La llegada del Apolo XI y los artistas
El hombre, la luna y la ficción

Desde siempre el hombre miró el cielo e imaginó. Ya fuera el paraíso de los creyentes o las naves extraterrestres de otro tipo de creyentes. ¿Qué no puede haber en la infinita inmensidad del universo?

Pero la luna, esa piedra esférica y fría, siempre estuvo ahí, casi al alcance de la mano. Y el hombre fue y caminó sobre su superficie.

Un amigo me recordaba que Borges dijo algo así como “el día que el hombre llegó a la luna dejó de ser tierra de poetas”. Sí, algo de magia se perdió ese día. Pero mucha otra se estimuló.

Los artistas van siempre un paso más allá. La tecnología no es un obstáculo para ellos, sólo la verosimilitud.

He escrito obras que abordan la ciencia ficción y el mundo fantástico: En ¿Estás ahí? hay fantasmas, en Gore extraterrestres, en El vuelo del dragón algo parecido a la teletransportación, en Automáticos y La felicidad robots, en 4D Óptico agujeros de gusano. Me preguntaron más de una vez por qué yo tomaba elementos propios de argumentos de cine y los llevaba al teatro. Y siempre respondí más o menos lo mismo: que no es así, fue el cine el que tomó del teatro los elementos fantásticos. Los superhéroes y los extraterrestres son los dioses y semidioses del teatro griego, los duendes y las hadas son todos personajes fantásticos que en el cine cobraron la forma de criaturas de toda índole. Lo único que hice en mis obras fue devolverle al teatro lo que siempre fue suyo.

La ciencia, después de todo, no es más que un gran ejercicio de la imaginación que se desarrolla dentro de un sistema de reglas que esa disciplina imparte. La tecnología, un poco rezagada, va haciendo más o menos posible que esas imaginaciones se hagan verdaderas. El artista también juega con su imaginación dentro de un complejo sistema de reglas impartido por su propia disciplina. Pero al artista, que esa fantasía se vuelva realidad, poco le importa.

Hoy sabemos que la teletransportación es un hecho: ya hace muchos años que se logró que las características moleculares de una pequeña porción de materia se trasportara en el espacio sin “hacer” el viaje; llegar a teletransportar a un ser humano o a un planeta entero es sólo cuestión de tiempo y dinero. No hace mucho se descubrió la enzima que produce el envejecimiento de las células, eso quiere decir que en teoría la inmortalidad es un hecho en la medida en que la ingeniería genética avance lo suficiente. Se podrían dar muchos más ejemplos parecidos.

Pero no sólo están los que sueñan con una tecnología que nos permita ser inmortales o viajar a otras galaxias. También están las pesadillas de la razón. Los mundos distópicos y horribles que nos muestran cómo el futuro puede ser un verdadero infierno. Y lamentablemente también es el género humano el que es capaz de volverlo una dantesca realidad, creando armas impensables y bacterias artificiales que diezmarían a la población.

La imaginación del ser humano crea los más fabulosos mundos, sean horrendos o maravillosos. La ciencia se debate consigo misma, concretando unos y otros.

Javier Daulte es dramaturgo, guionista y director.

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