Sirena de río
Imagen: Andres Macera

Muy poca gente lo sabe, casi nadie se podría decir. Posiblemente yo tampoco lo sepa, pero alguien lo tiene que escribir. Hay quienes sostienen que las cosas pasan en el momento justo, otros hablan del destino, muchos repiten que hay que ver para creer, mientras no son pocos los que dicen que es exactamente al revés. En realidad, lo que importa es qué cosa hacemos con lo que nos pasa. Mi amigo tenía 13 años cuando el grupo de amigos de su padre lo inició en la ceremonia de caza y pesca. Después de todo un día de isla repitiendo ritos, aprovechó la noche para aislarse del grupo. Arrojó al agua una línea mal armada con requechos encontrados en el galpón de su casa. Se alegró cuando observó que la boya iluminada con luz de luna se sumergió con violencia, recogió con celeridad, era su debut como pescador, pensó en algo grande, pesado, estuvo a punto de pedir ayuda, por alguna razón no lo hizo, el encuentro con lo extraordinario no admite terceros en escena. Fue un segundo eterno, una descarga de vida, un cometa de agua. La sirena de río salió a la superficie a escasos metros de la tierra firme, lo miró a los ojos, movió levemente los labios sin emitir sonido, se soltó suavemente del hilo tanza y se hundió nuevamente dejando ver apenas su cola de dorado. No recuerda cuanto tiempo quedó petrificado. Los gritos desesperados de su padrino en la búsqueda lo devolvieron a la realidad. No dijo ni una palabra sobre lo sucedido. No se fiaba de aquellos adultos capaces de encerrar criaturas con alas en jaulas de alambre para después venderlos, usarlos de llamadores o aparearlos en cautiverio con otras razas generando híbrida descendencia. ¿Qué hubieran hecho con una sirena? ¿La habrían comido, vendido, encerrado? Cualquier opción, menos dejarla en libertad seguramente. No pudo dormir aquella noche. Se escapó del campamento con un atado de cigarrillos ajeno. Volvió al lugar del hecho. Esperó el amanecer mirando el agua, sentado entre maderas, rodeado de flores caídas, la llama del tabaco y la cruz de los barcos. La necesidad de contarlo lo quemaba por dentro, eligió hacerlo entre sus pares. Los partidos en la vereda ancha sólo terminaban cuando las primeras sombras de la noche dificultaban demasiado la visibilidad de la Pulpo. El tercer tiempo se llevaba a cabo bajo la luz de la esquina. Su confesión produjo más burlas de las esperadas. Toledo colocó sus manos a modo de bocina frente a su boca, imitando la sirena de los bomberos. Pascual Di Turzzi parecía convulsionar en el piso imitando un surubí recién sacado del río. Aprendió en aquella ocasión que había algo que lo hacía distinto al resto y que era mejor no hablarlo. Durante su adolescencia, su silencio diurno gritaba por las noches en calientes sueños. Volvía a verla con distintos rostros, en ocasiones con aros de gitana, en otras con la boca pintada de rojo, su largo cabello ondulante como olas de remanso nunca mutaba.  Despertaba de aquellos sueños embriagado en aromas de Guadalupe. Solía cruzarse en el baño de la Terminal, en tiempos en los que ejercía un trabajo odioso, con un linyera quien entre otras cosas recitaba versos de la Odisea con voz de locutor. Era una forma de pagar el servicio, ya que no usaba dinero desde hacía un lustro según sus propios dichos. Los silbidos e insultos que recibía por una parte de la concurrencia sanitaria los sabía tapar con una carcajada enloquecedora. Un día se animó a seguirlo. Esperó que se sentara para calmar su sed a la sombra de un pino muy cercano al monumento a Gardel. Se agachó con el fin de no mirarlo desde arriba y le habló como quien le habla a un Gurú hindú. " Señor, le quiero hacer una pregunta. ¿Para usted, existen las sirenas?". "Todo lo que está en los libros existe, pibe. Es la memoria de la humanidad. Aquello que estaba antes de todo, siempre seguirá estando, que muchos no lo puedan ver, no demuestra lo contrario", le contestó con naturalidad mientras doblaba ropa para después guardarla dentro de un bolso gastado. El elegido se sintió agradecido por el trato recibido y se animó a repreguntar: "¿Usted pudo verlas alguna vez?". "No tuve la suerte, pero conocí gente que sí lo hizo. Algunos se amasijaron, los otros se hicieron poetas, no tuvieron otra salida. Es la única forma de contar lo que pasa debajo del agua sin terminar encerrado en un manicomio o al menos sin ser maltratados por los mediocres, siempre envidiosos de aquellos que puedan ver un poco más lejos.   Por mi parte todavía no perdí las esperanzas, aunque, a decir verdad, mucho esfuerzo no hago para lograrlo, difícilmente se me aparezca entre estos vagones abandonados", después de esta reflexión en voz alta, volvió a ensayar su risa sarcástica. Aquella charla fue una bisagra, aprendió para qué estaba en la vida, creyó haberle encontrado un sentido a todo, se tranquilizó un poco. En sólo un punto no estaba de acuerdo con el croto sabio: había una tradición oral más allá de los textos, el mismo mensaje se transmitía también a base de cuentos, de canciones, en una forma más llana, más anónima y no menos profunda. Pudo leer al fin los labios de la nereida: "Escribí". 

No es fácil volver sin haberse ido, la revelación había sido como un viaje en el tiempo, era otro en el mismo sitio. Aceptó la misión de escribir para no olvidar que nos hemos olvidado de nosotros mismos, el mensaje primitivo debía desaguar en las almas de todos los que esperan un milagro, los que merecen un himno a la medianoche, en aquel que vende flores, esas chicas de las tiendas, los que arreglan los motores. Con el fin de hacerse invisible escribió y escribe desde el interior de un témpano de emociones, lleno de dudas, dueño de una sola certeza, morir componiendo.

Siempre fui un ermitaño de playa. Los amaneceres no se repiten, el Paraná nunca es el mismo. Sus distintos matices son sus estados de ánimo. Hablo seguido con él. Sólo me distraigo con los barcos de ultramar. Me gustaría caminar sus cubiertas, hablar con marineros conocedores de otras niñas azules de piel con gusto a sal. Los sigo con la mirada hasta que cruzan el puente. Después me concentro en la única cosa que pido, "sirena de río, hacé que te vea, antes de que me vaya, antes de que me muera".

victormaini[email protected]

 

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