James Rhodes se presentará esta noche en La Usina
“Toda la música tiene la capacidad de salvarte la vida”
En sus actuaciones, este músico inglés de 42 años presenta las piezas y habla de su contexto histórico, califica de “estupidez” que le digan “el pianista rockero” por su aspecto, y ha narrado en un libro cómo fue violado en su infancia y sus problemas mentales.
Rhodes se propone “liberar a la música de la tiranía de los imbéciles”, según afirma en su libro.Rhodes se propone “liberar a la música de la tiranía de los imbéciles”, según afirma en su libro.Rhodes se propone “liberar a la música de la tiranía de los imbéciles”, según afirma en su libro.Rhodes se propone “liberar a la música de la tiranía de los imbéciles”, según afirma en su libro.Rhodes se propone “liberar a la música de la tiranía de los imbéciles”, según afirma en su libro.
Rhodes se propone “liberar a la música de la tiranía de los imbéciles”, según afirma en su libro. 
Imagen: Pablo Piovano

Violación infantil: así prefiere James Rhodes que se llame a lo que vivió entre los 6 y los 10 años. “Porque si para este sistema jurídico mandar a la mierda a un policía de tránsito es ‘abuso’, pues esa palabra no alcanza para definir que un entrenador de boxeo de 40 años te viole tan brutalmente que lesione permanentemente tu espalda”, explica. En todo caso, tendrá de abuso de poder y pederastia, pero lo preciso es llamarlo violación a una niña o un niño. El pianista londinense, que en semanas cumplirá 42 años, aboga por las palabras precisas. Y apela en definitiva por hablar, lo que se le hizo habitual tras publicar Instrumental, sus “memorias de música, medicina y locura” amparadas en una disertación notable sobre las células cancerígenas de la música como arte, espectáculo e industria. Rhodes entendió al piano que los silencios de algún modo “suenan”. Y aprendió de modo más íntimo que en el vacío los monstruos y fantasmas suben su volumen. También las culpas, las voces. En los escenarios, monta conciertos de piano que difunden la clásica y su anecdotario: algo así hará hoy a las 20 en el auditorio de la Usina del Arte (Caffarena 1). De lo otro se ocupa en las entrevistas que anticipan cada actuación suya en donde sea. Así recorre el mundo: activando contra eso de que “la gente no escuche” música clásica, proponiendo revisar aquello de que “la gente no escuche” a las víctimas.

James Rhodes ha pasado el trapo por todos los recovecos del lado oscuro. De hecho, él ha sido el trapo. De ser violado por un profesor a enfrentar una batalla legal contra su exesposa para publicar Instrumental. Del uso problemático de cocaína y whisky berreta a intentos de suicidio e internaciones en hospitales mentales que lo frustraron, retuvieron y empobrecieron. Y de los 60 cigarrillos diarios al sometimiento al clonazepam. Sufre trastornos disociativos de la personalidad (en un momento llegó a haber trece James Rhodes en su cabeza) y obsesivos compulsivos.

“Si mi mano izquierda roza las teclas del piano, tengo que reproducir enseguida exactamente el mismo roce con la derecha, lo cual no es algo que me convenga mientras intento recordar las 30 mil notas de una sonata de Beethoven. Y más vale que no vea un pelo en una tecla. En ese caso, tengo que sacar el tiempo necesario para quitarlo, en medio de la ejecución, y lograr que todo esté limpio”, grafica en su primer libro, que tiene bonita edición española con portada ilustrada y tapas duras, por la barcelonesa Blackie Books, y conseguible en librerías de acá a precios absurdamente dispares.

