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Por M. Fernández López
La platita, la platita
El uso de dinero como medio para que los bienes pasen de productores a consumidores es tan viejo como la escritura: aparece en el código Hammurabi, en la Biblia, en los escritos de los filósofos griegos, etc. El uso de dinero como retribución del trabajo es tan viejo como los mercados. En los mercados las cosas se venden por dinero, y como la enorme mayoría de consumidores son trabajadores, el trabajo necesita pagarse en dinero. Con él, el asalariado decide libremente qué comprar y cuándo. El salario que se cobra un solo día, el 31, debe repartirse en treinta gotas cada día del mes siguiente. El salario aún no gastado constituye demanda de dinero. Además de los gastos normales, otros requerimientos exigen mantener sumas de dinero inmovilizadas. En el mes llegan facturas de servicios: luz, gas, teléfono, agua, impuestos municipales. Las boletas suelen anunciar el próximo vencimiento, pero uno nunca lo anota. Y no sabe de qué monto será la próxima vez. Lo único que sabe es: éste es mes par, llega la boleta de la luz. Y necesita reservar algo de plata, más o menos el monto de las boletas anteriores. Y no la puede tocar, porque no pagar puede representar, primero, pagar segundo vencimiento con recargo, y después, un eventual corte de luz con el coste de restablecer el servicio. Cuanta más incertidumbre, mayor es la demanda de dinero, por simple precaución. Ya no se trata de tener algo de plata por si ocurre lo que uno no desea que ocurra -como enfermarse- pero que no está libre de que ocurra. Antes, en una situación imprevista se tenía el recurso de los amigos. Ahora, los conocidos están sin empleo o ganan poco. Y los amigos... ¿qué era eso? Han aparecido nuevas causas que inmovilizan dinero e impiden su circulación: Nene, no salgas sin llevar veinte pesos en el bolsillo, pero no los gastes; si te asaltan en la vereda, entregalos en seguida, porque si no llevás nada te matan. Señora: cuide su cartera y no la olvide en el auto. Para engañar a los ladrones, deje una cartera en desuso y evitará que le corten el tapizado o le dañen el tablero. Pero claro, si llena la cartera con bollos de papel de diario, provocará lo que busca evitar; por lo tanto, debe dejar algo de plata en la cartera muletto. La crisis es un círculo vicioso: la incertidumbre, la inseguridad, incrementan la demanda precautoria de dinero, lo inmovilizan en lugar de ser gastado, lo que contribuye a la crisis.
Tiempos posmodernos
Supongo que todos vimos la película Tiempos modernos, en la que Chaplin era un trabajador industrial de una línea de montaje, cuya única labor en toda una jornada era un solo movimiento de ajustar tuercas. La película era de 1936, y la línea de montaje a la que el filme satiriza fue aplicada en 1913/14 por Henry Ford, y significaba una única operación por cada trabajador, repetida una y millones de veces, con graves consecuencias psíquicas y morales para el trabajador, que aun cuando duerme sigue trabajando y cuando trabaja pierde su dignidad, como esclavo de la línea de montaje y por tanto de la empresa que lo emplea. Es claro que para ejecutar tales tareas el tiempo de aprendizaje es mínimo, comparable al que necesitaban los esclavos para mover las piedras con que construyeron las pirámides en Egipto. El renombrado psicoanalista y filósofo estadounidense Erich Fromm, en The sane society (1955), notaba con alarma la notable disminución del tiempo necesario para formar a la mano de obra, reducción no atribuible a mayor eficacia del proceso educativo, sino a la simplificación de las tareas. Para aprender tales tareas no hacen falta universidad, ni secundaria ni primaria. En rigor, no hace falta educación alguna. Esta es la tendencia a largo plazo en el país con mayor desarrollo económico y tecnológico del planeta. Un síntoma es la aparición de la discapacitación (de-skilling) como capítulo de la ciencia económica. En nuestro país, dos procesos dejaron sin campo de aplicación de sus habilidades a trabajadores especializados: la privatización de empresas estatales (Somisa, YPF, SEGBA, Entel) que empleaban a técnicos calificados, y por otro lado la apertura salvaje que llevó a una competencia desigual a la industria argentina, al retroceso industrial y la primarización y tercerización productivas. Quienes perdieron su trabajo especializado no lo recuperaron y para vivir pasaron de industria a servicios, o a menor calificación. Quien cumplía un proceso productivo, ahora maneja un taxi. El gobierno consolidó la tendencia, al dar empleos chatarra y autorizar contratos laborales de cortísima duración. Tienen más éxito en obtener empleo trabajadores de mediana calificación, luego no calificados y por último los calificados, lo que sitúa en el mundo de las fábulas la explicación del masivo desempleo por la falta de capacitación laboral.
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