Otra mirada sobre Ezequiel Martínez Estrada

Es común ahora (quizás demasiado ligero y común) atribuir a la defección del intelectual frente al accionar de la realidad pura, por no decir bruta o brutal, argentina y latinoamericana, el triunfo de esta última frente a lo racional. Sin embargo, parece que, si algún déficit ha habido en los últimos tiempos, él se situaría no del lado de un exceso de reflexión, de una soberanía del pensamiento, sino de una desgraciada fascinación por la opinión, la intervención, la participación, la exposición mayoritariamente mediática y política; de un menoscabo por la teoría y el análisis; de una subestimación, en suma, de buena parte de la tradición de pensamiento nuestro, tan diversa, tan rica, tan necesaria. En uno de los sitios más altos de esa tradición, se instala, creo, la obra de Ezequiel Martínez Estrada, su mirada lacerante, autocrítica, heterodoxa, parcial.

Obra copiosa y diversa la de este santafecino, nacido en San José de la Esquina en 1895 y fallecido en Bahía Blanca en 1965, luego de una vida en la que no faltaron los estudios, las investigaciones, los desarrollos, y también las polémicas y las contradicciones intelectuales y políticas. Frecuentó el excelente y depurado verso, la novedosa prosa de ficción, el cuento, el teatro, el ensayo histórico, cultural y pedagógico, la sociología de la cultura. Fue profesor en el Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad Nacional del Sur. Además de su justamente célebre Radiografía de la pampa (1933), obras mayores de su autoría son La cabeza de Goliat (1940), Sarmiento (1946), Muerte y transfiguración de Martín Fierro (1948), El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson (1959).

Como casi todos los componentes de la élite intelectual, mantuvo un cerrado antiperonismo entre 1945 y 1955, pero reaccionó dignamente ante las primeras medidas persecutorias de la llamada Revolución Libertadora, y empezó a colaborar con revistas y publicaciones de la izquierda, especialmente con Propósitos, el semanario de Leónidas Barletta (“el padre del teatro independiente”), donde publicó algunas notas hoy históricas, que él dio en llamar, cual las muy críticas y combativas de Cicerón, “Catilinarias”. Testimonio de esta época y de su pensamiento es el libro ¿Qué es esto? (1956). Esas nuevas posiciones políticas, fruto de su indignación ética, lo llevaron a discusiones fuertes con amigos de otras épocas. Portador, para comenzar, de una visión retroactiva del 17 de octubre de 1945 como una puesta en escena de “lo Otro”, ocupando físicamente la ciudad capital: “Perón volcó en las calles céntricas de Buenos Aires un sedimento social que nadie habría reconocido. Parecía una invasión de gentes de otro país, hablando otro idioma, vistiendo trajes exóticos, y sin embargo eran parte del pueblo argentino, del pueblo del Himno”. Jorge Luis Borges salió al paso de este tipo de declaraciones, y desde entonces se entabló una polémica dura y otras diferencias que los separaron para siempre. (A pesar de ello, después de su muerte, Borges no pudo ignorar la calidad de escritura e inteligencia de Martínez Estrada, y comentó su libro de poemas con estas líneas, aunque no muy generosas, bastante justas: “Este volumen es inconcebible sin la previa labor de Lugones y de Darío, pero en él abundan las piezas que igualan o superan a sus modelos. En este momento recuerdo los poemas dedicados a Whitman, a Emerson y a Poe”). 

Adhirió luego a la Revolución Cubana, e inclusive fue a vivir y a trabajar durante algunos años en Cuba, donde hoy se lo recuerda con especial admiración y afecto, y fue nombrado miembro de la Academia de Historia de La Habana. De su provechosa estadía allí, dan testimonio, entre otros muchos, su libro Martí, el héroe y su acción revolucionaria (1966), y varios escritos sobre la poesía de Nicolás Guillén, por investigaciones realizadas en Casa de las Américas.

Si en los ensayos hubiese que juzgar el discurso de Martínez Estrada por su grado de sometimiento a los dictados e imperativos de la realidad aparente, podría tal vez afirmarse que el suyo no es un estudio científico, objetivo, fiel. Sus enfoques son siempre personales, a menudo arbitrarios, casi nunca tenues, pocas veces neutrales. Y sin embargo su descripción selectiva de ciertos detalles, de ciertos mitos, de ciertos procesos, de grandes corrientes de la civilización y de la historia, nos revelan mucho más sobre nuestra formación como nación y sobre nuestro carácter y estilo que decenas de manuales didácticos, solemnemente disecados. Martínez Estrada procede, más que por comprobación o por deducción, por metáfora, vinculando imágenes distantes entre sí, y describiendo sus relaciones íntimas, las que solo cobran vivencia concreta una vez convocadas por su escritura. De algún modo, llega a inventar una realidad que, al sernos mostrada, resulta más esencial, más profunda, más real, en síntesis, que la que conocemos.

En su vasto arsenal lingüístico, retórico, de imágenes, la figura preferida es el oxímoron, el tropo de la aparente contradicción, el de la paradoja que, al decir de Pascal, asegura la vida del pensamiento. A veces, son frases enteras las paradójicas, tales como, en su clásico Radiografía de la pampa, hablando del conquistador: “un léxico pobre y una inteligencia torpe habían de enriquecer la aventura narrándola”. Otras, ser “Señor de la nada”, “avanzar hacia atrás” o “adelantarse por senderos de noria”, presentan, entre muchos inquietantes enfrentamientos lógicos y lingüísticos, hallazgos que iluminan con nuevos focos perspectivas y vínculos. Es cierto que en sus libros abundan los efectos verbales, y que ellos cargan de dimensión imaginativa el ensayo; es cierto que la reiteración de palabras, el denuedo en el léxico, las enumeraciones, las metáforas y los desplazamientos imantan de pasión literaria textos que postulan las mayores tensiones temáticas. Pero me parece que su núcleo ideológico no se encuentra aquí, sino en aquellas oposiciones y contradicciones, como si la textura del libro estuviera indicando que, más allá de las conveniencias del sano entendimiento, hay un nivel, un lugar de la reserva (de qué otro modo llamarla sino “poética”) verdadero, central. 

El propio Martínez Estrada lo dice, refiriéndose a parecidos asuntos: “Ante todo, un idioma no es instrumento de la mente, cuanto de la sensibilidad, e inclusive de la sensibilidad orgánica o del subconsciente”. Yo creo que es a esta sensibilidad que va dirigida su prosa, a la cual importan menos la transparencia y la armonía y la comodidad de los significados que esa profusión, esa proliferación, ese agolpamiento del significante. Aquél al cual, y no por azar, temen los totalitarismos, y que en Martínez Estrada abunda y estalla, provocando lo que fue hace décadas, y sigue siendo hoy, una permanente revelación.

Mario Goloboff: Escritor y docente universitario.

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