El Día de la Bisexualidad se conmemora el 23 de septiembre
¿Qué es la bisexualidad? Cuatro relatos en primera persona
La bisexualidad, las personas bisexuales, siempre están bajo sospecha, desdibujadas tras un manto de negaciones. Acusada de traidora, de inexistente y hasta de binarista, sin dudas la bisexualidad es una molestia para el resto de las letras que forman la sigla LGBTTIQ y también para la mirada hetero. ¿De eso no se habla ni se escribe?  SOY presenta la experiencia de la bisexualidad en la voz de 4 personas que se reconocen como bisexuales y reflexionan sobre eso. La selección de textos es un adelanto exclusivo del libro Bisexuales Feministas. Contra-relatos desde una disidencia situada que se presenta el 8 de agosto en Casa Brandon


Ya en el prólogo del libro, sus editoras, dan cuenta de sus objetivos y de los problemas que rondan a la bisexualidad: "Invitamos a escribir (y a leer) sobre bisexualidades en un escenario complejo: por un lado, el combate cuerpo a cuerpo contra el neoliberalismo y el avance de la derecha en Latinoamérica apremia; por el otro, nos enfrentamos a las limitaciones que tienen las políticas identitarias y a la gran capacidad del capitalismo para asimilar incluso las identidades más disidentes." La bisexualidad es un problema en la cotidianidad de la lectura de los cuerpos, los sentimientos, las adscrociones pero sobre todo significa un signo de exclamación y de pregunta hacia el interior del colectivo: "La ausencia de referentes y representaciones bisexuales con las que identificarnos se nos presenta como un problema político. También resulta conflictiva la existencia de agendas activistas dentro del colectivo LGBT que excluyen nuestras prácticas y voces. De hecho, el recorrido que construimos en este libro nos llevó a entender que la aparente ausencia de la bisexualidad en el campo cultural responde, sobre todo, a la jerarquización de las luchas políticas −identitarias− al interior del movimiento de la disidencia (hablemos de poder). En este sentido, es evidente que la supuesta “imposibilidad” o “invisibilidad” de la bisexualidad como identidad política dificultó, históricamente, la constitución de un segmento social con características “en común” y un discurso propio. 

Escuchemos, entonces a las voces que construtyen un relato íntimo, a veces desopilante, siempre revelador de la vida ni en rosa ni en celeste, ni en blanco ni en negro  ni en gris, la vida en bisexualidad. 


RELATO 1: Jacinta Bichimahuida según Iris Luz Ortellao

La primera vez que escuché hablar de educación sexual fue cuando me dejaron afuera de la posibilidad de acceder a ella, en segundo año de la secundaria. Nos dictaron un comunicado diciendo que las chicas nos retirábamos antes porque el profesor tutor les daría un taller a los varones. Al día siguiente, por supuesto, les preguntamos a nuestros compañeros qué habían hecho. Nos dijeron que les habían enseñado a ponerse el preservativo, que el profesor sacó la pija y que lo obligó al Facha a hacer lo mismo para explicarles al resto. Algunas sospechamos que nos estaban gastando, pero lo cierto es que nunca tuvimos otra versión porque los pibes habían acordado un relato sin fisuras. Me daba mucha bronca, al mismo tiempo que me encorazonaba, pensar en la pija del Facha para el fin didáctico.

Mi entonces amiga Nayla me instó a que desistiera de saber la verdad: “por ahí es cierto, ese viejo es puto. Qué mierda nos importa, yo te enseño a poner el forro”. Ella era así, sentenciosa. Como cuando me persiguió por toda la casa para darme un pico diciéndome que no sea boluda, que es un juego, que un beso no te hace torta.

Yo creía que sí, que un beso te hacía torta. Porque yo era la abanderada de la bandera idolatrada, la enseña que Belgrano nos legó, cuando triste la Patria esclavizada con valor sus vínculos rompió y ante todo la coherencia: las que besan mujeres son lesbianas. Porque, “las personas bisexuales no existen”, decía mi papá, “son degenerados como el carnicero de la esquina de casa que está casado y todos saben que se coge travas de la calle Pasco”. Y así fue cómo, metódica e inquebrantable en defender mis matrices de aprendizaje, dos años después, cuando Jéssica, la primera lesbiana visible de la escuela, me besó en la boca, les escribí una carta y la dejé bajo la almohada.

