Todas para una
A partir primero de las revistas independientes, luego de los blogs y por último gracias los festivales, la autoedición y los fanzines, la historieta argentina se las ingenió para sobrevivir más de una crisis. Pero detrás de esa reinvención, que hoy se verifica en nuevas editoriales y novelas gráficas, comenzó a crecer un nuevo protagonismo dentro de un medio que –ya sea por el más prejuicioso lugar común como por sus pocas representantes en la página– siempre se pensó como masculino. La edición de Pibas, una antología exclusivamente dedicada a nuevas autoras, termina de confirmar que la fuerza vital detrás de la historieta argentina en el nuevo siglo es decididamente femenina. Radar cuenta la historia de una antología que fue compilada originalmente para presentar en un festival en Nueva York, reconstruye el camino de más de una generación de mujeres en el medio local, y presenta a algunas de las artistas que se vienen mostrando cuadrito a cuadrito.
Imagen: Catalina Bartolome

Al principio, fueron apenas 28 copias. La impresión se realizó en una máquina doméstica que llegó a funcionar durante 72 horas seguidas para terminar muriendo heroicamente en el acto. El flamante título holográfico fue cortado y pegado a mano. Y todo cocido y encuadernado apenas tres horas antes de tomar un avión con dirección al MoCCA Fest en Nueva York. 

“Como teníamos la oportunidad de viajar a ese festival, queríamos mostrar algo de lo que estaba pasando en la historieta argentina a nivel de feria, de producción independiente y de autoras. Veíamos que la escena se estaba convirtiendo en algo genial, muy diverso, y queríamos mostrar material de mujeres que nosotras conocíamos, con las que compartíamos todo el tiempo, y que eran cada vez más”, cuenta Daniela Arias, autora de historietas y editora del colectivo In Bocca al Lupo que, junto a sus colegas Valeria Reynoso y Romina Fretes, también autoras y editoras, se encargaron de compilar Pibas, una antología de 24 historietistas argentinas, que en su primera encarnación fue un proyecto totalmente artesanal. 

“Al principio, pensamos llevar material de cada autora, pero era tanto que no cabía en los 50 centímetros de mesa que podíamos pagar en el festival, así que dijimos, bueno, convirtamos todo esto en una revista. Y cuando nos quisimos dar cuenta era un libro”, se entusiasma Arias. La ex antología-revista para consumo en el exterior ya tuvo su festejo como muestra colectiva en el Centro Cultural Recoleta, y ahora sí se puede conseguir en todas las librerías locales gracias a una flamante reedición a cargo del sello Hotel de las Ideas, cuya aparición sirve como catalizador de ciertos cambios notables dentro del medio.  

Aun cuando Pibas puede ser considerada como apenas un pequeño recorte que busca celebrar la variedad temática, estilística y técnica de las autoras locales, está claro que evidencia una verdad: que dentro de la extensa e imponente tradición historietística argentina, que la ha hecho resaltar en el resto del mundo y que ha encontrado las formas más improbables para reinventarse y seguir con vida, su actual renovación, su nueva puesta en marcha, y quizás su evento más relevante y festivo de los últimos años es, sin duda, la explosión de mujeres y otras identidades visibles en sus filas. 

Casi siempre, el aire fresco sopla felizmente desde los márgenes y, decididamente, los nuevos nombres más poderosos y las características contemporáneas de la historieta como medio hoy, están moldeadas por la presencia de autoras conquistando un territorio que, tanto desde el lugar común más prejuicioso como a partir de una realidad editorial, durante mucho tiempo –ya sea de un lado como del otro del tablero de dibujo– se pensó como exclusivamente masculino.

UNA PEQUEÑA REVOLUCIÓN

Hay cinturongas, hay conejos que se enamoran, hay chicas vampiras y bandas de punk bestial. Hay chicas que exploran su sexualidad de forma feliz y salvaje, hay abulia contemporánea y también hay destellos de optimismo colectivo al calor de las manifestaciones callejeras. Un paneo por las casi 200 páginas de  Pibas hace gala de esa fresca diversidad, pero también se enfrenta a una realidad: en general, las autoras de historieta no comparten espacio en antologías tradicionales, no abundan en librerías establecidas y tienen un lugar acotado en la historia del medio. 

