EL MATADERO

Una mosca vuela, incesante, sobre el verso original, todavía crudo.

Como un sabor conocido, el hombre con boina se presenta.

Encantado de conocerla, dice, flameando en su llama.

Por encima de mi cabeza y por encima de la noche, el hombre de ojos oscuros como la miel oscura, sin nombre conocido, colma el bar con un fuego ínfimo, interior, y por lo mismo, sobrenatural. Un hombre revuelto con la cucharita del café.

 

El aire que respiramos se desplaza de rincón en rincón. Es un aire hecho desde la raíz, desde incontables pliegues. Un aire omnívoro, simple y constante. Un aire de carne y espíritu.

El hombre se origina y se ensaya en su propio centro, frente a mí. Está hecho desde la raíz hasta las puntas, pasando por infinitos pliegues.

Oh, oh, oh, el placer de los hombres,

ah, ah, ah, cómo se sienten vivos.

 

Encantado de conocerla vuelve a decir el hombre revuelto. No siempre se entiende o se quiere entender la metáfora bípeda de la cucharita de café. A río revuelto, ganancia del pescador. El hombre viene a mí, columpiándose en la ternura sedienta de no sé qué verso contranatural.

Eh, eh, oh, la metáfora bípeda de la cucharita de café.

Oh, oh, eh, no es necesario ser reales para existir.

 

Dos mesas más allá, una mujer suspira y sus bronquios noctámbulos se desplazan de rincón en rincón.

La conozco bien. Es la mujer de asuntos propios que se hierve en sus candorosos afanes. 

Todo su cuerpo está ultimado de faenas que se vuelven inocentes en su fatiga, y luego duerme brutalmente, sin importar para qué ni para quién.

Oh, oh, oh, ni para quién ni para qué,

oh oh oh, sólo para sí y porque sí.

oh, oh, oh, raza escrita, raza humana, raza cósmica.

 

Hechizada y sin alarma, en otra mesa del bar, otra mujer revuelta con la misma cucharita que la del hombre, piensa en la sed que no es de agua, en el perro que no es canino, en la asfixia que no es muerte.

A impulso propio el último error es más frecuente que el primero, digo, y el hombre asiente con un gesto definitivamente desnarrativo.

Oh, oh, oh,  la sola idea me llama a regocijo.

Ah, ah, ah, el perro que no es canino.

Más rápido de lo que pensamos, en otra mesa, los vecinos macrocefálicos intercambian chismes metafísicos en voz muy baja. Cada uno con su secreto anal, con su flor enloquecida, namasté.

Oh, ah, oh raza poética, raza humana, raza cósmica.

 

Mientras hablamos no dejo de mirar alrededor. En todas las mesas están bebiendo algo mis fantasmas. Pienso que puedo editar otro libro.

Ah, ah, ah, ¡libros!, ¡libros!, ¡libros!, ¡vendo libros calientes! Libros de poemas membrillos, libros de cuentos batatas, ¡libros, libros!

Oh, oh, oh, qué he venido a beber.

Ah, ah, ah, qué he venido a escribir.

Eh, eh, eh, el hombre empieza a declinar como un fenómeno irreversible.

 

Los fantasmas ponen en mi boca a Octavio Paz como si fuera Gregory Corso. Ponen en mi mano a Enrique Lihn como si fuera Miguel Hernández. Me hacen quedar mal con este hombre que me ha inventado de una manera tan exquisita que se siente encantado de conocerme.

Oh, oh, oh, qué manera de existir.

Ah, ah, ah, ese hombre inventado ha venido a inventarme.

Eh, eh, eh, todos estamos revueltos con la misma cucharita de café.

 

Tal vez sea el fin del mundo y por eso el hombre está cada vez más cerca de ser devorado por mi verso crudo. Tal vez por eso, mi madre bajo el manto de Olga Orozco se santigua. Tal vez por lo mismo, el mercado editorial hace la vista gorda. Ah, ah, ah, mi hermana se santigua bajo el manto de Sherezade. Oh, oh, oh, el mercado editorial, engorda. Engorda metáforas Hereford, metáforas Aberdeen Angus, metáforas Holando-Argentinas, metáforas criollas. Los matarifes del mercado editorial compran metáforas terneras, novelas vaquillonas. Los carniceros las faenan y luego salen ¡libros, libros! ¡Libros bromatológicamente testeados! ¡Libros de exportación! ¡Libros sin hueso!

 

Yo sé cuándo existo y cuando no existo. Sé también cuándo es momento de dejar de beber. No más vino revuelto con cucharita de café.

Le pido al hombre de miel oscura en los ojos que ya no me invente más porque corro el riesgo de perder el último hilo que me ata a la última coherencia desnarrativa de la última página del último diario.

 

Y con el último sorbo de la noche me entra la ley secreta, el placer pequeño, el placer humano, parecido a la acepción de una palabra que puede golpearse contra las paredes, contra las redes sociales, las redes marítimas, las redes literarias, y se convierte en arma viva mediante un sistema de ternuras y aberraciones.

Oh, oh, oh, el placer de la escritura.

Ah, ah, ha, cómo me siento viva.

Eh, eh, eh, escritura sin red, escritura sin vallas.

Ah, eh, oh, palabra humana, palabra subterránea, palabra overol, palabra federal, palabra non sancta, palabra por palabra.

cairo367@yahoo.com.ar

 

 

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