Las cámaras se autorretratan

¿Qué sucedería si, hasta la coronilla del narcisismo de los humanos y la inagotable selfiemanía, las cámaras demandasen estar en el spotlight y optasen por apuntarse a sí mismas? ¿Cuántas sonrisas practicadas, guiños teatrales, besos organizados pueden tolerar antes de rebelarse y pasar de las personas? Tan alunada premisa tiene su respuesta en Camera selfies, proyecto del artista visual alemán Jürgen Novotny, un  romántico a todas las luces. Finalmente, no son las seriadas cámaras actuales las que piden pista en su colección: son bellos y peculiares modelos de décadas pasadas, preciosos adminículos analógicos, los que se “autorretratan” con más encanto y ocurrencia que cualquier persona poniendo morrito previo al click digital. Porque en Camera selfies ningún elemento de la composición está librado al azar: Novotny propone cual fondo para cada imagen un papel tapiz brillante y colorido, contemporáneo a la época en la que tal o cual cámara estuvo en boga. “Nosotros, el espectador, estamos fuera del cuadro y, en cambio, servimos como el espejo (invisible) de los sujetos”, propone el artista germano, que busca recuperar el aprecio por “esos milagros mecánicos que parecen estar desapareciendo sin más”. Con selfies, dicho está, ¡libres de filtros!, que sirven al fotógrafo para “recordarnos los orígenes de la fotografía y que la fotografía expresiva es mucho más que un detector de sonrisa y otros detalles técnicos más”. “El destino de estas máquinas, tristemente relegadas para abrir paso al equipo digital, me recuerda al de los juguetes de Toy Story: todavía son completamente funcionales pero ya no son necesarias, lo cual me cabrea, para qué lo voy a negar”, se encoleriza el hombre, cuya creciente colección incluye íntimos close-ups de una Polaroid Land Camera 1000 de los años 70, una compacta Beirette SL 100N rosa de la década del 80, una Argoflex 75 de los 50s, entre decenas de adminículos más. 

 


La persistencia del caos

 

“The persistence of chaos es una de las piezas de arte más peligrosas del mundo”, advierte Guo O Dong, su creador. Para el incauto, no parece nada especial: apenas una vieja laptop, modelo 2008, de marca conocida; del tipo que puede conseguirse por unos pocos dólares en tiendas virtuales de segunda mano. Empero, intervenida por el susodicho, la obra es efectivamente, potencialmente demoledora por simple motivo: lleva en su interior seis de los virus informáticos más infamemente célebres de las últimas décadas (más precisamente, ILOVEYOU, MyDoom, SoBig, WannaCry, DarkTequila y BlackEnergy), que en conjunto generaron destrozos y pérdidas por más de 95 billones de dólares. Guo los eligió precisamente por esa razón, con la expresa intención de generar “un bestiario, un catálogo de amenazas históricas”. “Tenemos la fantasía de que las cosas que suceden en las computadoras no pueden tocarnos, pero eso es absurdo: los malware que afectan las redes eléctricas o la infraestructura pública pueden causar daños directos”, sentencia este artista chino, que quiso dar forma material a los peligros abstractos que plantea el mundillo digital. Ergo The persistence, destructiva pieza (inocua siempre y cuando no se conecte a wifi o se le inserte un usb) que fue exhibida online durante varios días, las 24 horas, desde alguna locación no precisada de Nueva York. Sucinta cuarentena para la perniciosa obra, que –como parte de la performance– fue subastada al mejor postor. Uno que acabó desembolsando 1 millón 345 mil dólares por el curioso adminículo. ¿Qué hará Guo con los fajos de billete reunidos? Invertirlos en venidero proyecto o prenderlos fuego, no está seguro aún qué considera mejor. 

 


La ciudad de las escaleras gatunas

Mientras vivía en su Alemania natal, la diseñadora gráfica y escritora Brigitte Schuster había visto unas pocas escaleras para gatos, dispuestas ellas sobre fachadas de casas y apartamentos amén de facilitar que los animalillos anduviesen a sus anchas sin necesidad de que sus humanos les abriesen la puerta para salir a pasear. Pero solo cuando, seis años atrás, se mudó a Berna, la mujer notó cuán populares eran las mentadas estructuras en la capital suiza; algunas, evidentemente precarias, improvisadas; otras, de diseño, que complementaban la arquitectura de la vivienda en cuestión. Tanto así que decidió documentar con cientos de fotografías algunas de las tantísimas escaleras con las que comenzó a toparse por doquier en su nueva ciudad por adopción. Escaleras tan eclécticas como encantadoras; en muchos casos, simples y económicas: apenas una tabla de madera que se tambaleaba entre balcones o que, dispuesta en forma diagonal, hace de puente entre el alféizar y una rama de árbol cercana. O bien, prácticos peldaños dispuestos en un tubo de desagüe vertical. O modelos que, a modo de andamios de metal, zigzaguean en distintas direcciones para que el elegante felino pueda descender (y ascender) con suficiente tranquilidad los muchos pisos que lo alejan del suelo (y claro, de la aventura). Incluso llegó a observar al gato suertudo con propia escalera caracol y una plataforma superior para que disfrutara las vistas como gustan los micifuces: desde arriba, en altura. A todas las imágenes las reunió en Swiss cat ladders, serie que pronto editará en alemán e inglés como monono fotolibro, sumando textos que aportan perspectivas (sociológicas, arquitectónicas, estéticas) a tan llamativa costumbre en Berna. “Los gatos son la mascota doméstica más común en Suiza; también en Alemania, Austria y los Países Bajos: países donde las escaleras para gatos son elementos básicos de entornos urbanos y suburbanos”, ofrece la muchacha, aunque raudamente aclara que “un país que ama a los gatos no necesariamente dispone escaleras para que puedan subir y bajar”. “No hay escaleras para gatos en los Estados Unidos, donde muchos estados tienen las llamadas leyes de correa que prohíben que los animales anden libremente. Rusia, que ocupa el lugar más alto en Europa, tanto en la propiedad de gatos como en la población de gatos domésticos, no tiene escaleras para gatos. En Estambul, cientos de miles de gatos callejeros (algunos salvajes, otros mimosos, todos sin dueños) deambulan y escalan la ciudad sin la ayuda de escaleras diseñadas específicamente para ellos”, explica Schuster. En el caso suizo, empero, las escaleras se multiplican, atentos los vecinos de disponer de estas “estructuras planificadas, diseñadas y construidas que han acabado siendo parte de la arquitectura de la ciudad”, y que velan, de más está decirlo, por la seguridad física y el bienestar mental del animal. Y de las que, según la autora y fotógrafa, tanto el humano como el micifuz se benefician, conviviendo como seres independientes que no tienen obstáculos para moverse de aquí a allá. ¿Son realmente necesarias?, se pregunta la muchacha, consciente de las habilidades acrobáticas de los felinos. Pues, no está del todo segura, lo que sí cree es que “indican la voluntad de albergar a los gatos adecuadamente, de respetar las necesidades naturales del animal”. 

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