Usé citas de la canción “Honrar la vida” de Eladia Blázquez para argumentar que lesbianismo militante o muerte. Mis padres me abrazaron como en las películas y respiraron aliviados. Por un lado esto descartaba la hipótesis de que mi comportamiento extraño se debiera a las drogas que me proveía la lesbiana que venía a visitarme y, por sobre todo, me alejaba a perpetuidad de los varones: responsables unívocos e incuestionables de la violencia sexual que cruza toda nuestra trama familiar, plagada de tíos, abuelos y primos violines.

Mi salida del armario lésbico careció irremediablemente del componente sórdido para el que mi imaginario adolescente se había preparado durante meses. Mi mamá les hacía pastafrolas a mis novias, mi papá salía en los programas locales de TV en Rosario hablando del orgullo de tener una hija lesbiana y yo me puse a militar con la agrupación LGBT de la ciudad (lo de la sigla es mentira: eran un montón de putos, una lesbiana y ninguna persona trans ni bisexual). Por supuesto, me puse de novia con la única lesbiana disponible aunque fuera violenta y mercenaria.

La primera vez que conocí a una bisexual fue en EspArtiLes (Espacio de Articulación Lésbica), una red nacional de activistas lesbianas y bisexuales (aunque su nombre no le hiciera justicia) que se formó en el XIX Encuentro Nacional de Mujeres, año 2004. Al siguiente, las participantes se autoconvocaron en Rosario y realizaron el primer taller presencial. Los putos de la asociación me sugirieron que no fuera porque las feministas eran jodidas. Pero fui igual: eran muchas pero muchas lesbianas y ninguna me daba bola. La mayoría me duplicaba en edad (literalmente) y habían leído cosas que yo ni sabía que existían. Me costó largo rato entender por qué se peleaban, hasta que llegó la bisexual: tarde y en minifaldas. Tenía casi mi edad. Se me cruzó por la cabeza que me gustaba por cercanía generacional pero no. Las minifaldas me impresionan cuando las usa otra.

La piba no era muy bienvenida, quería que se nombrara a las bisexuales en todo lo que participaran y eso fue lo que desató esta escena paradigmática: una lesbiana le arrojó una silla de plástico al grito de “¿Vos tenés idea de lo que nos costó a las lesbianas la visibilidad?”. Y la mayor parte de las compañeras contuvieron a la agresora. Fue entonces cuando la bisexual dijo mi frase preferida: “A las bisexuales nadie nos quiere pero todas nos cogen”.[1]

Recién egresada del secundario aprendí que ser bisexual era un riesgo, que la fuerza de trabajo no es suficiente para ser nombrada, que lo puto no quita lo patriarcal, que la historicidad de las personalidades disculpa las violencias, que el adultocentrismo academicista es una práctica legitimada y que el querer no es implicancia del coger. Todo eso también es educación sexual. Por eso y mucho más, devine feminista y amiga de la bisexual.

Cuando fui adulta y flamante profesora de Lengua y Literatura, me mudé a Buenos y Aires. Ese mismo año decidimos con mi compañera tener un hijx y casarnos para conseguir el reconocimiento legal de la co-maternidad. Por alguna extraña y conservadora razón, me resultó buena idea hacer de esto un hecho pedagógico: mis estudiantes nos fueron a tirar arroz al registro civil y la jefa del departamento del área Comunicación nos regaló una caja de té pintada a mano. Fui quizás la primera profesora lesbiana visible de Lugano. Nuestrxs invitadxs feministas se rieron coralmente cuando prometimos fidelidad: fraudulentas antes que monógamas. Y así me trencé en las contradicciones de habitar los deseos en el marco del Estado burgués. Fue hermoso.

Los de tercero les contaron a sus hermanitos en la escuela, ellxs a los ingresantes del año siguiente y así para siempre, hasta que pronto se empezaron a animar a preguntar:

−¿Profe, estás casada?

−Sí.

−¿Y cómo se llama tu marido?

−Leticia.

