Alexander Von Humboldt
Nuestro mundo vivo
Fue uno de los científicos más destacados de su tiempo: sus contemporáneos lo consideraban el hombre más famoso del mundo después de Napoleón. Sus viajes de exploración en el siglo XIX, especialmente por América, fueron aventuras impactantes que además describió en textos de gran belleza y extraordinarios grabados por encargo. Conoció y fue amigo de Goethe, Thomas Jefferson, Simón Bolívar. Pero Alexander Von Humboldt y su pensamiento innovador hoy han caído en el olvido de los académicos. La escritora Andrea Wulf se propone reparar este descuido con La invención de la naturaleza (Taurus), un libro de casi 600 páginas que es biografía, investigación y trabajo de amor hacia el naturalista que entendió a la Tierra como un gran organismo vivo y que fue el primer científico en hablar del cambio climático provocado por el ser humano.

Si podemos preguntarnos para qué sirve la naturaleza es porque podemos pensar que un día alguien la inventó. No hablamos de Dios sino de alguien que creó la concepción de ella que tenemos hoy. Esta persona es Alexander Von Humboldt, el naturalista alemán que a principios del siglo XIX recorrió el mundo con sus saberes a cuestas investigando la naturaleza y pensándola como una fuerza en la que todo se conectaba. Humboldt no fue un naturalista común, sino un hombre fuera de serie. Nació en 1769 en el seno de una familia aristocrática de Prusia, renunció a la comodidad del hogar y una vida asegurada para costearse sus viajes de exploración por el mundo, hasta el punto de que murió pobre.   

Durante gran parte de su extensa vida fue el centro del mundo científico. Descripto por sus contemporáneos como el hombre más famoso después de Napoleón, en cada lugar que llegaba despertaba un acontecimiento. Y a su vez, las ideas que extraía de cada una de sus indagaciones viajaban en cartas por el mundo entero, dejando una estela de influencia. Se calcula que escribió 50.000 cartas y recibió más del doble. Porque no solo vinculó temas científicos de diversa índole, sino también literarios, filosóficos, sociales y políticos. Humboldt es la viva imagen del hombre ilustrado, pero a la vez no fue insuflado únicamente por la luz de la razón, sino que se dejó poseer por los sentidos y sentimientos provocados de la naturaleza como raíces para el desarrollo de un pensamiento radicalmente innovador. De esto da cuenta la manera poética en que se expresó a lo largo de sus varios libros. 

A describir a este extraordinario personaje se dedicó Andrea Wulf, escritora de ascendencia alemana, nacida en la India que vive actualmente en el Reino Unido. Durante diez años se concentró en la abundante documentación sobre Humboldt, no solo lo que escribió, sino lo que de él escribieron personajes que van de Goethe a Henry David Thoreau y Thomas Jefferson. Wulf viajó por algunos de los lugares que Humboldt, exploró paisajes y también pensamientos, diarios y cartas que se gestaron a su alrededor. Humboldt fue sin dudas una de las mentes más avanzadas del siglo XIX, sin embargo su pensamiento, de la importancia de Darwin, hoy cayó en el olvido de los académicos. Sus libros juntan polvo en los anaqueles de las bibliotecas del mundo, dice Wulf y La invención de la naturaleza es su intento por modificar este estado de cosas.Volver a mostrar el brillo de esa imagen y las ideas que sin saber usamos y le pertenecieron. 

Un volumen igualmente avasallante, de 578 páginas, que incluye hermosos grabados y pinturas que Humboldt mismo encargó que ilustran momentos cumbres: su ascensión al volcán Chimborazo, la lucha entre anguilas eléctricas y caballos salvajes que él mismo desató en su investigación sobre la electricidad, diferentes paisajes que atravesó, retratos con los poetas alemanes célebres amigos suyos y más. Una biografía exhaustiva que lo sigue de cerca y trata de explicarse el motivo de ese relativo olvido, que también demuestra que los cambios en las concepciones del conocimiento no siempre son para mejor.

Dicen que viajando se fortalece el corazón

Nacido el mismo año que Napoleón Bonaparte, Humboldt se crió entre los algodones de una casa en Berlín y una finca en Tagel. Su padre había sido oficial del ejército y miembro de la corte, su madre hija de un rico fabricante. Él y su hermano Wilhelm recibieron la mejor educación, pero mientras que su hermano se sumergía en la mitología griega y latina, Alexander se escapaba al campo a juntar plantas, animales y rocas. De espíritu algo díscolo y aventurero, Humboldt no logró llevar adelante su visión hasta el fallecimiento de sus padres –su padre en la infancia, su madre ya en la juventud– cuando pudo manejar por propia decisión el rumbo de su vida. Mientras tanto estudió en universidades alemanas Administración, Economía Política, Ciencias, Matemáticas, Idiomas y Minería. Si bien él y su hermano formaban parte de los círculos intelectuales de Berlín, Alexander no quería ser un estudioso de gabinete, de biblioteca, buscaba entregarse al esfuerzo físico, a la experiencia vital. 

