Desde Madrid

UNO De un tiempo a esta parte, Rodríguez no pierde oportunidad de meterse en un museo cada vez que puede. Y, de acuerdo, a él siempre le interesó el arte y la historia y las ciencias. Pero últimamente hay un nuevo y poderoso motivo para entrar y quedarse allí dentro lo más que se pueda: huir del presente y refugiarse en el pasado sin pensar en el futuro. Los museos, sí, como una forma de perder el tiempo recuperando otro tiempo que no necesariamente fue mejor que éste pero –al menos ahí dentro– que sí parece más comprensible y mejor catalogado y razonado y expuesto.

Así, por un rato, adiós a la tontería de la ceremonia de los Oscar (donde al final le dieron la estatuilla al patrón pero no a la sirvienta); a los ritos protocolares del Mobile World Congress de Barcelona (donde, como todos los últimos años; volvió a estudiarse con puntillosidad de procedural más descerebrado que cerebral el si las autoridades locales se acercaron o no a saludar al Rey, mientras Puigdemont desde su maravilloso planetita, como uno de esos en El Principito, explicaba que salió corriendo heroicamente para así situar “el problema catalán en un escenario mayor”); a la salsa de lo de Venezuela por allá y a la crema cortada y nata agría de la precampaña electoral de por aquí (con esas cosas cada vez más extrañas que dice la Derecha); a las idas y vueltas de dos Barça-Real Madrid; a los avispados obispos y su jefe concluyendo que la culpa de todo eso de la pederastia es de Satán y que, además, no es exclusivo de machistas con faldas asotanadas haciendo de las suyas por los sótanos del Vaticano. Y –but not least– a la ausencia de todos esos canales de televisión que Movistar/Telefónica le ha quitado a Rodríguez sin pedir permiso antes.

Huyendo de todo eso y con semejante (des)ánimo, Rodríguez –de paso por Madrid– se metió de cabeza en el Museo Thyssen para perderse y encontrarse por los pasillos de la recién inaugurada retrospectiva de Balthasar Klossowski de Rola (1908-2001) mejor conocido y más discutido como Balthus.

DOS “Idea para una de esas performances”, piensa Rodríguez ahí dentro mientras camina por recintos (última moda, algo más pertinente para Caravaggio que para Balthus, piensa Rodríguez) de paredes oscuras e iluminación pálida. Y –gatas y nenas, calles y montañas y 47 obras y todos los greatest hits del polaco-francés– Rodríguez tiene esa idea frente a la joya de la exposición: el muy conocido y condenado y admirado “Thérèse soñando”. Cuadro que no hace mucho una jauría de guardianes de la moral intentó descolgar –infructuosamente y a partir de campaña on line– de las paredes del Metropolitan Museum de New York. La acusación era la de “romantizar la sexualidad de una niña y fomentar el voyeurismo” y, además, de “someter a una niña a mantener semejante posición durante horas”. 

Así que ahora la auténtica y verdaderamente perversa idea performática de Rodríguez sería la de instalarse aquí junto a una niña (parecida a la loquita esa que aparece en los video-clips de Sia) que se acercase a los hombres que se detienen por mucho rato frente al cuadro de la polémica discordia (y hay que decirlo, no son muchos, y la mayoría pasa rápido y mirando de reojo, y ninguno, a diferencia de lo que ocurre en el Louvre con la Gioconda, se anima a tomarse un selfie). Y que entonces la pequeña les gritase con voz grande: “¿Se puede saber qué miran, cerdos degenerados?” Y, por supuesto, grabar las escenas con el teléfono y subirlas a YouTube para convertirlas en trending topic por quince minutos y recibir miles de likes y de comments. Y, enseguida, ser olvidadas por esa amnesia que acaba afectando a casi todo lo que está on line y que pronto será cosa del pasado más olvidable. A diferencia de lo que ocurrió y ocurre y seguirá ocurriendo el retrato de esa niña con los ojos cerrados y las piernas entreabiertas.     

