El filtro de Snapchat que te cambia el género
Cómo sería yo de no ser yo
Hace algunas semanas las redes sociales se inundaron con imágenes de usuarios jugando a un cambio de género virtual: un filtro de la aplicación Snapchat permite la ilusión de una suerte de transformismo en tiempo real. ¿Qué es lo gracioso de verse con otro género y por qué aparece la compulsión de compartirlo en redes?
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Tal como ya es moneda corriente en tiempos de “challenges” o “trends”, las fotos y clips de filtros de cambio de género tomaron por asalto todas las redes sociales. Desde estrellas pop globales como Miley Cyrus hasta un recién llegado a las redes lo probaron. Es una creación de Snapchat, una red social que prometía ser la gran revolución hace cuatro años pero que por una serie de malas decisiones terminó renunciando a la masividad para ser disfrutada sólo por los centennials. Sin embargo, ni bien se corrió la voz de estos filtros –que, tal como los de Instagram, permite transformaciones en tiempo real como máscaras de perritos o gatitos, por ejemplo– muchos volvieron a descargarse Snapchat o abrirlo por primera vez en meses para usar el filtro, sacarse una fotografía con el género cambiado y compartirla en redes sociales más populares, como Twitter, Instagram o Facebook. Y si bien a muchos les encantaba compartir su imagen travestida y jugar al “¿me dan o no me dan?”, otros señalaron los conflictos de tomar con humor una vivencia profunda y decisiva.

MEMES Y TRANSFOBIA

   “Este filtro es, básicamente, una transición instantánea y la manera cómica en la que veo que las personas que sigo en Twitter lo usan… simplemente no está bien. Los que están en redes no me acompañan a cada cita que tengo con la dermatóloga que me quita el vello con un proceso doloroso, no entienden lo que es levantarse tres veces cada noche para hacer pis porque el Spironolactone es diurético, no se clavan dos veces al mes una jeringa de estrógeno ni me han escuchado horas y horas hablar sobre los dilemas de someterme a una cirugía femenizante en el rostro”, escribió en el portal OUT la periodista trans Rose Dommu, iniciando un debate que despertó revuelvo en varios ámbitos. No hay dudas de que una parte de la comunidad trans sintió como un insulto el uso liviano y lúdico de un proceso delicado y personal como la transición, tal como tuiteó Dommu: “No quiero que un desarrollador de software decrete en la pantalla de mi teléfono cómo sería mi versión femenina y mucho menos quiero que se vuelva un meme de Twitter la violencia que las personas trans vivimos cada día y que sabemos que es muy real”. Y es que con estos filtros Snapchat no sólo divirtió a los cis, sino que despertó sentimientos encontrados en otras comunidades. La escritora trans Bailey Coffman se explayó en su blog con duras palabras: “Mi género no es un disfraz. Perdí a mi novio, a mi familia y hasta mi trabajo en la lucha por sentirme bien con el cuerpo con el que me toca vivir pero cuando veo en mi muro de Facebook a las personas interactuar con esos filtros siento el mismo dolor que sentía cuando en mi infancia llegaba Halloween y querían que me vistiera de vaquero pero yo le rezaba a Dios para que no me hiciera crecer los bigotes”. 

JUGANDO A SER

Para muchos esta vivencia no es suficiente para rechazar en conjunto cualquier instancia de cambio de roles. Los juegos y prácticas de cambio de género siempre han tenido un lugar incómodo en la cultura trans y no hay una única manera de ver su relación con la representatividad y el entendimiento. Desde los bailes de disfraces hasta los corsos en febrero, pasando por las “fiestas del mariposón” en los viajes de egresados de los 90, en estos espacios las identidades cis encontraban el permiso para jugar. Para algunos pueden ser ocasiones para abrir un diálogo pero, para otros, esperar esto es ser demasiado ingenuo: muy pocas veces son una instancia de reflexión sobre la identidad. 

   Existen, sin embargo, los que vieron a los filtros como una herramienta de empoderamiento. “Alguien cercano se me acercó y me confesó que encontró liberador jugar con la app, porque le sirvió para entender que necesitaba hacer una transición. Estos filtros permiten verse a sí mismo de una manera que de otro modo era imposible”, contó la artista trans Cat Graffam en Instagram. En diálogo con la revista Time, adulceró un poco su entusiasmo al reconocer que cuando usó el filtro para verse como un hombre se sintió incómoda porque pasó los últimos cinco años trabajando en la feminización de su apariencia. “Para alguien cis, esto es un juego que cuando te aburre borrás la foto, para otros el cambio de género es una parte fundamental de quienes somos”.

   Natalie Wynn –una youtuber trans de fuerte gravitación en la web, que tiene un influyente canal en el que discute acerca de discurso de odio, TERFs y capitalismo– se tomó con más liviandad el asunto: “En lo personal no me molesta la app, creo que en la metamorfosis existe una belleza y una felicidad intrínseca, es por eso que se volvió tan atractivo”.

   No todos comparten este entusiasmo. Coffman, la escritora cuyo texto sobre los filtros y los recuerdos traumáticos de Halloween se hizo viral, menciona los mismos argumentos de Graffam y Wynn pero para sacar conclusiones totalmente opuestas: “Como mujer trans, mi experiencia con los filtros es muy diferente a la de una persona cis. Vi a muchos compañeros trans festejar con euforia que finalmente podían tomarse la foto del hombre o la mujer que sienten que son. Pero también están aquellos que terminaron quebrados al descubrir lo que les falta recorrer para ser aquellos que desesperadamente quieren ser”. El punto, que sin dudas merece un análisis más detenido, es cómo se construyen esas imágenes. La respuesta parece ser que es a partir de estereotipos.

FILTROS Y ESTEREOTIPOS

   Si bien el detalle de cómo fue el proceso de creación de estos filtros no es público, ya que Snapchat no brindó información sobre cómo fueron realizado, al dar un vistazo a las miles y miles de fotos que se fueron publicaron queda claro que “la transformación” se basó en buscar representaciones unidimensionales y de trazo grueso, en donde se potenciaron los rasgos más groseros de la masculinidad y la feminidad incluso más allá del rostro: es revelador comprobar que cuando se usa el filtro femenino cambia la luz y todo se vuelve más difuso, borrando arrugas y sumergiéndo a la persona en una suerte de atmósfera supuestamente romántica.

   “Los hombres tienen que tener la sombra de una barba y la quijada de James Bond. Las mujeres tienen que estar maquilladas angelicamente, con los ojos gigantes y aniñados como el boceto rechazado de un animé”, escribió Coffman. La escritora, sin embargo, reconoció que si bien sintió que no quería verse como una mujer, porque “instantáneamente borraría los años de progreso que vengo haciendo”, sí lo usó para verse como hombre, para sentir el alivio de lo que ya no es y jamás será. Tal parece que es muy difícil resistirse a jugar, incluso cuando uno está en contra.

   ¿Podemos dejar el manejo de la identidad en manos de una compañía de software? El debate se inició el año pasado cuando Snapchat lanzó un filtro en memoria de Bob Marley que pintaba el rostro de negro y hacía crecer dreadlocks. La comunidad afrodescendiente logró que se bajara y hubiese un pedido de disculpas. En este caso, los reclamos trans sólo lograron un comunicado en donde la compañía aseguró que “entendemos que la identidad es algo profundamente personal. Nuestro equipo de filtros está explorando las posibilidades de esta tecnología para lograr que sea lo más diversa e inclusiva, proveyendo el mayor espectro posible de efectos”. 

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