Después de muchos esfuerzos, logística y relaciones consiguió juntar los recursos para el último año del siglo XVIII aventurarse a América. Un viaje de meses lo llevó a la costa de Nueva Andalucía –hoy Venezuela– acompañado de su inseparable co-equiper francés Aime Bompland. Quedaron estupefactos: “Corríamos de un lado para otro como locos” escribe Wulf que escribió Humboldt. A lo que Bonpland agregaba: “Íbamos a enloquecer si no se acababan pronto las maravillas”. La autora sigue de cerca cada uno de los movimientos de los exploradores en una estancia de cinco años en el que Humboldt dejó de ser un joven curioso y con talento para convertirse en el científico más extraordinario de su tiempo. El viaje incluyó todo tipo de aventuras, peligros e incomodidades extremas, en las que fue recopilando ideas. De la selva con palmeras coronadas de flores rojas, cangrejos azules y amarillos, peces caleidoscópicos, humedad y mosquitos permanentes, hasta los magnéticos Llanos donde la sequedad llevaba la temperatura a 50 º, hasta llegar a los Andes y atravesarlos a lomo de mula. Uno de los momentos más importantes de ese período fue cuando ascendieron al volcán Chimborazo, considerado la montaña más alta del mundo, con 6400 metros de altura y hasta donde nadie había llegado nunca. 

La autora de esta monumental y detallada biografía hace hincapié en dos ideas fundamentales que el viajero acuñó en esta gran expedición: una fue su concepción de la naturaleza, la Tierra como un gran organismo vivo en el que todo estaba relacionado, una nueva visión que todavía hoy influye en nuestra forma de comprender los ecosistemas y el mundo natural. La naturaleza era para él una fuerza global con zonas climáticas correspondientes en todos lo continentes que a través  de sus viajes pudo vincular; de hecho inventó el concepto de isoterma. Encontraba conexiones en todas partes y a eso llamó la red de la vida. Nadie había pensado así las plantas, no dentro de categorías de una clasificación, o un mecanismo, sino como tipos en función de la situación y el clima. 

La otra fue su percepción de cómo esta red de relaciones era perturbada por la mano del hombre, fundamentalmente la mano interesada y mercantilista de los imperios coloniales. Humboldt pudo ver los desastres ocasionados por los monocultivos intensivos. Fue el primer científico que habló del cambio climático provocado por el ser humano. Él mismo escribió en los primeros meses de 1800: “Cuando los bosques se destruyen, como han hecho los cultivadores europeos en toda América, con una precipitación imprudente, los manantiales se secan por completo o se vuelven menos abundantes. Los lechos de los ríos, que permanecen secos durante parte del año, se convierten en torrentes cada vez que caen fuertes lluvias en las cumbres. La hierba y el musgo desaparecen de las laderas de las montañas con la maleza, y entonces el agua de lluvia ya no encuentra ningún obstáculo en su camino, (…) arrastra la tierra suelta y forma esas inundaciones repentinas que destruyen el país”. Parece del diario de ayer. 

Un largo regreso a casa

Parte de su preparación para ese viaje emblemático y para el que haría a Rusia casi al final de su vida, Humboldt fue su encuentro revelador con Johann Wolfgang von Goethe. Mientras visitaba a su hermano Wilhelm en Jena, un activo centro de estudio y literatura que se convertiría en la cuna del Idealismo y el Romanticismo alemán, se convirtió en interlocutor y compinche de nada menos que el poeta más grande Alemania. Durante ese viaje que duró algunos meses, se vieron diariamente forjando una amistad que duró toda su vida y sería sumamente poderosa para ambos, con un flujo de ideas en permanente retroalimentación y hasta investigaciones comunes.  Goethe contagió de poesía a Humboldt y Humboldt llenó de entusiasmo acerca de la ciencia a Goethe que anotaba en su diario cosas como: “Por a mañana corregí un poema, luego anatomía de las ranas”. Al partir de esa estancia juntos un énfasis creciente en la subjetividad transformó el pensamiento de Humboldt. Fue de un tipo de investigación puramente empírica hacia una interpretación personal de la naturaleza, una sumatoria de datos exactos con una respuesta emocional a lo que veía. Una de sus ideas más originales como hombre de ciencia, sino la más, es que más allá de utilizar instrumentos científicos, medir y analizar la naturaleza,  nuestra reacción ante el mundo natural también tenía que depender en gran parte de nuestras sensaciones y emociones. En un momento en que otros científicos buscaban leyes universales, Humboldt escribía eso, que la naturaleza había que experimentarla a través de los sentimientos. 

