Liliana Heer, escritora y psicoanalista
“Lo que escribo son bombones envenenados”
Su conjugación de la práctica del psicoanálisis y la escritura de poesía no es una tensión, advierte, sino “un contacto, una posibilidad muy interesante en intervenir desde la letra”. Un cruce que hasta le permitió un abordaje poético de Al Capone.
Imagen: Verónica Bellomo

Viajes, libros, aprender a escuchar y relatar fueron parte de la vida de Liliana Heer, alguien que aprendió dos oficios, la literatura y el psicoanálisis unidos por la letra, la palabra escrita y el relato oral. Todo lo que le resultó maravilloso de vivir y compartir, lo transformó en una obra literaria, puede ser una novela, un libro de poemas o una obra de teatro.

–¿De acuerdo a su experiencia, existe una tensión entre la práctica del psicoanálisis y la escritura poética?

–No sólo no hay una tensión sino que hay un contacto, una posibilidad muy interesante en intervenir desde la letra, desde el poema. Lacan, en su último seminario y a través de su obra, insiste mucho en esa letra que logra denunciar el hiato, el agujero. Es la intervención poética, su significante, donde el sonido juega tanto en el papel como en el sentido que produce un efecto de verdad. Lacan trabajó a lo largo del tiempo en distintos seminarios el efecto de la poesía como evocación, como alusión y luego hacia el final de su obra como forzamiento, eso que lleva a diferenciar las cosas, quiere decir que no es el lugar común, no es algo que implica repetir ni agregar, sino limpiar, vaciar, hacer silencio. También la teoría de Deleuze en Diagrama y concepto de pintura es muy interesante y la aplica a la escritura. Consiste en lo siguiente, la página jamás está en blanco, está en negro. Tiene lugares comunes, opiniones, tiene mucha basura, entonces hay que hacer un diagrama para ir despejando, despojándose. El toma como ejemplo la obra de (Francis) Bacon y cómo él de algún modo trabajó sobre fotos, iba despojando el universo de la imagen para dejar algunas líneas de fuerza que operaran como puntos de luz. Pintar la foto, desarmar, deconstruir, descuartizar para que surja aquello que está en la acción. El arte como acción es político, no es ilustración.

–¿En su caso la escritura poética bebió del psicoanálisis o al revés?

–Es muy difícil intentar conocer los orígenes. De pequeña comencé a leer novelas policiales. Crimen y castigo de Dostoievski me sonó como tal y luego una cantidad de autores de novela. Al mismo tiempo veía ciertos conflictos entre mis amigas con novios púberes y empecé a escribirles cartas a los novios para arreglar situaciones. Sobre todo me importaba ver, trabajar el lugar del lector, es un efecto, como un pulpo que atrae con sus tentáculos la posibilidad de decir, de escribir, de simbolizar, es un fenómeno de encuentro. En la correspondencia está presente, salvo si uno lee a Bartleby, el escribiente, de Melville. En ese caso las cartas estaban perdidas o no existían, de ahí que reitera siempre el preferiría no hacerlo. Por eso Lacan habla de la letra como materia, como lengua materna, ese gorgojeo inicial, inconsciente. La intervención poética y la palabra en sí tienen resonancia, tiene eco. Lacan habla de lo bello en el arte y en el bien decir. No maten a lo bello, la última semblanza, una persona en el ataúd es una belleza, es lo último. Me quedó una síntesis y una posibilidad de ver el andamiaje de la escritura, me dio la posibilidad de dar y al mismo tiempo tener más. Me doy cuenta de que uno tiene tanto y necesitaría menos. Y cuando no tenía casi nada recibí de (Leónidas) Lamborghini, de Ricardo Piglia, de Luis Gusmán.

–¿Siempre está unida la práctica de la escritura poética o narrativa a la vivencia?

–Puede no estarlo. Uno lee los Diarios de Ricardo Piglia como una obra maestra, tiene todas las modulaciones que pueden llegar a tener un texto, un relato, un poema, un recuerdo y resultan sublimes. Lo que escribo son bombones envenenados, la poesía concebida como esa belleza que encubre el espanto, el malestar en la cultura. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompe el mar en apariencia trasparente pero engañoso que, por supuesto es un estado de ánimo que lo tenemos dentro. Siempre recuerdo lo que escribió Sartre: “El poeta no se sirve de las palabras sino que las sirve”. 

–¿Cómo surgió elegir el personaje de Al Capone en el abordaje poético, pues es un contrapunto entre zonas disímiles, poesía y delito?

