Lo intraducible

Quienes se dedican la traducción saben que es difícil que una palabra tenga un equivalente exactamente igual en otro idioma: pueden comprenderse el concepto, los matices, las diferentes capas de sentido que tiene esa palabra y no poder traducirla nunca, porque no hay un término en el otro idioma que le haga estricta justicia; se aproxima, tal vez, la rodea, pero siempre hay algo que hace a esa palabra original única e intraducible.

Una de esas palabras es épouvantable, que escuché muchas veces en Francia en distintos contextos y se traduce al español como "espantoso/a, horripilante" o algo por el estilo. Siempre me pareció que había algo en el sonido de esa palabra que era imposible de traducir al español, por más que se captara el concepto. La sensación, el espanto, parecen aún más espantosos en ella, tal vez por ese "vant" del medio que suena como "vent": un viento, el horrible viento helado del espanto que llega de la nada y nos clava las garras con una ferocidad que no parece que se fuera a soltar alguna vez.

Otra palabra "intraducible" es (que me perdonen la pronunciación los que hablan alemán) Das Unheimliche. A esa palabra la aprendí en la facultad, en la clase de literatura alemana, y ese día el profesor usó dos horas para explicarnos por qué era tan difícil traducirla, por qué todas sus versiones en español se acercaban a ella, pero no la reemplazaban completamente. Freud ha escrito sobre ese sentimiento, o esa sensación, y se lo ha traducido como "lo siniestro" o "lo ominoso". Aquel día, concluimos (concluyó el profesor, en realidad) que la traducción que más le hacía justicia era "la inquietante extrañeza".

"La inquietante extrañeza" es esa sensación que tenemos cuando hay algo dentro de lo conocido que está fuera de lugar. Todo parece habitual, pero hay algo, un detalle, una cosa mínima, que no debería estar ahí, que no debería estar así, y nos perturba, nos intranquiliza. Hay un texto de Marguerite Yourcenar que dice que las cosas más familiares pueden destruirnos cuando nos muestran su lado sombrío, y siempre pensé que era una definición que tal vez a Freud no le habría disgustado. La inquietante extrañeza no es lo mismo que el espanto, claro, pero en algún punto se tocan, una sensación es la antesala de la otra, o la otra es la consecuencia de la primera: antes está lo familiar, luego la extrañeza, después el espanto.

En el Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires, hay, en su exhibición permanente, cuatro o cinco grabados de Goya, de su serie "Caprichos". La serie (que tiene más de 80 grabados) es de finales del siglo XVIII y muestra, de alguna manera, las fisuras de una sociedad en crisis y las críticas de su autor a la opresión religiosa, el tradicionalismo de las costumbres y la inmovilidad de la sociedad española. El más conocido de esos grabados probablemente sea el que muestra un hombre dormido, rodeado de pájaros nocturnos, con la leyenda "El sueño de la razón produce monstruos" que es lo mismo que decir "cuidado, racionalistas, cuidado, creyentes de toda fe en el imparable progreso de la humanidad, porque los monstruos no son algo del pasado, no son algo ajeno: están entre nosotros, conviven con nosotros, SON nosotros". La inquietante extrañeza no necesita ser traducida si tan solo miramos con detenimiento ese grabado de Goya.

Pero no es ese el grabado más perturbador de la colección del Bellas Artes, sino el que está, pequeño, casi desconocido, a su lado. Se titula "¡Que se la llevaron!" y muestra a dos encapuchados llevándose una mujer a rastras en el medio de la noche. No vemos los rostros de los encapuchados, pero sí vemos el de la mujer, que grita, patalea y arquea su cuerpo sin poder, previsiblemente, contra los dos hombres, que desaparecerán con ella en la noche. ¿Quién es esa mujer?, ¿dónde se la llevan?, ¿qué le van a hacer? Observando ese grabado entendí, sin necesidad de traducción alguna, qué era lo épouvantable: es la maldad que se acerca y se abate sobre nosotros sin que podamos defendernos, es sin duda el espanto, lo horripilante; es, literalmente, el viento del horror.

En Argentina, ese viento del horror sopla sobre nosotras, las mujeres, con especial ferocidad últimamente. Las mujeres asesinadas de Ciudad Juárez, que tan bien describió Roberto Bolaño en su novela 2666, crímenes que, leídos uno tras otro parecían excesivos, abrumadores, innecesaria tal vez para la historia tanta repetición, se han materializado entre nosotras con una naturalidad que aturde y que hace necesario volver a leer esa novela, para por fin entender qué sensación quiso producir el autor con semejante acumulación. El viento del espanto sopla, sopla sin parar.

Lo único que puede consolarnos, ayudarnos e incluso salvarnos de sus garras es otro viento, un viento que también trae piedritas, tierra, arena, arrastra cosas, pero que mueve, empuja, lleva, nos hace cambiar de lugar. En ese viento no hay dulzura ni la habrá, es un tigre feroz que muerde a la época con dolor, con rabia, pero también con una alegría imparable que va a arrasar con todo. No va a quedar nada en pie, todo se construirá de nuevo, dolorosamente, pero mucho, mucho más luminoso para nosotras.

 

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