Una casa común, sin cerraduras

“El tiempo de la revolución es ahora”, escribió Lohana Berkins en sus palabras de despedida. Como quien sabe de la fuerza que anida en nuestro ahora, como quien intuye que ahora es –también– el tiempo de la contra-revolucióny la radicalización de los espíritus conservadores.Es por eso que frente a la avanzada del discurso de un(supuesto) “feminismo radical”, binarista, cisexista, biologiscista y transodiante, no debemos permanecer pacientes, ni conciliadores, y muchos menos, ingenuxs o impávidxs. Porque a la cárcel del mito de la diferencia sexual no volvemos más. Y hemos recorrido un largo, rico, pero también muy doloroso camino para desandar el credo de lo genital. Porque han sido nuestrxs compañerxs travas, trans, intersex, no binaries, y tantxs otrxs, quienes nos han permitido revisar muchas de nuestras convicciones cisexistas, esencialistas, dicotómicas y excluyentes. Y porque es también entre nosotres que apostamos a seguir tejiendo y fortaleciendo las redes de un feminismo que busca ser plural e interseccional, y cuyo horizonte emancipatorio es la lucha en contra de la precarización de nuestros múltiples y cambiantes modos de vida.

La convocatoria de las radfem a convertir el 8M “en una marcha única y exclusivamente para las mujeres” no sólo violenta uno de los consensos que se vienen construyendo y defendiendo en las asambleas que conducen a la huelga internacional de trans, travestis, lesbianas y mujeres; también pone a rodar en nuestros im/propios discursos feministas unade las premisas que más daño ha hecho a nuestros colectivos: “la biología es destino”. Tanto la defensa de la propiedad legítima (y privada) del movimiento feminista “para  las mujeres”, como la identificación de las mujeres con los cuerpos con vulvas, reproducen algunas de las ideas más rancias del hetero-cis-capitalismo (vaya ironía llamar a esto “radical”), a la vez que borra (y desanda) la memoria y el tejido colectivo que anuda el encuentro político de nuestros movimientos feministas y  sexo-disidentes. Como dice Ese Montenegro a propósito de la Asamblea Antifascista (nacida al calor del fortalecimiento de posiciones cisexistas y transodiantes en espacios feministas y LG), “desde este pequeño fogón de lucha antifacista […] no dudamos de la alianza histórica y necesaria entre los movimientos de mujeres y el colectivo LGBTIQ+.”

El feminismo es para todxs, y para nadie. He allí su placer y su peligro. Su potencia y su riesgo. Muchos de nosotrxs, como nos enseña el activismo gordx, no queremos un feminismo magro, enflaquecido a fuerza de recortes y ajustes identitarios, territorio legítimo de unas pocas dispuestas a patrullar las fronteras del género y la política. Nosotrxs queremos un feminismo repleto de cuerpos en lucha y pliegues enlazados, una trinchera de límites porosos y difusos, una morada de puertas abiertas desde la que resistir a la injusticia y la soledad de este mundo. Que la apelación a “la libertad de expresión” no nos confunda: la propagación de discursos transodiantes, discriminatorios y excluyentes no es un acto de liberación, es -por el contrario- la práctica sistemática de la segregación y la jerarquización de personas. Es el neoliberalismo atomizador que, sin pedir permiso, se asienta en la lengua, la práctica y la imaginación feminista. Frente a este “feminismo radical”, nosotrxs oponemos la radicalización de la imaginación política feminista, la apertura de las fronteras identitarias, la contaminación de nuestras luchas y la posibilidad de soñar con una casa en común sin cerradura. 

Virginia Cano. Lesbiana. Feminista. Filósofa. Investigadora Iiege-Conicet.

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