Una calle, una batalla

Ni bien lo vi, supe que no era de la zona. En esta fecha no hay nadie en la calle, mucho menos a esta hora, están intentando prolongar la noche buena, no hay nada mejor que la víspera. Le digo más, pensé que se trataba de otra víctima del sueño profundo producto del vaivén del 107, movimiento que a muchos adultos cansados, aveloriados o mal dormidos los devuelve a los brazos de sus madres o tal vez a la placenta. Asustados, perdidos, casi sonámbulos bajan en el final de línea con el único objetivo de tomar el interno que los regrese a un territorio conocido. Los colectivos son como el sentido común con ruedas, los pasajeros, tanto los que se trasladan cómodamente sentados, como aquellos otros, entretenidos con el juego de la silla vacía, mantienen la tranquilidad de compartir el mismo sentido, el estipulado, el convenido por todos, hasta el momento sublime de tocar el timbre en el lugar elegido e iniciar el arte de emprender el camino del sentido propio. Me sorprendí cuando me preguntó por la calle buscada, no me lo imaginaba como un visitante, sino como un perdido más en el bosque de la china. Creo que fuimos dos los sorprendidos en realidad, entiendo que no es común encontrarse con un anciano sentado en la puerta de calle festejando navidad con una sidra y un pan dulce, pero todo tiene una explicación, ¿sabe? Todavía defiendo los símbolos. La vereda es un espacio perdido por la gente de barrio. Me queda sólo un amigo de la infancia, en la actualidad resiste estoico en un geriátrico, cuando lo voy a visitar lo saco a pasear por el pasado, abro la puerta con la misma frase, "¿te acordás hermano de las tibias tardes sobre la vereda?". Éramos vecinos felices en la calle que casualmente llevaba el nombre de esta fecha, no conmemoraba el nacimiento del dios de los cristianos como la mayoría de la gente pensaba, sino el día en que Rosario se levantó contra el Restaurador, para muchos la antesala de Caseros, el 25 de diciembre de 1851. Después, con el tiempo, mire lo que son las cosas, le volvieron a cambiar el nombre por el de Don Juan Manuel de Rosas. He vivido lo suficiente como para ver contradicciones de todo tipo en esta ciudad. Disfruté de las palmeras de 27 de febrero antes de que las quitaran a todas para después volverlas a plantar. He visto pasar la picota en forma indiscriminada por edificios históricos en el casco viejo, para luego, arrepentidos, reciclar conciencias. Aprendí que nada queda en el pasado definitivamente, todo puede volver de una manera u otra. Como le dije, no soy de acá, soy oriundo de la república de la sexta, allí conviví con mi ingenuidad hasta que un día los mensajes, mentiras y mandatos mechados en mi carne, empezaron a explotar como el pororó, para no lastimar a ningún inocente, empujado por el sol de la mañana, me escapé hacia el oeste, con la imperiosa necesidad de abrazarme a un árbol. Pude componer mi propia versión de las cuatro estaciones, aprendí a escuchar la mágica música que desprende la tierra en su rotación. Este lugar era puro campo, al frente del boliche del Nico había dos palenques, después no sé bien qué gobierno, levantó cinco mil viviendas enfrente de mi casa, pero ya era tarde, mi cuerpo había echado raíces. Antes de contestarle le quiero agradecer su buena educación, el quedarse allí, de pie, con un paquetito de panadería en la mano y su paraguas importado, plegado, colgando de su antebrazo derecho, me dice que al menos entiende la necesidad que tenemos los que vivimos solos de que alguien nos escuche. Tengo un calidoscopio encendido de 32 pulgadas, libros revoloteando sobre mi cabeza, a veces escucho mis viejos vinilos, añejados tangos, alguna que otra zamba, para no morir, ¿me entiende? No soy de hablar con los vegetales, soy consciente de que no me oyen, nunca le pido a nadie lo que no me puede dar, a los animales los quiero tanto que no tengo ninguno en mi poder, a todos los seres que amo les otorgo plena libertad, el problema mayor es que la gente ya no conversa, virtud perdida en lo virtual, no saben mirar a los ojos, escriben hasta la risa, mis vecinos me saludan desde lejos o me preguntan cómo estoy sin esperar respuesta alguna. Mire, para no hacerla tan larga, usted está preguntando por una calle que alguna vez fue batalla, si no se lo cuento yo, difícilmente se entere por otro medio, ahora los periodistas son todos abogados, creen que la grieta es un invento de ellos, un islote poético perdido en un mar de leyes. El escepticismo bien pago es el mejor comunicador de la desesperanza, en cambio, los idealistas recordamos con alegría hasta las derrotas, siempre con el orgullo de haber presentado batalla y la seguridad de rearmarnos para darla nuevamente. Tenemos un pasado en común, muchacho, el ignorarlo nos torna vulnerables, el enemigo lo sabe más que nadie. Unitarios contra federales, choque de caudillos en un paraje cordobés conocido como Laguna Larga, habrá sido en la década del 30, Rosario era una villa y mi calle natal se llamaba Mensajerías. El triunfo del manco Paz fue contundente, los federales al mando de Facundo Quiroga perdieron más de 1000 hombres, un verdadero desastre. Tiempos duros aquellos, no se conocía el paraguas, nadie intentaba salvarse sólo, cuando llueve, el pueblo llano se cubre con un sólo símbolo, la bandera. ¡Bueno, tampoco lo tome así, no lo decía por usted… No se vaya...Al final le voy a tener que dar la razón a mi hijo cuando me dice que soy un viejo renegado...vuelva…oiga, ¡Ésta es la calle Oncativo! ¿A qué altura va usted?

victormaini[email protected]

 

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