Historias breves 17, en el Gaumont
Lo bueno si breve dos veces bueno
La más reciente entrega de los cortos producidos por el Incaa ofrece una posibilidad de imaginar el futuro.
Roly Serrano en Hay coca, de José Issa.Roly Serrano en Hay coca, de José Issa.Roly Serrano en Hay coca, de José Issa.Roly Serrano en Hay coca, de José Issa.Roly Serrano en Hay coca, de José Issa.
Roly Serrano en Hay coca, de José Issa. 

A 24 años y 17 ediciones de las Historias breves seminales, piedra angular del Nuevo Cine Argentino, la más reciente entrega de los cortometrajes producidos por el Incaa ofrece una posibilidad de imaginar el futuro. Los siete cortos que integran Historias breves 17 fueron, en su mayoría, dirigidos por jóvenes realizadores que apenas comienzan a dar sus primeros pasos profesionales, probables casilleros de partida de una carrera cinematográfica. Como suele ocurrir en estos casos, los niveles de ambición, intenciones, logros y desafíos son muy diversos, como así también las temáticas y estructuras formales de las obras.

De las fuentes del (neo)realismo, pero también de la fábula, bebe Hay coca, de Jose Issa, cuya historia está ubicada en el norte argentino durante la dictadura de Onganía. Roly Serrano es el encargado de darle vida al dueño de un almacén que, ante la muerte de un amigo, debe trasladar un misterioso bolso para entregarlo a sus destinatarios. Isaa parte de dos hechos históricos reales, detallados durante los títulos de cierre, notables excepciones que confirman sendas reglas: el desmantelamientos de los sistemas férreos contrapuesto a la construcción del Tren a las nubes, por un lado, y el aparato de censura cinematográfico con sus grandes rebeldes nac&pop, Armando Bó e Isabel Sarli, por el otro. El resultado es un cuento amable con dejos de Milagro en Milán y Cinema Paradiso. En algún lugar de América del Sur rodeado de montañas –aunque en un ámbito irreal, mitológico– transcurre El agua de los sueños, dirigida por José Pablo Fuentes y Rocío Muñoz. Un chamán, una poción alucinógena y un guerrero de piel blanca enfrentado a un demonio precolombino dan pie a un film basado en la historieta homónima de Trillo y Breccia. A pesar de su innegable atractivo visual, los efectos de posproducción y el trabajo de matte painting no logran ir mucho más allá de la ilustración de esa obra previa.

Uno de los cortos más logrados, a pesar de (o justamente gracias a) su sencilla apuesta narrativa, Una noche solos, de Martín Turnes (Pichuco), ofrece el retrato de una pareja que deja a su pequeño hijo con la abuela con la intención de pasar, después de mucho tiempo, una noche en soledad. El voucher del hotel alojamiento vencido será apenas el primero de una serie de escollos para lograr ese objetivo. Diego Velázquez y Analía Couceyro aportan credibilidad al relato, breve, conciso y de fácil identificación para todo aquel espectador con niños pequeños. El espesor de lo visible, de Mercedes Arias, registra un estadio previo, el del embarazo, con sus esperanzas y miedos a flor de piel. El comentario del obstetra acerca de una novedad inesperada permite la reflexión sobre la identidad, los cuerpos y el género, aunque su ligazón directa y lineal con las clases de filosofía dictadas por el protagonista masculino hace deslizar al film innecesariamente hacia el terreno de la pretenciosidad.

La medallita, de Martín Aletta, crea un destino aciago y contrafactual para el célebre poeta y compositor Cátulo Castillo, a partir de su temprana afición por el boxeo y el encuentro con un adivino que le transmite el día exacto de su muerte. El homenaje al Césare de El gabinete del doctor Caligari no es casual: el cortometraje recrea las luces y sombras del expresionismo germano al detalle y en esa mímesis logra transmitir con fuerza las emociones de un relato que confía en el anacronismo formal como fuente inagotable de placer. Noche de novias, de Santiago Larre y Gustavo Cornaglia narra en apenas nueve minutos una salida de hombres y mujeres a un boliche en algún momento de los años 70, con vuelta de tuerca final inesperada y oscura, al tiempo que El agua imagina un mundo en el cual su protagonista no es capaz de ver o sentir la presencia del más preciado líquido. Como si se tratara de un capítulo de La dimensión desconocida, la directora Andrea Dargenio –apoyada por un buen trabajo de efectos digitales– timonea con mano firma la breve saga fantástica, llevándola de paseo desde la sorpresa hacia el dislate y de allí a la desesperanza.

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