Jamás llegarán a viejos, el fascinante documental de la primera guerra mundial dirigido por Peter Jackson
Tempestades de acero
La nueva película de Peter Jackson, el director de El señor de los anillos, es una de las más arriesgadas y emotivas de su carrera. Jamás llegarán a viejos utiliza una cantidad apabullante de material de archivo, no sólo fílmico sino también de audio –entrevistas a veteranos, sobre todo– para ver la Primera Guerra Mundial como nunca antes. No se trata de recrearla: Jackson altera el material original de diversas maneras, con resultados notables, cercanos a la magia: los terribles campos de batalla, esos jovencitos yendo a la muerte, la candidez y la crueldad. La revitalización y colorización de las imágenes, sumadas a un proceso de construcción de la pista de audio, permite imaginar cómo se hubieran visto y oído esos soldados si un camarógrafo del futuro hubiera realizado un viaje en el tiempo.

La Primera Guerra Mundial, suele decirse, fue el último enfrentamiento bélico entre caballeros. La declaración de guerra entre las partes, en papel oficial con membrete y firmas a tono, parecería confirmarlo, aunque el uso de elementos novedosos como el gas mostaza y los primeros carros de combate y ametralladoras de mano no hicieron más que dar inicio a nuevas y más destructivas formas de mutilar y destruir la carne humana. Los rostros y los cuerpos de los soldados en las trincheras o en algún esperado descanso, lejos del teatro de operaciones, recorrieron el mundo gracias a ese invento que tenía apenas veinte años, el cinematógrafo, ofreciendo por primera vez imágenes en movimiento de aquellas actividades que, hasta ese momento –al menos para los civiles, los que se habían quedado a resguardo en casa–, sólo podían imaginar o bien apreciar en fotografías o grabados alusivos. Jamás llegarán a viejos, el documental de Peter Jackson que llega a las salas de cine de nuestro país este jueves, retrocede un siglo y parte de esas mismas moving pictures para reconfigurarlas y darles nueva vida, una clase de historia con material didáctico de lujo y un recordatorio de las diferencias y similitudes con el mundo que habitamos hoy en día. La pasión de Jackson por reconstruir el pasado no es algo nuevo: hace un par de décadas, para una edición especial hogareña de King Kong, la clásica producción de la R.K.O. de 1933, el cineasta neozelandés volvió a filmar, con las mismas técnicas empleadas en el film original, la famosa escena en la cual unas arañas gigantes devoran a varios de los expedicionarios, eliminada del montaje por considerarse demasiado explícita y sepultada para siempre en un imaginario cementerio de celuloide. Su más reciente película, coproducida por el Imperial War Museum británico, no recrea fragmentos perdidos ni imagina otros con técnicas añejas o actuales; en cambio, altera el material fílmico original existente de diversas maneras, logrando resultados notables, cercanos a la magia. La revitalización y colorización de las imágenes, sumadas a un laborioso proceso de construcción de la pista de audio, que incluye efectos de sonido y diálogos, permite imaginar cómo se hubieran visto y oído esos soldados si un camarógrafo del futuro hubiera realizado un viaje en el tiempo. Los puristas de la conservación cinematográfica deberían abstenerse. O no: la invitación es para todos y el resultado es definitivamente fuera de lo común, un caso muy particular de ese territorio conocido como found footage, la reelaboración de material preexistente con la intención de crear algo nuevo.