Para ellas, sin duda, este era un momento ideal para salir a la luz de forma colectiva: un contexto cruzado por demandas y reivindicaciones feministas, que desbordan en el arte y los medios de comunicación. Una técnica como es el dibujo, que habilita la difusión de un mensaje como un puñetazo en la cara. A todo color, o hiper minimalista, de fácil difusión en una red social, o de forma más sofisticada en un proyecto de largo aliento. Y un país que valora genuinamente la historieta como medio, que gozó de industria, de tradición y actualmente de una feliz demolición de tradiciones, y que ha resistido a pesar de la crisis económica y el abandono del Estado con un puñado tan caprichoso como incesante de productores y de fans. 

Pero quizás, uno de los factores más relevantes para esta pequeña revolución sea uno bien importante, que no siempre es tenido en cuenta, y que habilitó, de hecho, la existencia de esta antología: la autoedición. Una forma cada vez más sofisticadas de producir contenido propio que empezó en los 80, pero que se ha multiplicado con potencia en los últimos años, y que les ha permitido algo bien concreto a las autoras de historieta: hacer frente con obra real a un discurso generalizado que afirma que ellas no existen. Con fanzines, con publicaciones pequeñas y colectivas, con ferias o con contenidos digitales, generaron vida propia al costado de un mundo editorial que las ignora, del mundo institucional o del mercado, si es que lo hay. 

Para Mariela Acevedo, investigadora académica y editora de la revista Clítoris de historieta feminista, que a principio de los dos mil empezó a trabajar con proyectos que reunían autoras, este asunto se puede ver claramente en las ferias y festivales independientes, aunque está cambiando con rapidez: “De un lado podías ver a los chicos, los editores, con sus libros de tapa dura y sus editoriales pequeñas pero establecidas. Y del otro lado, podías ver un montón de chicas, las chicas estaban ahí pero eran fanzineras, autoras que autogestionaban su material y lo vendían ellas mismas. Ahí se ve claramente la brecha de género”, explica Acevedo, que aclara que, por suerte, es algo que ha ido cambiando rápidamente, porque de un año para otro hubo un salto muy impresionante de mujeres editadas profesionalmente. 

“Pero lo que quiero decir es que no es que esas autoras no existían”, continúa. “Sino que eran casi invisibles o no se animaban a salir porque los espacios ocupados por varones resultan expulsivos. No es solo del mundo de la historieta: es la forma en la que estamos socializados. Por otro lado, el trabajo del editor es ir y mirar justamente qué hay en la autoedición, qué está pasando en las ferias y en otros circuitos, pero generalmente cuando hablabas con ellos te decían: no, no es que no queramos editar mujeres, es que no hay mujeres. Después, cuando las veían a todas juntas, obviamente, se sorprendían mucho”.

Precisamente, la autoedición fue la forma de existencia que adoptó la historieta argentina durante los años 90, después de la caída de la industria editorial. Ahí también empezaron a aparecer publicaciones experimentales que se interesaban por los vínculos de la historieta con otros tipos de arte: una característica trascendental para entender su presente hoy. “Eramos pocas chicas y nos conocíamos todas”, recuerda Delius. “Teníamos pocas referentes, como Maitena, Patricia Breccia y María Alcobre. También fue un momento de mucha experimentación gráfica y con los formatos”, explica esta autora que empezó a autoeditarse en los noventas y participó de publicaciones colectivas como El Tripero o Lápiz Japonés. Y agrega: “Caro Chinaski y Clara Lagos fueron pioneras con su publicación Océano y Charquito: fue la primera hecha por mujeres”. Más adelante, en los dos mil, Chinaski, Lagos y Delius, además de Power Paola y Sole Otero, conformaron Chicks on Comics, un colectivo de autoras que tuvo su muestra grupal en el Museo Proa el 2016 y que acaba de ganar el II Premio de Novela Gráfica Ciudades Iberoamericanas con su libro Las ciudades que somos, editado por la editorial mexicana Sexto Piso. Las Chicks, como generación anterior a Pibas, vivieron ambas revoluciones: primero la de la autoedición en papel, luego la de las comunidades generadas en internet, donde empezaron naturalmente como un blog de mujeres historietistas. “Es natural lo que está pasando ahora, primero porque las mujeres apropiándose de espacios es una tendencia mundial, y a eso le sumamos a que Argentina es líder en ambas cosas, que siempre tuvimos un montón de producción de historietas”, comenta Clara Lagos. “Entonces se hace ese combo espectacular, tenemos muchas cosas para contar. Por otro lado, el fanzine como formato te lleva a muchos lugares porque te junta con otros. El día de mañana las chicas que producen van a ser editoras, las que están adelante y abren puertas”.

