CHINA > Urumqi, capital de la región de Xinjiang
La tierra uigur
Al borde del desierto de Taklamakán en Asia central, los resabios de la Ruta de la Seda conviven con una ciudad moderna del siglo XXI, que es al mismo tiempo un enclave musulmán rompiendo los estereotipos de la cultura china milenaria y la actual.
Minarete réplica de uno milenario en Uzbekistán.Minarete réplica de uno milenario en Uzbekistán.Minarete réplica de uno milenario en Uzbekistán.Minarete réplica de uno milenario en Uzbekistán.Minarete réplica de uno milenario en Uzbekistán.
Minarete réplica de uno milenario en Uzbekistán. 
Imagen: Julián Varsavsky

En China una minoría étnica muy pequeña alcanza los 23 millones de integrantes: es la islámica, el 1,8 por ciento de la población. He vuelto a este país con la vaga idea de ver su cara musulmana. Pero como los seguidores del Corán están por todos lados, consulté antes con amigos chinos: señalaron en el mapa la Región Autónoma de Xinjiang, el extremo noroeste, la provincia más grande del gigante rojo. En su interior cabe España tres veces y un cuarto.

Urumqi es la única ciudad de la región a la que se puede llegar en avión desde Beijing o Shanghái. Nunca antes había comprado un pasaje ignorándolo todo sobre el destino. Al sobrevolar el desierto de Gobi me había fascinado leer en la revista de a bordo que me dirigía hacia uno de los oasis milenarios de la Ruta de la Seda. 

Aterrizo a 3270 kilómetros de Beijing –y a 1000 de Biskek, capital de Kirguistán, muy cerca también de Mongolia y Kazakstán– con la sensación de haber atravesado un mundo. Y en cierta medida era así: con el correr de los días vería que entre Xinjiang y el resto de China hay un abismo geográfico y cultural. Pero no resultaría ser Urumqi el lugar donde se hace realidad el sueño dorado de las caravanas de camellos atravesando desiertos de bazar en bazar. 

Julián Varsavsky
Los musulmanes ocultan el rostro femenino.

RECIÉN LLEGADO En una primera impresión, algo inexacta, Urumqi es una típica ciudad china industrial de 2,3 millones de habitantes, moderna al estilo chino del siglo XXI, moldeada por ese singular capitalismo de inspiración confucio-maoísta: al atravesar la ciudad desde el aeropuerto veo en el centro un edificio que parece una deconstrucción posmoderna del Empire State, un McDonald’s, un Pizza Hut y tres limusinas blancas: pura decepción para tanto viaje. 

Pero Urumqi es una ciudad bifronte resultado de la política y la religión: hay un barrio musulmán y otro más bien laico del mayoritario grupo étnico han, el que predomina en toda China. 

El conflicto cultural y racial viene de larga data, desde antes de la revolución maoísta, pero en las últimas décadas el gobierno central ha promovido la inmigración interna de los han hacia Urumqi, convirtiendo a la etnia uigur en una minoría del 10 por ciento. 

Esta suerte de colonización similar a la que se aplica en Tíbet –los han tienen marcados privilegios– reaviva cada tanto los reclamos independentistas uigures, generándose enfrentamientos contra la policía que terminan en tragedia. Pero la lucha es desigual y la región permanece estable desde hace unos años.

Deambulo varias horas sin ver un solo occidental –tampoco los había en el avión– y la circunstancia me anima como un “a pesar de todo”. Me cruzo con un hombre uigur de cabello castaño y me sorprendo de sorprenderme de algo tan común: caigo en la cuenta de que en dos meses recorriendo China, no había visto una sola persona castaña.

Busco el barrio musulmán tanteando a la deriva una ciudad que arde a fuego lento. Aquí el idioma inglés es el summun del exotismo. Pero alguien parece entender mi búsqueda y señala un bus que acaba de parar. Subo y avanzo muchas cuadras por una avenida: tras la ventanilla una plaza luce la réplica de la pirámide del Louvre.

