santa Fe nos despedimos.

-Mañana encontrémonos en este bar para estar seguros de que estamos bien. No vaya a ser  que estos hijos de puta nos manden la pesada- dice mi amigo, todavía pálido.

-Sí, dale. A las seis nos vemos acá.- contesto.

Me subo al 201, saco el boleto y me siento en una de las butacas individuales. Pero a las pocas cuadras me bajo. Esta noche no voy a dormir en mi casa. Voy a pedirle a alguien que me aloje.  Pienso en mi amigo del secundario que vive en barrio Martin. Vuelvo la mirada hacia las luces de los autos que vienen por Santa Fe,  y lenta, casi temblorosamente, voy hacia ellas. Me siento débil y un poco atontado.

 

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