Humboldt en 1843, poco antes de publicar el primer volumen de Cosmos.

Y eso mismo aplicó en sus viajes por América, donde recorrió un total de diez mil kilómetros en cinco años y recopiló una enorme cantidad de datos sobre el clima, los recursos naturales, la orografía, la flora y la fauna casi por completo desconocidos del otro lado del océano. De Sudamérica viajó a Estados Unidos, donde fue huésped del presidente Thomas Jefferson, un aficionado de los estudios geográficos, en quien causó una honda impresión. Finalmente partieron de Filadelfia rumbo a su hogar y el 30 de junio de 1804 ya estaban en Francia. 

Andrea Wulf recopila, además de sus itinerarios, los encuentros con otras mentes brillantes y los efectos de ese cruce de ideas. Así como con Goethe y la subjetividad, fue con Jefferson y los ideales democráticos –aunque esclavistas– que se desplegaban en América del Norte. A la vuelta de ese viaje Humboldt conoció y frecuentó a Simón Bolívar en París, otro de los personajes fundamentales de la historia que de tuvo contacto. Bolívar –que cuando se topo con él era apenas un muchachito vehemente– solía decir que Humboldt era “el descubridor científico del Nuevo Mundo, cuyo estudio ha dado a América algo mejor que todos los conquistadores juntos” y luego, cuando retornó a su patria para liberarla de las cadenas coloniales, utilizaba para expresarse imágenes extraídas del mundo natural, también en opinión de la biógrafa, influidas por Humboldt. La naturaleza, la política y la sociedad formaban un triángulo de conexiones. Una cosa influía a la otra. 

Al este y al oeste  llueve y lloverá

Del nacimiento de las ideas, Wulf va a la recopilación y luego a su ordenación en la vuelta a Europa. Y de ahí a la influencia que esas ideas tuvieron en otros. Hay que decir  que la manera en que escribió y editó Humboldt también es importante. Si bien la cronología de las publicaciones es confusa hasta hoy –ni siquiera él mismo sabía con exactitud qué se publicaba, cuando y en qué idioma– algunos de los títulos claves son Ensayo sobre la geografía de las plantas de aproximadamente 1807 que fue el primer volumen que completó a su regreso de Latinoamérica, dedicado a Goethe e ilustrado con un demencial dibujo desplegable de 90 por 60 centímetros llamado “el Naturgemälde”, una montaña que sintetizaba gráficamente todas plantas situadas por altitud y toda la información existente sobre ellas; Cuadros de la naturaleza, que era el libro favorito de su autor con una combinación de datos científicos y descripciones poéticas; Personal Narrative del que Darwin dijo que fue su compañero inseparable en su viaje en el Beagle; y finalmente Cosmos al que Humboldt le dedicó todas sus energías durante dos décadas. Fue “el libro de la naturaleza” de Humboldt, la culminación del trabajo de su vida, editado originalmente en cinco volúmenes. 

Por eso una de las marcas más fuertes se dio en el modo que su abordaje del mundo natural fue tomado por escritores fundamentales de habla inglesa. Sus contemporáneos William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge incorporaron su concepto de naturaleza a sus poemas. Un poco después, el más amado autor de textos naturales de Estados Unidos, Henry David Thoreau encontró en él la respuesta a cómo ser poeta y naturalista. No existiría Walden tal como lo conocemos, si su autor no hubiera leído antes Cosmos. Después de leerlo anotó en su diario: “Los datos recogidos por un poeta se asientan por fin como semillas aladas de la verdad”. 

Por eso es que vale preguntarse hoy ¿Qué fue de esas semillas? Wulf concluye diciendo que Humboldt fue de los últimos polímatas y falleció en la época en que las disciplinas científicas estaban separándose y especializándose, por lo que sus métodos interdisciplianrios quedaron en desuso. Pero ahora que los científicos están tratando de entender y redecir el cambio climático, su enfoque vuelve a tomar vigor y convertirse en más relevante que nunca. Los ambientalistas, ecologistas y escritores de la naturaleza tienen sus raíces firmemente plantadas en la visión de este naturalista del siglo XIX. Aunque muchos no conozcan su nombre ni sepan todo lo que mana de ahí.

El Naturgermälde de 90 x 60cm que Humboldt incluyó en su Ensayo sobre la geografía de las plantas dedicado a Goethe.