–Lo que escribí fue un folletín poético, tiene distintos episodios. Son siete capítulos, como el Séptimo Círculo del Infierno, donde están los que atentan contra un tercero, contra el prójimo, contra sí mismo o contra Dios. Al Capone fue para mí un personaje muy atractivo porque vi en Esperanza, donde nací, muchas películas sobre Capone, en una época donde había tres cines. En algún momento me vino la frase quiero ser la novia de Al Capone, pasó el tiempo y a partir de lecturas me llevaron a investigar las fantasías infantiles del rapto y esto lo diferencio muy bien del secuestro. Esto me remite a las obras Lolita de Nabokov, El rey de los alisos de Michel Tournier, la obra de Lewis Carroll, una serie de infancias en las cuales Pinocho es la más conocida. Ese niño está bajo control y lo que quiere es ser libre y dejar de ser infantilizado por sus padres. En este momento los niños son y van a ser más lúcidos, más rápidos, más inteligentes que los adultos, además tienen esa facilidad de comunicarse, decir lo que sienten, lo que quieren, mal escrito por supuesto (risas)...

–¿El rapto lo asocia con la figura de Al Capone?

–Sí, la protagonista femenina quiere ser buscada y salvada por Al Capone. Es como si su casa, su familia, apestara y habla del olor. ¿Por qué? Porque el amor huele y el desamor también huele. Empecé escribiendo una novela sobre Al Capone y de pronto me sobraban elementos, cosas. Necesité condensar, empecé a depurar, que quedara el esqueleto, metáfora tras metáfora. Quise conocer bien la historia de Capone de los años del 20 al 30 y comprobé que hay muchas versiones distintas hasta de su nacimiento. Se lo hace nacer en muchos lugares, incluso en Brooklyn y él nació en Castellammare, cerca de Pompeya, a 25 kilómetros de Nápoles. La última vez que estuve en Italia sólo quería estar en dos lugares, en Ostia por Passolini y en Castellammare por Capone. Las versiones cinematográficas y los libros lo hacen nacer en distintos sitios, lo van trayendo a América porque la mafia siciliana era muy diferente a la mafia napolitana, que sería “de segunda”. Uno de los orígenes fue su cicatriz, scarface. Cuando él pide un corte de pelo a la siciliana, el barbero el corta la cara de un navajazo. En este sentido, el cine me alimentó, como el hecho de escribir cartas. Además, las lecturas de Poe, Hammett, Chandler y la historia de Liki Sisa, que en el cine tiene el nombre de Ricco Vandelo, es una película de 1930. En 1932 se estrena el primer Scarface, ya está la cicatriz y está dirigida por Howard Hosse. En 1983 se estrena la remake y actúan Al Pacino, Michelle Pfeiffer, dirigida por Brian De Palma, y es la historia de Antonio Montana. En cambio Cuéntame de tu vida, de Alfred Hitchcock, me llevó a estudiar psicoanálisis, aparece un paciente con ciertos recuerdos, hace una evocación con un tenedor y en un mantel blanco hace una rayita que le trae a la memoria a él esquiando en la nieve. A propósito de esa evocación, llega a psicoanalizarse porque tiene una crisis personal. Yo asimilaba el suspenso a Capone por más que los espectadores no sabíamos cuándo iba a parar de matar, de burlar la ley o cuándo los policías iban a dejar de tener una crueldad superior a los delincuentes.

–Una antología notable de poesía argentina fue realizada por Juan Carlos Martini Real, la publicó el Círculo de Lectores en los años 70. ¿Cómo lo recuerda a Juan Carlos?

–Para mí, JC, como a él le gustaba ser nombrado, fue muy importante en mi quehacer literario. En 1984 recibí el Premio Boris Vian por la novela Bloyd, a partir de ese momento, de acuerdo a las reglas del premio, me convertí en uno de los jurados. En ese entonces no salían tantos libros como ahora, los libros de autores argentinos que se publicaban eran ocho o diez, a lo sumo quince por año, no muchos más. Con JC tuvimos una relación adorable, no había día que no habláramos una hora por teléfono. Recuerdo un fin de año que me pasé luego de las doce de la noche hablando porque siempre teníamos un proyecto en común. Escribimos varios artículos para El Cronista Cultural de entonces, participamos de encuentros en la Feria del Libro y cuando escribió Notas sobre el padre en Facundo hice un pequeño ensayo. Trabajamos sobre la obra de Borges e hicimos en colaboración una Guía erótica de la literatura y Giacomo el texto secreto de Joyce. Nosotros nos encontrábamos una vez por semana y siempre resultaba corto el tiempo, intercambiábamos nuestros libros preferidos, de ese intercambio surgen los libros hechos a cuatro manos. Su vida era leer, dar sus clases, escribir sus cuentos son maravillosos así como su novela Copyright.

–¿Cómo resultó escribir una novela sobre la antigua Yugoslavia?