Algunos de sus más grandes miedos, comenta en el libro, son a la soledad, el aislamiento, el juicio de los otros o el abandono. Todos padecimientos demasiado cotidianos para un tipo que trabaja de solista de piano; que estructura su expresión y su profesión sobre una actividad solitaria. Tal vez, su manera de montar sus presentaciones tenga que ver con mantener un poco el control y sentir las presencias más allá de la interacción concreta. Entre pieza y pieza, Rhodes cuenta trastiendas y apostillas de la composición de cada sonata, réquiem, rapsodia o sinfonía que toca, o de las vidas íntimas o públicas de sus compositores, maestros como Prokófiev, Bach, Schubert, Ravel, Liszt, Rajmáninov, Chopin. O Brahms, de quien aplica el último movimiento de su Réquiem alemán, y quien de algún modo lo enlaza con Charles Bukowski, quien en sus poemas menciona al romántico de Hamburgo. En sus peores ratos, Rhodes se aferró a una frase del poeta y narrador sucio: “Encontrá lo que amás y dejá que te mate”. Mejor un piano de cola que unas hojas de afeitar.

A algunos compositores les dedica remeras. Bach, por ejemplo. El look de Rhodes, más urbano que desprolijo, completado con zapatillas, jean, anteojos y cabello libre, fue argumento para que parte de la prensa lo llamara “el pianista rockstar”, una derrota semiótica para el rock, para la música clásica y para el periodismo, todo a la vez. Entrevistado por PáginaI12 antes de su primer concierto en la Argentina, considera “estúpido” que lo llamen así. “¡No entiendo nada de ropa! Lo hago por la comodidad. ¿Se imaginan que llamaran a Chris Martin o a Muse para tocar en Wembley y tuvieran que hacerlo de frac y pajarita? No hay razón para hacer eso. Es muy difícil tocar el piano con saco: es una de las reglas que no necesitamos cerca. Lo único que no cambia nunca es la música misma, su forma, pero deberíamos poder manejar todo lo otro”.

El modelo de su espectáculo es poco habitual también en el circuito clásico, y parece tener tanto de concierto como de charla TED, mientras que en su canal de YouTube propone cosas que a veces se parecen a tutoriales, y publicó otro libro de iniciación práctica a la ejecución musical: Toca el piano, interpreta a Bach en seis semanas. “No es algo que haga con ese espíritu motivacional tan en boga, para nada. En mis actuaciones siempre hablo y presento las piezas y su contexto histórico, en tres o cuatro minutos, para que cada uno entienda de dónde viene esa composición y tenga algunas herramientas para armar la historia en su cabeza. Para mí, eso es mucho mejor y me gustaría que los artistas que admiro lo hicieran: desearía que Daniel Barenboim hablara sobre la influencia que tal o cual pieza tuvo en su vida, o cuál fue su origen. Pero es difícil, ya bastante tenés con las miles de notas como para interrumpir el toque, y recordar datos y fechas.” El suyo es un modelo algo TOC.

–Usted ha dicho que la música, en particular Bach, lo ha salvado. Si hay música que salva, ¿la hay que condena o que mantiene cautivo?

–A mí Bach me salvó, pero creo que la música en general tiene esa capacidad. La música mejora o empeora el ánimo, aumenta la sensación de base de las personas, y en eso es muy poderosa. Cuando ves una película, entendés inmediatamente lo importante que es para crear un ambiente, para ayudar a transmitir un sentimiento. Puedo tocar un poco de Bach para mil personas y cada una tendrá una historia diferente para contarse con esa pieza. Cada uno puede escribir su película, yo les doy el soundtrack, nada más.

–¿Entonces cuál sería la condena de la música?

–Hay algo en su burocracia y en cómo todo es sobre lo mismo: el dinero. A la industria musical se le fue la mano; tiene que pensar más en el fan que en el beneficio, porque ya hace demasiado que la gente tiene la información de cómo funciona. Ya cuando empecé a comprarme discos, los CD salían 20 dólares. ¿Por qué mierda iba a pagar eso si lo podía conseguir gratis en internet? Ultimamente es todo sobre el dinero y el músico; y lo importante debería ser la música. Todos quieren hacer dinero y a nadie le importa si es con medios, medicamentos o música; todo tiene que generar rédito.