“Estábamos todos sentados alrededor de la mesa, empezando la cena con el equipo de rugby alemán. Había un alemán ahí y un inglés al lado y de nuevo un alemán y así sucesivamente. Un runner llegó en medio de la cena con la extraordinaria noticia de que había estallado la guerra. No sabíamos qué debíamos hacer, si agarrar un cuchillo de la mesa y clavárselo a un alemán o qué. Pero luego de un poco de discusión decidimos que, al menos para nosotros, la guerra iba a empezar al día siguiente, así que la fiesta siguió su curso”. El relato de un veterano de guerra describe irónicamente la llegada a sus oídos de la novedad, de cómo un magnicidio en una tierra lejana de alguien de quien nunca había oído hablar definió su futuro y el de millones de personas a lo largo y a lo ancho del territorio europeo. Por supuesto, el asesinato en Sarajevo del archiduque austriaco Franz Ferdinand Carl Ludwig Joseph Maria fue el detonante de la Gran Guerra, pero bien podría haber sido otro acontecimiento –las cosas en el continente no estaban pasando por un momento particularmente sosegado–, pero qué podía saber un muchacho de apenas dieciséis años del estado de las cosas en la alta política internacional. Su voz no es la única que puede escucharse a lo largo de los cien minutos de proyección. A partir de un meticuloso proceso de recolección de audios originales provistos por el mencionado Museo Imperial de la Guerra y la BBC, el guion de They Shall Not Grow Old utiliza ese material de archivo –grabaciones de casi un centenar de veteranos británicos registradas en los años 60– como un esqueleto sobre el cual aplicar las capas de músculo, grasa y piel. Son esas voces las que recuerdan, por ejemplo, que muchos de los muchachos que hacían largas colas para ofrecerse como soldados tenían apenas quince, dieciséis o diecisiete años y que, a pesar de no tener edad suficiente para enlistarse, eran aceptados luego de ponerse de mutuo acuerdo con los militares responsables. Las imágenes no mienten: los rostros desgarbados y en proceso de maduración de decenas de adolescentes, cuya juventud se evidencia en el brillo de los ojos, es interrumpida cada tanto por otra clase de mirada, inconfundiblemente infantil a pesar del fusil que la acompaña. Todo es emoción y algarabía en los entrenamientos. Incluso durante la despedida, antes de cruzar el Canal y desembarcar en tierras francesas, la actitud de desafío y de espíritu de aventura parece ser el común denominador de los soldados. Es entonces que aparece el recuerdo de El gran desfile, el film antibélico de King Vidor de 1925, con sus sonrientes y gallardos jóvenes iniciando el viaje de sus vidas, poco antes de que se abran las compuertas del horror.

Volver a la vida

Estrenada en el Reino Unido a tiempo para conmemorar los cien años de la firma del armisticio, el 11 de noviembre de 1918, la película es tanto un homenaje (el abuelo de Jackson participó de esa contienda y a él está dedicada) como un recordatorio de horrores pasados que siempre están de a punto de retornar, agazapados a la vuelta de la esquina. La primera media hora de Jamás llegarán a viejos describe los preparativos de los soldados apoyada en esa polifonía de voces que recuerdan los hechos (los únicos y exclusivos relatores: no hay aquí una voz en off neutra, como ocurre en los documentales televisivos convencionales) y las imágenes de archivo de cientos de noticieros de época, en estricto blanco y negro y en el formato de pantalla cuadrado típico de aquellos años. Para ofrecerle al espectador una sensación “de época” aún más fuerte, ese material se ofrece a una velocidad mayor a la deseable, reforzando ese efecto clásico ligado al cine mudo y transformado en cliché luego de la aparición del sonoro. En cierto momento, sin embargo, la imagen de un grupo de combatientes comienza a ralentizarse y el cuadro a ampliarse hasta llenar toda la anchura de la pantalla. El “grano” analógico generado por los procesos de copia de segundas y terceras generaciones desaparece y una paleta de colores apastelados rellenan los blancos, negros y grises ortocromáticos de los cuerpos, los objetos y los campos. Al mismo tiempo, un proceso de limpieza digital –discutible desde el punto de vista de la conservación de los valores visuales originales, pero absolutamente consecuente con la idea de darles nueva vida– parece tocar con una varita mágica cada uno de los fotogramas originales. Finalmente, el sonido de la naturaleza y el de los hombres, de las máquinas de guerra y el de los pasos y las risas, aparece en la banda de sonido. El toque sónico final de esta auténtica resurrección lo ofrecen las voces de los soldados, para lo cual especialistas en la lectura de labios lograron recuperar las palabras y frases pronunciadas en aquel momento, sólo escuchadas por los propios participantes del rodaje, los camarógrafos y sus sujetos. El resultado es fascinante, aunando la pasión del director de la saga de El señor de los anillos por la creación de mundos de fantasía con la conciencia de que todo aquello que se está viendo no es otra cosa que la realidad misma, aunque el tratamiento formal lo transforme en algo más, una suerte de universo hiperrealista.

