El entrenamiento

En la calle hace tanto calor que las lagartijas decidieron usar alpargatas. El Gallego habla con su cuñada en la barra del bar. Es personal trainer de ceos-empleados-en-el-Estado. Viste calzas negras ajustadas el cuerpo. Un short amplio color verde flúo por encima y una musculosa ballenera, con un delfín estaqueado en un ancla y la cara de una sirena que guiña un ojo, con mirada cómplice. Zapatillas deportivas y soquetes suaves de color carne. Con la mano izquierda aprieta un ejemplar del El jorobadito, de Roberto Arlt.

–Tenés que entrenar Gallego, no te queda otra– dice y ejercita sus bíceps con un par de mancuernas de 50 kilos cada una con la cara del cantante de Tan Biónica.

El Gallego la escucha con la mirada fija en las arrugas de la madera del mostrador, mientras hace una calesita frenética con un resto de albóndiga de carne, entre el dedo pulgar, el índice y el mayor de la mano derecha.

–Pero no solo entrenar físicamente. Tenés que entrenarte para el sistema. Necesitás hacer entrenamiento tarifario para gestionar de la mejor manera las correcciones de los valores de las tarifas de servicios públicos, luego de la distorsión endémica que dejó la yegua –le dice la cuñada mientras hace sentadillas con el Gallego a upa.

Y sigue: –Entrenamiento para administrar la pobreza de ingresos. Saber leer en los diarios el índice de precios al consumidor, que seguro arroja un resultado que te ubica por debajo de la línea de la pobreza, a pesar de que sos un comerciante pobre por ingresos, Gallego.

El sociólogo especialista en la posmodernidad no puede dejar de escuchar las palabras de la trainer. Siente que se le erizan los pelos de todo su cuerpo, transpira frío y tiene un golpe de calor a la vez. Su presión baja y se dispara. Se le cruzan en un punto equidistante la máxima con la mínima. Se siente amenazado en su saber. ¿Cómo puede ser que no se me ocurrió eso? Me va a sacar los alumnos del taller y es un pedazo de músculo encapsulado. Ensaya levantarse de la silla y se vuelve a sentar. Vuelve a repetir la operación al menos tres veces. Sobre la mesa lo espera con gesto altivo “Realismo capitalista”, de Mark Fisher. 

Teme que la cuñada del Gallego pueda construir un imaginario de futuro posible más amable y placentero que el suyo. Como una especie de revolución amañada para el bolsillo de cada consumidor. Hace como que enciende un cigarrillo imaginario y exhala el aire como si diese una bocanada de humo. 

El Gallego lo increpa desde lejos: 

–Sabés que no se puede hacer eso acá. Después todos te imitan. Vienen los reservistas y terminamos todos en cana. El gobierno no quiere que imaginemos cosas que no nos corresponden. ¡Te creías que podías comprar cigarrillos, eh!

El sociólogo especialista en la posmodernidad se encoje hasta convertirse en una especie de huevo humano. La cuñada del Gallego retoma el diálogo, mientras ensaya una vertical apoyada en una sola mano:

–Como te decía, tenés que fortalecer tus síntomas de debilidad para hacerle frente a la dolarización de los precios de los insumos. Percibir a la harina como un commodity. Se vuelve fundamental tu autopercepción, Gallego.

El sociólogo siente espasmos abdominales. No puede evitar el vómito, que estalla sobre la mesa dibujando la tapa del disco “The Wall” de Pink Floyd.

El ambiente se torna sórdido. El Gallego apunta al sociólogo con el trapo rejilla en forma de honda, pero su cuñada se interpone. 

–Dejalo, pobre, debe ser de izquierda con aspiraciones burguesas de clase media acomodada –le dice la trainer y se toma un segundo en su alocución para ingerir un licuado de 17 claras de huevo, con zumo de espárragos y arándanos, esfumado en vapor de berenjenas acarameladas, con notas de frutilla, sobre fino colchón de bananas.

–Tenés que entrenar para mejorar tu percepción para con el discurso del gobierno, Galle. Saber que el presidente es un hombre débil, pero que se está sacrificando por todos. Él ya la hizo toda, no le falta nada. No viene a robar como las kukas. Él es sensible. Necesita apoyarse en su familia. En Antonia, en Awada. Necesita más y más descanso. Vacaciones y más vacaciones. Porque no llega a leer un discurso breve sin interrupciones o errores gramaticales del habla. Necesitás entrenar para percibir también y saber leer a la Vidal. Como se nos presenta como una ninfa que emerge de la oscuridad desde las sombras más asquerosas, ocultas y profundas del conurbano bonaerense para encantarnos con su soledad empática. La Vidal, que aparece como un acertijo enigmático indescifrable donde no sabemos bien de dónde viene, dónde duerme, ni si tiene familia. Ella, que se enfrenta a las mafias sola. Ella, que se enfrenta a los docentes sola. Ella, que se enfrenta a su propio partido sola. Ella, que va a ir a las elecciones sola. ¿Te das cuenta?

–Dramático nene. Jaque mate, sociólogo. Félix Guattari o muerte –dice Ernesto, mientras le da a la manivela de una cajita musical con la cara del Che Guevara, que emite las notas de “Hasta siempre comandante”. 

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