TRES Y, de acuerdo, para Rodríguez está más que claro que hay algo perturbador y más que posiblemente no del todo correcto en la obra de Balthus, cuyo nombre evoca al de los villanos de la Marvel Comics. Pero también es cierto que buena parte del verdadero arte tiende a lo inquietante y lo transgresor (y ahora, en tiempos donde todo se censura, más que nunca, por las dudas). “Me da igual. Hay que hablar de Arte y no prestar atención a ese tipo de comentarios. Me temo que el erotismo y el deseo preocupan de manera enfermiza en algunas comunidades”, se hartó Stsuko Ideta, viuda del pintor, en la rueda de prensa de la inauguración. Días después, la escritora Elvira Lindo en El País argumentaba un “Me resisto a negarle a un artista el derecho a retratar este momento bellísimo de la vida, interesante por lo que tiene de fugaz y por la rara mezcla entre la actitud descarada y la involuntaria (...) Y eso es lo que vio Balthus, esto es lo que retrató. Eso, que no es pecado sino maravilla. Dudo mucho que un cuadro provoque en alguien la necesidad imperiosa de salir corriendo a vulnerar la inocencia de una crisálida”.

Y el propio Balthus, en sus Memorias –pintadas a partir de una serie de conversaciones que tuvo poco antes de morir con Alain Vircondelet– se defiende de su propensión a retratar “capullos aún sin abrir del todo” así: “Se ha dicho que mis niñas desvestidas son eróticas. Nunca las pinté con esa intención, que las habría convertido en anecdóticas, superfluas. Porque yo pretendía justamente lo contrario, rodearlas de un aura de silencio y profundidad, crear un vértigo a su alrededor. Por eso las consideraba ángeles (...) Lo que me preocupa es su lenta transformación del estado de ángel al estado de niña, poder captar ese instante de lo que podría llamarse un pasaje. (...) Mis niñas, con sus posturas soñadoras, se hurtan de un tiempo fugaz y deletéreo. Lo importante, al inmovilizarlas en el acto de leer o soñar, es prolongar el privilegio de un tiempo entrevisto, maravilloso y mágico, gracias a una tela que se abre de repente a otra luz, a otra ventana, que enseña solo a quienes saben ver. (...) Mi obra, pinturas y dibujos en los que abundan las niñas desvestidas, no responde a una visión erótica que me convertiría en voyeur y me llevaría a exteriorizar, incluso sin darme cuenta (sobre todo sin darme cuenta) ciertas tendencias inconfesables o maniáticas, sino a una realidad profunda, aleatoria, imprevisible e incomprensible, que podría así liberarse y revelar su naturaleza fabulosa, su dimensión mitológica, un mundo onírico que descubriría sus mecanismos (...) De modo que no hay que ver a ‘Thérèse soñando’ como reflejo de la realidad, como actos eróticos en los que la anatomía y la libido se combinarían de manera escabrosa, sino más bien como la necesidad de mostrar y captar algo que solo puede hallarse en lo imperceptible de la palabra, en lo indescifrable, algo que sin embargo vibra y resuena (...) Creer que en mis niñas hay un erotismo perverso es quedarse en el nivel de las cosas materiales. Es no entender nada de las languideces adolescentes, de su inocencia, es ignorar la verdad de la infancia (...) Mis niñas sobrepasan la condición mortal, exaltan la vida con la tensión de su carne, con la luz que las rodea. Es una forma de sublimar su destino mortal”. 

Tiempo antes, Balthus –con motivo de otra retrospectiva, en la Tate Gallery– había enviado telegrama a curadores y comisarios expresando su detalle de que “no se incluyesen detalles biográficos. Empezar así: balthus es un pintor del que nada se sabe. ahora dediquémonos a mirar a los cuadros. saludos, b.”.  

CUATRO Ahora, Rodríguez se dedica a mirar a ese cuadro de Balthus pensando en su hija (y en que hace mucho que no la ve y que hace tanto que su hija no parece una hija) y en que nunca estuvo del todo convencido de aquello de que una imagen diga más que mil palabras pero que, seguro, sí dice mucho más que millones de palabrerías. 

Thérèse –por supuesto, como corresponde– lo ignora por completo y no lo mira ni le habla a él.

Así es como funciona el Gran Arte.