En una de las escasas entrevistas que Peter Jackson ofreció a la prensa, en diálogo con el periódico The Guardian, el realizador afirmó que pudo acceder a “más de cien horas de material fílmico sobre la Primera Guerra Mundial. Y, Dios mío, los rostros son increíbles. Esa gente vuelve a la vida e inmediatamente uno siente afinidad con ellos. Se transforman en gente real, en personas que uno puede reconocer del trabajo o con la cual compartió la escuela. Podría decirse que uno ve quienes son a partir de sus rostros. Es increíble”. Las miradas a cámara son una constante en todo el material documental filmado en aquellos años y es absolutamente cierto que en esa mezcla de candidez y emoción (muchas de esas imágenes fueron tomadas durante altos en la batalla) el espectador puede ver reflejada su propia humanidad. No se trata de números de una guerra antigua y olvidada sino de hombres reales, de carne y hueso. Los dientes sucios o dentaduras incompletas de muchachos que apenas si pasaron los veinte años reflejan una difusión y universalidad de la odontología primitivo y los utensilios diarios y latas de conserva en las barricadas remiten a una era que hoy puede antojarse prehistórica. A la hora de analizar el trabajo técnico de su compañía Weta Digital, responsable de restaurar y “reconvertir” el material original, el director admite que “no tenía idea de cuáles iban a ser los resultados porque nunca habíamos restaurado y colorizado metraje en blanco y negro. Pero cuando vi los resultados no pude más que sorprenderme. Fue una de esas instancias en mi vida en la cual la tecnología digital realmente me dejó estupefacto”. En el fondo, no hay nada en pantalla que no estuviera presente en la superficie analógica cien años atrás, confirmación de todo aquello que los defensores del fílmico como soporte de archivo ideal vienen sosteniendo desde la toma del poder por los soportes digitales. El escaneo en calidad 4K de los rollos de 35mm no hacen más que revelar todo aquello que la emulsión fotográfica logró registrar e imprimir a comienzos del siglo pasado.

En el corazón de las tinieblas

“El horrible hedor y los pedazos de cuerpos humanos esparcidos por allí se convirtieron en algo cotidiano. Uno pensaba ‘bueno, la próxima te tocará a ti. ¿Acaso importa?’” No hay prácticamente imágenes cinematográficas de la carnicería luego de una batalla, pero Jamás llegarán a viejos presenta una buena cantidad de fotografías no aptas para personas impresionables. Al calvario infernal de la vida en las trincheras, transformadas en lodazales laberínticos luego de una lluvia persistente, se le suman los ataques de gas, la proliferación de ratas y la persistente pestilencia de los cadáveres en estado de putrefacción. La descripción de un ciclo inevitable, el de los roedores alimentándose de los cuerpos enterrados y las enfermedades que todo ello traía aparejado, sumado a las imágenes de la destrucción del cuerpo humano, logran transmitir de manera muy potente las realidades de todo ese horror que, tanto ayer como hoy, las autoridades de los estados beligerantes siempre intentan ocultar. En la pista de audio, un soldado recuerda la enloquecedora insistencia de las explosiones, que alteraban los nervios de los soldados de forma similar a una tortura psicológica medieval. La obsesión de Peter Jackson por el realismo lo llevó a reproducir fielmente el sonido de los cañones, los disparos de escopeta y el choque de bayonetas, aunque es de esperar que los técnicos especialistas en efectos sonoros no hayan quemado realmente piojos en una fogata. Luego de la firma del tratado de paz, cuatro años más tarde de la primera escaramuza, el regreso a casa y la vuelta al blanco y negro y el formato 1.33, a tiempo para que los sobrevivientes puedan reencontrarse con sus familias. El viaje a la devastación, la muerte y el miedo ha acabado, pero lo problemas para los veteranos apenas comenzaban: desempleo, recelo, consecuencias psicológicas moderadas o graves. En el mundo, los corolarios de esa Gran Guerra, la más grande jamás vista hasta ese momento, anticipaban un futuro de esperanza y paz: nadie en su sano juicio esperaría que algo tan terrible volviera a ocurrir. Las realidades de la primera mitad del siglo XX, desde luego, serían muy distintas. La Segunda Guerra Mundial, una conflagración aún más grande y terrible, no sería la misma con sus batallas aéreas y luchas con armas de grueso calibre, amén de otros horrores inimaginables apenas dos décadas antes. La guerra “de caballeros”, con sus trincheras y tierras de nadie, esa guerra que Jamás llegarán a viejos describe de manera tan acertada y realista, estaba condenada a la extinción.

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