Estoy acá (Mangui Fi), de Juan Manuel Bramuglia y Esteban Tabacznik
Un documental hecho de contrastes y preguntas
Los realizadores supieron ver todo lo que hay detrás de la inmigración senegalesa en Argentina: ilusiones, esfuerzos, familias, riesgo, apuestas.
“La policía de Macri” (Mbayé dixit) trata a los vendedores ambulantes como si fueran narcos.“La policía de Macri” (Mbayé dixit) trata a los vendedores ambulantes como si fueran narcos.“La policía de Macri” (Mbayé dixit) trata a los vendedores ambulantes como si fueran narcos.“La policía de Macri” (Mbayé dixit) trata a los vendedores ambulantes como si fueran narcos.“La policía de Macri” (Mbayé dixit) trata a los vendedores ambulantes como si fueran narcos.
“La policía de Macri” (Mbayé dixit) trata a los vendedores ambulantes como si fueran narcos. 

 

Drama, emoción, sentido del humor, dilemas existenciales, sensación de cosa viva. Con Estoy acá (Mangui Fi) vuelve a la cartelera porteña el documental narrativo, y con ella regresa todo aquello que el cine de ficción ya no sabe producir y esta variante del documental ha hecho propio, como demostraron de un tiempo a esta parte Huellas (2012), El Impenetrable (2012), Los pibes (2015) y Tiburcio (2018), para nombrar sólo algunas. Los realizadores debutantes Juan Manuel Bramuglia y Esteban Tabacznik supieron ver lo que desde hace unos años está ahí, delante de todos, y por lo visto hasta ahora ningún colega había advertido: hay en Argentina una considerable inmigración senegalesa (unos 2.500, según el último censo) y detrás de esa gente tiene que haber, necesariamente, pobreza, ilusiones, esfuerzos, familias, riesgo, apuestas. Historias para contar.

“¿Qué vas a hacer en Argentina, si no hay nada?”, chicanea un amigo a otro allá en Dakar, durante un viaje de vuelta para visitar a los suyos. “¿Vas a jugar al fútbol?” Cuando bajó del avión Mbaye Seck, 27 años, no sabía una palabra de castellano. Obviamente que ninguno de sus interlocutores entendía el wólof, dialecto tribal (el idioma senegalés oficial sigue siendo el francés), por lo cual no pudo conseguir que nadie le indicara dónde pasar la noche. La pasó en la terminal, y a la mañana encontró que su mochila ya no estaba. Negro, recién llegado, hablando un idioma incomprensible y sin sus pertenencias: linda manera de desembarcar en un país desconocido. “Acá todo el mundo anda sospechando que el otro no vaya a robarle”, se queja poco más tarde. “Allá nadie te roba”. Y después está “la policía de Macri” (Mbayé dixit), claro, tratando a los vendedores ambulantes como si fueran narcotraficantes.

Poco tiempo después, mientras aprendía el idioma y ubicado ya en una pensión, Mbaye conoció a un compatriota, Ababacar Sow, cuatro años menor. Le recomendó la pensión, le consiguió trabajo como vendedor ambulante de fantasías y se hicieron amigos. “No, gracias”, dice una chica sentada a una mesa en la vereda. “Uso sólo oro y plata”. “Esto es casi oro”, argumenta Mbayé, que piensa que “cinco años caminando es mucho tiempo” y entonces no sabe bien si volverse o ir a seguir probando suerte a Brasil. “Cómo te gusta la plata a vos, ¿eh?”, le reprocha Ababacar, que tuvo dos fortunas. Una es que su “tutor”, Marcos, le consiguió trabajo de oficina en la Defensoría del Pueblo de la Nación. La otra, que está de novio con una chica argentina, Florencia, con la que planean casarse. “Hasta el casamiento yo no voy a tener relaciones sexuales”, avisa Ababacar, que como la mayoría de sus compatriotas profesa fe musulmana. A todo esto, Ababacar dejó en su país una hija a la que vio una sola vez, y no reconoce su voz por teléfono.

Ganadora del premio DAC en la última edición del Festival de Mar del Plata, se podría considerar a Estoy acá una película de seguimiento, en tanto sigue a sus dos protagonistas no sólo en sus largas caminatas, mediante travellings de gran fluidez, sino en todo su devenir, acompañando incluso a Mbayé cuando regresa a Senegal. Juego de oposiciones: allá las casas son de adobe, en medio de la llanura, y está lleno de hermosos chicos traviesos, vestidos con colores vivos, que tiran trompadas a cámara. Acá son puros edificios, “la gente vive  encerrada” y para vender un dije hay que patear cuadras y cuadras. A Mbayé no le gusta nada: ni los edificios, ni la gente, ni nada. Ababacar es más indulgente. ¿Será por eso la suerte diversa de los dos, o será la suerte la que determina la visión? Estoy acá es un documental de contrastes, de preguntas. 

En una única escena no está en cuadro alguno de ambos protagonistas: la introductoria, en la que una voz en off de mujer, inidentificada, baja una línea dura y sabia: “Vamos a trabajar a Europa, y otros países, por la misma plata que ellos nos robaron”. La afirmación es rotunda y deja pensando. Sin embargo, el hecho de que no provenga de ningún personaje identificado le quita pertinencia dramática. Unico momento cuestionable de una película tan límpida, dinámica y abierta como sus personajes.

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