Panorama económico
Sin revancha

En el ranking de la crisis económica más importante desde la debacle de 2001-2002 hay dos sectores que en marzo cumplieron un año de caídas interanuales consecutivas: la administración pública, producto del fuerte ajuste fiscal, y el rubro transporte y comunicaciones. El compromiso asumido por el Gobierno ante el FMI de mayores recortes del gasto público hace prever que al menos el primero de esos bloques seguirá en caída hasta el final del mandato de Mauricio Macri. Sin embargo, la mayor incidencia en la contracción que presenta el nivel de actividad desde que estalló el precario esquema oficial de financiarse a mansalva en los mercados internacionales corresponde a los dos sectores que siguen en la pendiente: la industria manufacturera, con once meses ininterrumpidos en baja, y el comercio mayorista y minorista, con diez. También con diez meses seguidos en declive aparece el rubro de hoteles y restaurantes. Para completar el cuadro de la crisis, los datos oficiales del Indec a marzo -últimos disponibles- señalan que la construcción lleva ocho meses consecutivos con retrocesos interanuales, lo mismo que el sector de minas y canteras. Con seis meses figura la intermediación financiera, con cinco las actividades inmobiliarias y con cuatro la producción de electricidad y gas. Agricultura y ganadería, pesca, enseñanza y servicios sociales y de salud se mantienen en crecimiento y permiten disimular un poco el derrumbe de los números principales de la economía, que a esta altura ya encadenan cuatro trimestres consecutivos en recesión.

Cuando empezó la segunda crisis de Cambiemos –la primera se extendió entre abril de 2016 y febrero de 2017–, en mayo de 2018, la tasa de interés de referencia del Banco Central se ubicaba en 26 por ciento, en tanto que ayer finalizó en 70,90 por ciento. La imposibilidad de la autoridad monetaria de reducir los costos financieros antes del inicio de la campaña electoral comprime cada vez más las chances de dejar atrás las caídas de la actividad económica. Las tasas estratosféricas son un factor central para explicar la persistente recesión. Los datos de cámaras empresarias que anticipan los resultados de abril confirman que el clima negativo no ha cedido. Esa situación retroalimenta la desconfianza de los especuladores financieros, que en abril completaron un año de fugas netas de capitales del país, con la única excepción de febrero pasado. En abril, según informó esta semana el BCRA, fueron 1839 millones de dólares en términos brutos (20.656 millones en un año) y 138 millones netos (7668 millones en un año). Este indicador apunta a entregar en los últimos seis meses de gestión de Macri resultados peores, de mayor fuga de divisas, antes que a lograr una estabilización. Esa situación, a su vez, le da nuevas vueltas al círculo vicioso que ahoga a la economía, porque a más fuga de capitales la respuesta es aumentar la tasa de interés, y a más tasa la consecuencia es menor actividad.

El Banco Central precisó en su último informe sobre la evolución de los créditos bancarios que todos los rubros anotan caídas en términos reales en el último año, en tanto que algunos también registran disminuciones nominales. Es el caso del financiamiento con descuento de documentos, que pasó de un stock de 282 mil millones de pesos en abril de 2018 a 225 mil millones en la actualidad. Eso significa un duro apriete financiero sobre las empresas, en particular sobre las pymes, que son las que más solían echar mano a esta modalidad. Los créditos prendarios, por su parte, bajaron de 96 mil millones de pesos en abril del año pasado a 92 mil millones en este momento. La traducción de ese número es la caída de más del 50 por ciento en las ventas de vehículos cero kilómetro, cifra que en mayo amenaza con ubicarse más cerca del umbral del 60 por ciento. Los adelantos en cuenta corriente acumulan 141 mil millones de pesos, contra 151 mil millones de abril del 2018. Finalmente, los créditos personales crecieron de 390 mil millones a 423 mil millones el último año, un alza del 8,5 por ciento contra una inflación del 55,8 en el mismo período, y el financiamiento con tarjeta de crédito pasó de 302 mil millones a 364 mil millones, 20,5 por ciento más que el año pasado pero 30 puntos por debajo de la suba de precios. Además de la comparación interanual que exhibe semejantes derrumbes, es conveniente aclarar que la baja se ha ido produciendo mes tras mes de manera ininterrumpida, y esa situación no ha cambiado en lo que va de mayo.  

Sin crédito accesible para empresas y consumidores, otros motores que podrían activar la producción y el comercio también lucen apagados. Uno de ellos es la obra pública, con un aumento nominal en las partidas nacionales del 21,8 por ciento en el primer cuatrimestre, lo que implica una contracción en términos reales de 34 puntos. El Estado nacional tampoco ayuda al subir las prestaciones sociales 37,8 por ciento en el mismo período, otra vez lejos de la inflación del 55,8 en doce meses. La meta de déficit cero pactada con el Fondo Monetario obliga al Gobierno a ajustar el gasto en medio de la recesión, lo cual no hace más que agudizar el problema. Para colmo, Brasil no resultó la locomotora que iba a traccionar a la Argentina como preveía el ministro Nicolás Dujovne antes de la asunción de Jair Bolsonaro. Las exportaciones al país vecino retrocedieron 6,7 por ciento en abril y crecieron solo 7,8 por ciento contra el año pasado en el primer cuatrimestre. Las exportaciones en general, a todos los países, cayeron en el cuatrimestre un 1,2 por ciento, lo cual expone una vez más que las devaluaciones no son un trampolín directo para subir las ventas al exterior, por todos los perjuicios que traen emparentados. Finalmente, los datos de inversión dan cuenta de una caída del 21 por ciento en el primer trimestre, según el relevamiento de la Fundación Germán Abdala.

En resumen, las expectativas que tenía el Gobierno a principios de año de lograr una reactivación económica con la cosecha record, la estabilidad cambiaria que debía aportar el auxilio del FMI, las mayores exportaciones a Brasil y cierta recuperación del consumo por una caída de las tasas interés y baja de la inflación no se han concretado. Salvo por el aumento de la cosecha, que se dio en paralelo con una caída importante de los precios de los commodities que le restó significación, todos los demás componentes siguen tirando para abajo. Como se señaló más arriba, a eso se suma la persistencia de tasas de interés muy elevadas, con la consecuente disminución del crédito, y el ajuste del gasto público en prestaciones sociales y obras de infraestructura. Producción, inversión y consumo no levantan y hacia adelante lo único que puede disimular su aguda crisis es la comparación con números también muy malos del año pasado. Pero lo cierto es que el escenario que presenta la economía a cinco meses de las elecciones de octubre entrega pocos motivos para suponer una recuperación perceptible. La baja de la masa salarial por la caída del empleo, los salarios y las jubilaciones es otro factor clave que golpea las expectativas. El fracaso de Cambiemos con su modelo de desregulación financiera y cambiaria, apertura importadora, desincentivos para la producción industrial y dependencia de los capitales especulativos difícilmente pueda tener revancha en el tiempo que le queda hasta su final el 10 de diciembre.

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