LUCHA CONTRA LOS CLICHÉS

La idea de la antología no es simplemente separarse de los clichés del medio, o de las ideas enraizadas que aseguraban que no existían autoras o lectoras interesadas en la historieta, un medio mutante que se expande y que tanto significa para la historia del arte argentino. Sino que también se trata de acercar este material al público general y retrucar ciertas pretensiones de universalidad que, signo de los tiempos, se han empezado a poner en cuestión en la cultura popular: por ejemplo ¿por qué un alienígena que usa los calzones encima de las calzas es considerado una historia universal, de acceso común, y una historia con protagonistas femeninas apenas de nicho? “Cuando nos dimos cuenta que Pibas podía ser un libro, también nos dimos cuenta que era super diverso, que esquivaba totalmente el lugar común de una temática femenina. Queremos sacarnos esa idea de que somos figuras de dos dimensiones. Si abrís el libro, te das cuenta que lo que elige cada autora no tiene nada que ver con la anterior, tratamos de que ese zapping del libro sea una experiencia, un recorrido”, agrega la compiladora Valeria Reynoso. 

La antología no busca ser una voz definitiva, se enmarca en una escena que se expande, claro. Es apenas un recorte basado en las cercanías de las compiladoras, encontradas en las ferias más independientes de la ciudad y en las redes sociales, que busca aglutinar mujeres y otras identidades de género, que si bien son cada vez más representadas lateralmente, aún no resultan protagonistas en la historieta. Algunas de las autoras llevaban años publicándose, y otras apenas estaban empezando a experimentar con bocetos en sus redes sociales. Del manga al costumbrismo, de la autobiografía a la lisergia poliforme, incluso, provenientes de medios aledaños a la historieta como la animación, la ilustración y el diseño de videojuegos, las autoras dan la pelea a cualquier cliché sobre temas o tics vinculados al género. 

En su mayoría, son parte de una nueva generación menor a treinta años o en sus comienzos. Algunas ya publicadas como Sole Otero, otras aparecidas en antologías que celebran la historieta contemporánea como la rosarina Informe: Jazmín Varela, Victoria Rodriguez, Lucía Brutta y Natalia Lombardo, que ilustró la tapa. Hay nombres nuevísimos y sorprendentes como Femimutancia, inyección de aire fresco genuino y salvaje. Están las provenientes de medios como la animación y la ilustración editorial: Maia Debowicz, Euge Beizo, Cons Oroza y Delfina Perez Adan. Hay fenómenos nacidos en instagram como China Ocho, Florencia Pernicone y Sukermercado, que exploran la autobiografía mal flashera millenial, o las reivindicaciones de género con descreído sentido del humor. Hay autoras como Paula Andrade, Daniela Ruggeri y Agustina Casot, que encabezan editoriales y organizan eventos comiqueros. Y a ellas se suman fanzineras como Macarena García Cuerva, Catalina Minteguía, Maelitha, Kiwi Moe y Mirita, además de los trabajos de sus tres compiladoras. “Yo valoro muchísimo la autogestión de las chicas, pero también me parece que junto con eso hay que exigir políticas públicas culturales que valoren la historieta, programas de fomento que te permitan imaginarte como productora” considera Mariela Acevedo. “Yo miro hacia atrás y me pongo muy contenta”, celebra Delius. “Porque veo a la historieta joven y diversa, veo buenas dibujantes, buenas escritoras y un movimiento social que acompaña, que no es solo vinculado a la historieta. Siento que valió la pena toda esa lucha por espacios”.

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