En eso, otras corporaciones de las que ha recibido también el peso en la espalda, como la judicial, la farmacéutica, la de los asilos y hospitales, no lucen tan diferentes a las de esta industria cultural que Rhodes analiza ácida pero constructivamente en sus memorias, con fuerza, con propuestas y desde adentro: incluso inició un sello de amplio espectro (Instrumental Records) por el que saca sus discos y empezó a promover artistas nuevos, como la tecladista y cantante indie Marina Herlop.

“Liberar a la música de la tiranía de los imbéciles”, resume en aquel primer tomo lo que se impone. Y hay imbéciles prácticamente en todos las instancias entre el que hace la música y quien quiere oirla, dice quien a todos ha sorteado con una producción intensa que es cosa apenas de estos últimos años. En 2009 apareció con Razor Blades, Little Pills and Big Pianos (“Hojas de afeitar, pastillitas y pianotes”) y en dos años redondeó con Now Would All Freudians Please Stand Aside (“Y ahora los freudianos podrían hacerse a un lado, por favor”) y Bullets and Lullabies (“Balas y canciones de cuna”). Usó a Bach, Busoni, Ravel, Debussy y Moszkowski para exorcisarlo todo; algunos dicen que lo que usó fue sus estigmas para vender libros y tickets. Lo último suyo fue 5, con el arreglo de Liszt al Frühlingsnacht de Schumann y el Orfeo de Sgambatti, un DVD en vivo en Londres y un compilado en directo para noches de insomnio, llamado Inside Tracks: The Mix Tape.

Sin sistematizarlo, Rhodes viene además produciendo discurso didáctico acerca del piano, la música en general, la clásica, la enseñanza, la infancia, la identidad, la violación y la supervivencia. Lo hizo en libros, charlas y entrevistas, en sus columnas blogueras para los diarios británicos The Telegraph y The Guardian, y en videos para la BBC y otras señales, algunos documentales biográficos, otros tutoriales para iniciantes o clases magistrales de piano.

Y siempre que le comentan o preguntan algo al respecto, él habla de lo otro, porque sabe que cada periodista, que cada lector de diarios y que posiblemente cada asistente a sus conciertos, antes de saludarlo y conocerle la voz, está al tanto de que James Rhodes fue violado cuando era niño. Pero eso dejó de vivirlo con vergüenza. Ahora es sonido, y él sabe cómo mover el sonido para que lo que genere sea copado.

–Ha condenado repetidamente la violencia de género y contra los niños. Frecuenta Estados Unidos, donde recientemente se dio una marcha de mujeres contra el machismo, y Donald Trump en particular. Y está por debutar en la Argentina, donde ocurre un femicidio cada 30 horas. ¿Nota un cambio de conciencia global?

–Aunque en algunos países más que en otros, el levantamiento de las mujeres pasa en todos lados, porque claro que es un problema universal. Por suerte la situación está cambiando de a poco, pero necesitamos seguir en esta línea. Y cuando se pasa de los asesinatos a mujeres, vienen otras cosas: es un tiempo muy moderno en muchos aspectos pero las mujeres todavía tienen que pelear para ser tratadas como iguales en lo laboral, por ejemplo. Es otro terrible ejemplo de abuso de poder, como pasa con las violaciones a niños, la homofobia. Son todos asuntos políticos a los que nos estamos enfrentando como especie humana y en los que claramente todos debemos hacer más. A Trump no le quiero dar nada de oxígeno: es un pelotudo, es despreciable y que se vaya a cagar. Y aunque no sé mucho sobre él, creo que el presidente argentino debería estar muy, muy avergonzado de que en el país que preside las mujeres tengan que marchar para no ser asesinadas, o por lo que pasó con el Tetazo. Debería estar avergonzado y hacer más para  que las mujeres estén seguras.