La trama de la vida
Dolor y gloria, el último experimento cinematográfico de Almodóvar, hace del dolor un ámbito de preguntas para que la existencia siga teniendo algún sentido. El amor a la madre, la ternura entre hombres y el padecimiento físico en el centro de un guión lleno de belleza y autobiografía.

Leí por ahí que la primera media hora de Dolor y Gloria, la nueva de Almodóvar, es la más aburrida. Sí. Algo de eso hay. Después de una escena atractiva de lavanderas en el río y música, Dolor y gloria se abre con un hombre metido dentro de una pileta, en rehabilitación, y a los pocos minutos unos gráficos enumeran la serie de dolencias físicas que lo aquejan. Salvador Mallo, que funciona como alter ego de Almodóvar, es un director de cine que está inactivo porque una cirugía de columna reciente, sumada al duelo por la muerte de su madre, le impiden rodar. A Almodóvar le interesa particularmente construir al detalle esa vida que de pronto se ordena alrededor de la dificultad: a Salvador (un Antonio Banderas maduro y preciso) se lo ve calzándose unos mocasines sin agacharse porque una artrodesis lumbar se lo impide, entrando a un taxi con un movimiento pausado, incómodo, o tomando un cóctel diario de pastillas. Se trata de una vida aburrida, improductiva, en la que el cuerpo pasa a primer plano y ocupa demasiado espacio. Pero Almodóvar elige encarar su película sobre el dolor desde un lugar que se enuncia claramente un rato después, cuando se dice que el mejor actor no es el que sabe llorar sino el que sabe contener las lágrimas. Hay algo del desborde, de derramar el dolor en un llanto, que no le interesa a Almodóvar en esta película. Algo cambió, quizás porque se trata de un director que llegó a los setenta años, y el dramatismo más exasperado de películas anteriores (no así de Julieta, que se parece a Dolor y gloria en este punto, si bien todavía estaba el primer plano de rostro femenino por el que rueda una lágrima) dio lugar a un trabajo mesurado con los grandes dolores, tanto físicos como emocionales, que atraviesan una vida. 

A partir del reencuentro con el actor que fue protagonista de su primera película, se hacen presentes en la vida de Salvador los amores pasados, desde su madre hasta el hombre que más quiso, y también la posibilidad de encontrar alivio en la heroína. La pregunta que se le presenta al protagonista es qué hacer con el dolor, o los dolores, y sobre todo cómo hacer para seguir creando, para que el dolor no lo ocupe todo y haga que la vida pierda sentido. Pero ninguna de las vías posibles que explora la película parece ideal; hay un ejercicio de interrupción constante en todo lo que podría implicar cierto alivio, desde el consumo de heroína hasta la noche de sexo que deseamos y no se nos concede. Cualquier descarga, cualquier reparación, está vedada: tanto en el encuentro de Mallo con un ex amante (Leonardo Sbaraglia), que es una escena magistral de calidez y emoción contenida, como en las conversaciones de Mallo con su madre ya vieja y a punto de morir, donde le dice cosas como “te he decepcionado solo por ser quien era”, no hay respuesta, ni descarga, ni nada que amortigüe lo hiriente de la frase. Solo los personajes sintiendo el dolor hasta el fondo frente a la cámara, registrando con gestos mínimos el impacto de una verdad que, en películas anteriores de Almodóvar, hubiera estallado en un grito hecho canción. Pero aquí, hasta la voz cascada de Chavela Vargas se corta casi de modo brechtiano, y produce el efecto de algo así como el melodrama trabajando en contra de sí mismo, por así decirlo, en un equilibrio tenso. 

Dolor y gloria es consciente del berretín de contar la propia vida -e incluso hay un chiste precioso al respecto- pero nada ingenua, sino más bien sabia: no basta con eso, no basta ni con la nostalgia ni con la belleza ni con que a lxs espectadorxs les importe porque se trata de Almodóvar. Es preciso encontrar una forma. Y la del cine dentro del cine, en este caso, funciona de modo sofisticado. Un ejemplo nada más: la única escena sobre la que la película vuelve dos veces no es adorable, ni deseable, ni feliz. Son un niño y su madre que pasan la noche en una estación, como dos vagabundos. Él sabe que la molesta; ella lo abriga pero está fastidiada. Y sin embargo, porque la película fue a la vejez de esa madre y ese hijo y volvió y los vimos darse y lamentarse hasta el último minuto de lo que no pudieron darse, la escena es un milagro de vida vivida que está allí para mostrar quizás, entre las miles de cosas que muestra la película, que el dolor también puede ser un tesoro.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