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Jueves 17 de Mayo de 2001

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tapa del no

convivir con virus

Llevo algo de la noche pegado en el cuerpo. Un dolor en los riñones, el olor del tabaco adentro en la nariz, el recuerdo en el cuello de la tabla en la que me acosté para que pasaran las horas en el hospital de Quilmes y esa sensación tan clara, tan conocida, de haber sumergido las manos en las sombras, una vez más. No pasó nada, fue un susto, un accidente con suerte. ¿Cuántos más? De un banco al otro de ese pasillo derruido al que llegan las quejas de otros dolores, recitamos en voz baja el rosario de los últimos accidentes, muchos en estado de dudosa conciencia, alguna imprevisión, siempre la misma omnipotencia que termina haciéndose añicos contra un vidrio, contra el asfalto, sobre la noche. Ahora sí, ahora vamos a aprender. ¿O será necesario que uno a uno vayamos contando cicatrices? ¿No es posible socializar la experiencia? Llevo en el cuerpo el cansancio de lo que pudo ser y no fue. Ese susto retroactivo que trae conocer la fragilidad de los cuerpos. Igual, pienso, también es omnipotente pensar que todo se puede evitar si cada uno hace lo correcto. Es un equilibrio difícil dejarse arrastrar por la marea y mantener los ojos abiertos para evitar el lastre que traen las aguas correntosas. No es posible preservarse del todo si uno anda en busca de la aventura, conozco el gusto ácido de la adrenalina en las mandíbulas; pero también el dejo amargo de quien pone el cuerpo cada vez para recibir un golpe más. Un golpecito más, me lo merezco. Se lo decía a Javier, el otro día. Otra vez inicia un romance que lo conmueve y transita la cornisa del silencio. Ya sé que no es fácil, ¿pero cuánto más puede esperar para decirle que vive con vih? El temor crece con los días, cada vez es más difícil hablar, cada vez el otro tiene más razones para justificar el rechazo. No tiene por qué ser así, pero, vamos, hay maneras de asegurarse que las cosas queden ahí, ahí no más, de no profundizar nunca la intensidad de las confesiones. ¿Y si alguien se lo dice? ¿Podré llevarlo a esa fiesta? ¿Y si viene a casa y ve las pastillas? Conozco la adrenalina del riesgo, pero también la compulsión por el martirio.
No hay por qué dramatizar; los accidentes ocurren; jamás dejaré de caminar en la noche por temor a los robos, no dejaré de amar por mucho que me duela, ninguna seguridad justifica que la vida me pase por al lado. Pero tampoco hay por qué poner el cuerpo a los palos, ni llegar al borde del precipicio para saber lo bueno que es tener los pies sobre la tierra.

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