–Estuve tres veces en Yugoslavia invitada por el Congreso de Escritores, estuve con Peter Handke, que se asombró de que aquí se lo leyera y nos importara tanto su obra. El aprendió español para leer a César Vallejo como Freud aprendió español para seguir la saga del hidalgo caballero Don Quijote. Escribí una novela que se llama El sol después, que cuenta el derrotero histórico de la antigua Yugoslavia. Coincidió que cuando fui en los años 1997 y 1998, en el segundo de los viajes, estaba Belgrado encañonada por 19 países de la OTAN, estar en un Congreso y ver esa realidad, ver a los serbios, a los bosnios y la figura de Tito que postulaba uno para todos y todos para uno y que de ninguna manera resultó una frase sino un modo de pasar a la acción. Lo que había logrado Tito era una libertad tan grande que de Hungría, Italia, de la ex Unión Soviética la gente podía pasar, atravesar Yugoslavia, su país. Pero cuando fui, la situación era de una precariedad innombrable, con una gente divina que sin embargo no especulaba. Fuimos a conocer la casa de Desanka Maksimovic, que fue una gran poeta yugoslava, la tumba estaba en su jardín y había velas y manzanas, dábamos vueltas alrededor de la tumba. La casa era abierta, con una galería. Lo que más me conmocionó fueron las visitas a los colegios y los chicos pidiéndonos autógrafos, tenían esa felicidad, filas de niños por un autógrafo de un poeta, lo contrario a Disneylandia. Con frecuencia siento que lo escucho a Handke y su relato sobre el mirar diversas secuencias a través del vidrio de una ventana. Siento que lo escucho hablar sobre la ciudad de Smederevo con las huellas de la invasión turca, sobre el río y los colores. Una mañana caminábamos hacia un colegio donde teníamos que leer textos y poemas, escuchar a otros escritores y reencontrarnos con nuestros nuevos amigos. En el camino me decía que durante unos años había vivido en una casa cuyo mayor atractivo era el interés que le despertaba el edificio de enfrente. Contaba que desde su ventana vio una fiesta y en el balcón se veía personas brindando. Después me contó que una noche vio el brillo azul de un televisor, entonces al pulsar el control remoto de su propia TV buscando ese programa se dio cuenta de que el azul era el tono del sin nada. Esa expresión “el tono del sin nada” fue lo mejor que escuché en mucho tiempo, que define muchas situaciones.

–Una reflexión y una epifanía en medio de una situación compleja...

–De regreso en el aeropuerto de Milán todo era un caos. Las computadoras no funcionaban, lo que ahora se llama “caída del sistema”. Pasamos 36 horas de espera, pérdidas de valijas, gente durmiendo y comiendo comida chatarra en las alfombras. Mientras tanto, yo pensaba en una novela de Juan Martini en la que todo ocurre en un aeropuerto y para combatir las tensiones comencé a contarla en voz alta. Algunos se quedaron dormidos pero con los despiertos establecí contactos, cercanías, empecé a animar la velada y comprobar el poder de la palabra, de contar una historia, mantener la atención de alguien en una situación insólita. 

–¿Cómo recuerda hoy a Esperanza, el pueblo de la provincia de Santa Fe donde vivió hasta los 17 años?

–Tengo un recuerdo amoroso de mis amigos y mis amigas, tengo un recuerdo de la felicidad que me dio que ganara Perón las elecciones porque mi familia era antiperonista. Los Heer eran los dueños del periódico El Colono, hubo amenazas de quemar el diario, las mansiones. Nací en el Palacio Ripamonti y en el Palacio Lehmann vivía mi prima y el hermano de mi padre era el director del diario. Tenía una muy buena relación con la familia de mi madre y con la señora Angelita, que ayudó en mi crianza. Si algo puedo decir de mi familia es que me dejaban elegir. Tenía una tía que era cantante, mi madre era concertista, había mucha libertad. Veía a mis padres en patines por la casa y el día que anuncié que quería estudiar Psicología fue mi padre, que era odontólogo y abogado, el que me informó que aún no existía la carrera. Mi padre fue el primero que descubrió al flúor en la Argentina, fue un gran investigador. Después me dijo que se abrió la carrera en Rosario y en La Plata y me preguntó dónde quería ir. Y Rosario era la Chicago argentina y hacia allí fui.

–¿Porqué nombró su alegría sobre el triunfo de Perón?

–Porque el peronismo produce en mi memoria de esa sociedad un cambio, de un año para otro los compañeros no eran ya los del Club Social, eran los de la sociedad de canto, los que vivían detrás de la vía, tuve acceso a otros mundos. Mi primer poema lo escribí cuando murió Eva Perón y a ella se lo dediqué. Mi familia era muy respetuosa, yo era la única peronista de la familia. No había mujeres políticas que llegaran a un lugar de poder. Tuve el privilegio infinito de nacer en un hogar muy culto, eso me dio herramientas, sé que la vida es conflicto pero si uno tiene la posibilidad en los peores momentos de recurrir a una frase ya está salvado. Nietzsche decía que el dolor es también una alegría y la afirmación es lo que nos mantiene vivos. Recuerdo también a (José), Pedroni íntimo amigo de mi padre, estaban en casa todas las semanas porque papá pertenecía al Partido Comunista y en el sótano del Palacio Ripamonti se hacían reuniones y se daba refugio a personas que estaba perseguidas. Desde muy pequeña pude ver a los hombres y mujeres en acción a pesar de que cuando ganaba Perón, mi padre que era candidato perdía y yo estaba contenta, no lo sé.

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