El mapa imposible VIII
Imagen: Andres Macera

Uno

En la esquina de Corrientes y Wheelwright había un videoclub que funcionaba las veinticuatro horas. Estaba ubicado en el vértice de una de esas esquinas triangulares que se forman por rigor topográfico producto del acorralamiento de la ciudad contra el Paraná. En este caso, porque fuerza a la calle Wheelwright a cerrarse hacia el centro hasta que se encima con Jujuy. Una esquina como una península inesperada en lo que, visto al pasar, parece una cuadra como cualquier otra, pero que de pronto comienza a torcerse hasta formar una escuadra. Por entonces había videoclubes, y estaba el paredón que velaba el río, y Julia Roberts hacía de hija en vez de hacer de madre y yo me enamoraba de ella un poco menos de lo que me enamoro todavía hoy. El tema es que había un videoclub, con sus películas de Hollywood y su sección de estrenos -y hasta el sector porno al fondo del local, detrás de una cortina que siempre permanecía entreabierta para mantener la tentación- que permanecía abierto toda la noche. En algún momento esta idea se volvió un absurdo. Tiempo después la idea de un videoclub también. Pero cuando todavía en esa esquina extraña y triangular había un videoclub que funcionaba las veinticuatro horas, uno podía caer en plena madrugada en busca de alguna película como quien sale en medio de la noche a buscar helado o cigarrillos. 

El asunto siempre me pareció una exageración. Uno no necesita ver una película en plena madrugada. A uno no lo asalta, de improviso y en medio de la noche, una urgencia audiovisual. Era socio del video y era joven. Tenía noches largas y días con pocas obligaciones. Pero estaba convencido de que nunca iba a ir a alquilar algo más allá de las diez o doce de la noche, como mucho.

La noche en que terminé de leer El Padrino, sin embargo -después de haber forzado la lectura hasta alrededor de las 2 AM porque no quería suspender el desenlace estando tan cerca-, me volví a vestir en medio de un impulso y salí rumbo al video para alquilar toda la trilogía junta, de la que por entonces sólo había visto fragmentos al paso en algún canal de cable. Volví, con los ojos todavía enrojecidos por la lectura sostenida, y puse el video con una expectativa excesiva, casi fanática. Creo que incluso tuve que rebobinar la cinta, lo que dilató por algunos instantes más esa experiencia maravillosa que supuso mirar la película de Coppola con la lectura todavía tan fresca, tan vigente.

Y aunque ahora que casi todo está al alcance de un par de clics el asunto parece de lo más mundano, sospecho que en mi mapa imposible esa esquina peninsular será siempre el rincón donde se satisfacen cierto tipo de deseos impulsivos menores. Una isla escondida en medio de la ciudad a la que uno puede acudir, en medio de una noche o de una aflicción, para encontrar eso que uno acaba de descubrir que le gustaría en forma imperiosa. 

Por eso, tal vez, trato de no volver todavía. Temo descubrir lo contrario y perder para siempre esa esperanza.

 

Dos

Y así como hay esquinas peninsulares a las que acudir hay, siempre habrá, rincones que conviene evitar. Zonas oscuras del mapa imposible, trazadas con pulso inseguro o en cuyos bordes asoman advertencias borrosas y calaveras dibujadas con tinta, que nos adviertan sobre ciertos peligros para los que conviene estar preparado. Lugares que tal vez debieran llevar o asumir el nombre que los defina para siempre, que hable por ellos y los preanuncie: La Plaza del Olvido, el Café del Desencuentro, el Monumento al Malentendido, la Cortada de la Traición, la Esquina del Desencanto. Aunque en el fondo uno sepa que no hay mapa en el mundo que nos ponga a salvo. Porque si bien a veces, como los antiguos navegantes que sólo se atrevían a explorar ciertas costas traicioneras con las cartas de navegación que advertían los peligros de los arrecifes, podemos guiarnos con las marcas propias o ajenas que señalan los riesgos del camino, sabemos bien que otras veces no queda sino aventurarse casi a ciegas, voleando el escandallo para sondar en poco fondo pero sin arriar las velas, aún a riesgo de encallar en cualquier momento.

 

Tres

El Parque España, por ejemplo. Tiene -precisa tener- su propia cartografía: un mapa detallado de rincones para plantar banderas por acá y dibujar calaveritas de advertencia por allá. Iconografías que señalen los riesgos del camino, las zonas de pantano, las arenas movedizas, las barrancas peligrosas. En mi mapa imposible hay una de esas advertencias cifradas y misteriosas, identificada con el dibujito de una reja colonial. Una señal que advierte la presencia de un accidente topográfico que modifica el terreno y puede configurar una amenaza. Que advierte que, sentados ahí, de cara al río, las tardes siempre serán ventosas y grises y ellas serán protocolares y distantes. Siendo exagerados se puede llamar algo así como La Falla Reina de España, El Abismo de la Reja, El Acantilado Colacrai.  O directamente La Barranca de la Desilusión. "El lugar le traía buenos recuerdos y eso ayudaba", dice cierto cuento. "Delante de él, por ejemplo, donde ahora había un pequeño tapial, hacía muchos años, había una reja inmensa que siempre le había llamado la atención. Era una reja de hierro, alta y gruesa, de esas que protegen las ventanas de las casas coloniales. Pero detrás de ésta no había nada; sólo la barranca (que ahora ya no existía) y el río. ¿Para qué habría estado esa reja? ¿Eso también podría ser un augurio? ¿De qué?" A su autor le gusta contar que recuerda esa reja, o esa huella de la antigua verja que es rememorada en la ficción. Y le gusta contar, de inmediato, la anécdota de García Lorca en Rosario, que asombrado al contemplar el Paraná y la verja que impedía acercarse hasta él dijo aquello de "¿Tenéis un río?"¿Por qué lo habéis encerrado?".

Pero la reja, en mi mapa imposible, es la representación iconográfica que señala ese accidente topográfico insalvable. Esa tarde gris y ventosa de su cuento, el derrumbe de ilusiones de Marcos, la imagen de ella alejándose con las manos en los bolsillos, cruzando la hilera de árboles de cara al viento. La imagen de ella cuando se pierde, despacio, por el mismo camino por el que él, muchos años atrás, había visto pasar a los reyes de España.

 

Cuatro

Porque si hay un mapa imposible de esta ciudad -acaso personal, acaso intransferible-, que sobrevive en secreto por debajo de la ciudad que vemos y habitamos cada día, está conformado por las múltiples memorias de todos los que formamos parte de ella y también por sus ficciones. Una cartografía sin tiempo donde se mezclan y se superponen, en un mismo plano, las ciudades que fueron y serán y también las que narramos alguna vez.

En este mar interminable de huellas posibles que constituye esta ciudad en transformación permanente, con sus múltiples memorias y ficciones, cada uno avanza trazando la cartografía que puede, de acuerdo a lo que le toca en suerte. Ya sabrá o tendrá que descubrir, cada quién, en qué rincones del mapa se ubican sus áreas de esperanza y sus zonas de derrumbe.

 

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