Reconozco el barrio musulmán de la manera más obvia: los chadores en la cabeza de las mujeres y los sombreritos tejidos con arabescos geométricos de los hombres. Además los uigures tienen los ojos menos rasgados que los chinos han y hablan su propia lengua: el uigur de raíz turcomana. Los carteles callejeros están en uigur, chino mandarín y –a veces– en inglés. 

Una leve tensión se respira en el ambiente con patrullas de militares de uniforme camuflado, chaleco antibalas y casco, armados con ametralladora. 

Julián Varsavsky
Dátiles y toda clase de frutos secos para enfrentar el viaje al desierto.

MUNDO LEGENDARIO La visión de la centenaria Mezquita del Sur me hace soñar por un instante con esa idea falsa de sumergirme en el mundo de Las Mil y una Noches: un Carrefur a un lado y un Kentucky Fried Chicken enfrente, rompen el encantamiento. Pero no me quejo. Un fast food de pollo frito debe tan exótico para un uigur como para nosotros comer con palitos en el Chinatown de Buenos Aires en una mesa que gira.

Un refinado minarete de 45 metros de altura se levanta en una plaza junto a la mezquita: es una prodigiosa copia de uno milenario en la ciudad de Bukara, República de Uzbekistán. A su alrededor hay mujeres con velo total y hombres con albornoces y barbitas bíblicas.

Cruzo la calle para entrar al Gran Bazar Erdaoqiao, un espacio moderno con líneas tradicionales islámicas y techos muy altos, que mantiene la estructura interna de un zoco: un eje central con adyacentes y centenares de puestos sin vidriera con todos sus productos al alcance de la mano del vendedor, quien perfectamente puede despachar sin levantarse de la silla.

Una curiosa tienda de animales embalsamados vende zorros, ciervos, una gran águila negra con las alas extendidas y garras al acecho, cabezas de carnero con cuernos espiralados, pieles de cocodrilo y hasta un tigre en posición de ataque. Otra ofrece especies más pequeñas disecadas: estrellas de mar, ranas, víboras y alacranes. Pero más insólito es el puesto de troncos petrificados. 

Como en todo bazar estilo árabe, hay enormes tiendas de frutos secos, especias, alfombras mágicas, artesanías de jade y puñales curvos con incrustaciones de piedras semipreciosas. Algunos productos llegan desde países limítrofes como Rusia, Mongolia y Tayikistán.

Me llama la atención que los vendedores no estén en acosadora posición de ataque. El mercado es bastante silencioso y puedo caminar tranquilo, mirando sin inquisiciones compulsivas. Algunos puesteros directamente duermen en la silla o con el torso derrumbado en un pequeño escritorio y la cabeza envuelta en los brazos. Si quiero algo simplemente pregunto, como en mi mundo.

En el bazar hay quienes juegan a las cartas con el vecino y otros tejen o mandan mensajes por smartphone. El único que me encara, con cierta timidez, es un vendedor ambulante con una bandeja colgada del cuello; ofrece peines en forma de arco.  

En el sector de la carne un hombre descuartiza corderos a brutos hachazos y ya en plena calle veo sus cabezas hirviendo en grandes ollas. El rubro ropa incluye pañuelos multicolor para el pelo, chadores y vestidos de seda.

Urumqi no es lo que vine a buscar. Pero no deja de ser un lugar muy significativo y curioso. Y por sobre todo, es la puerta de entrada obligatoria para internarse en los restos y la evolución actual del fascinante mundo de la Ruta de la Seda, cuyos senderos bordeaban a partir de aquí el legendario desierto de Taklamakán, que nace al borde de la ruta muy cerca de la ciudad: el viaje acaba de comenzar.


DATOS ÚTILES

  • Cómo llegar: Qatar Airways vuela a Beijing vía Doha –capital de Qatar, donde se puede descender– desde US$ 1850 (incluyendo impuestos). Tel. 5237-3900. Web: www.qatarairways.com
  • Desde Beijing hay vuelos diarios a Urumqi. La alternativa es el tren con coche cama desde ciudades como Dunhuang (14 horas) y Xian (34 horas). 

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