Y así la clase de educación sexual salía sola. Yo ofrecía mi historia, ellxs me retribuían con la propia y problematizábamos. Pronto me formé en Educación Sexual Integral y me aboqué a la tarea de que el relato hegemónico se llenara de fisuras. Aprendí a desarmar cuentos tradicionales con ellxs, a jugar con campos de látex en clase, a ser escucha de violencias y a responder con cuidados frente a ellxs. Aunque, fuera de lo previsto, también me convertí en el sujeto pedagógico de la espantosa consigna: “El mismo amor, los mismos derechos”. El discurso del amor como valor es el closet del deseo, porque los amores que tengo y he tenido nunca serán jamás el mismo que habita y autoriza la heteronorma.

Por ser terca en el deseo, tuve que quemar todo el ayer y el anteayer.[2] Un día, escabia y premeditadamente, me cogí a dos chongos en Las Toninas (porque mis veleidades burguesas son solo conceptuales). Y me gustó. Se me había puesto en la cabeza que no quedaba embarazada porque lo tenía pendiente. Y cuando creí que ya había cumplido, me enamoré de un gordo. Hermoso, creativo, groncho. Y me separé de mi novia. Y ese año mis papás no me llamaron para mi cumpleaños. Y acá se acaba la música de Disney porque me quedé sola, sin comunidad lésbica (algunas creían que era un esnobismo y otras simplemente me tenían asco). De pronto yo era una práctica sexual de riesgo, embadurnada de infecciones de transmisión sexual. Inestable, pendeja, desertora, risible, poco comprometida con las políticas de las disidencias.

Para la época en que me di cuenta de que nunca había dejado de desear varones, comenzaron a reunirse las compañeras de Bisexuales Feministas en los grupos de reflexión. Nunca pude ir. Me costó más de un año entender que yo era bisexual aunque no fuera el “carnicero de la esquina de casa que está casado y todos saben que se coge travas de la calle Pasco”. Y cuando lo supe, quise volver a la casa natal a abrazar al carnicero. Porque matar al padre es celebrar y afectivizar los deseos que se escaparon de esa ley.

Y un día, por fin, les dije a mis estudiantes que me nombraba bisexual, aunque años antes hubiera dicho lesbiana. No hubo condenas ni peros, hubo identificaciones. Porque efectivamente la bisexualidad es una identidad muy propia en la adolescencia e incluso puede ser transitoria. El problema no es ese. El problema es que el adultocentrismo se arrogue el derecho de sentenciar que lo adolescente y lo transitorio son degradaciones.

Volví con mi compañera, que me acompañó en todo el proceso de salida del armario bisexual, y tuve un hijo. Pude formar nuevas y genuinas alianzas políticas en los feminismos, hago proselitismo bisexual en el aula. Habito la bisexualidad no monogámica con las latencias y potencias que el cuerpo, la clase y el género me permiten. Y no, no soy de fiar

RELATO 2: El nombre de la cosa o “el carnaval te pone gay” según Luisa Stegmann

Después de cursar todo el año y estudiar juntas para cada parcial creo que tengo una amiga nueva. Promocionamos con diez y nos juntamos a celebrar en mi casa. Mi novio compra cerveza, picada y se encierra en el cuarto, para que festejemos tranquilas. Cuando no queda más birra buscamos con qué seguir emborrachándonos. Solamente hay vino. Le sirvo. A mí no me gusta el vino y de repente me doy cuenta de que no quiero que tenga ese sabor en la boca. Freno la mano que acerca la copa llena. Detengo ese sorbo explicando que no me gusta, que mejor espere. ¿Que espere qué? No lo digo y no hace falta. Nos besamos y nos desparramamos en el piso del living mientras mi novio duerme. Él solía decirme que involucrarme con una mujer era doble traición: por estar con otra persona y por no invitarlo. Bajo por primera vez una bombacha que no es la mía. No se me ocurre invitarlo. No pienso en él. Pero después de esto tampoco vuelvo a verla a ella.

El silencio de Adriana me enoja a catorce años de su consultorio. Lacaniana como era, no comentó, no explicó, no intervino. “Si me gustan los varones, no me pueden gustar las chicas, así que esa chica de la facultad no me gusta en realidad”. Y ella, silencio. “Porque la verdad es que los varones me gustan”. Y ella, silencio.

Voy a una fiesta en una agencia de publicidad. Es temática, algo de naves espaciales. Termino en el centro de la pista, entre dos astronautas que me hacen sanguchito. Pasan las horas y seguimos bailando, uno de los astronautas y yo. Sube la temperatura y mi astronauta empieza a sentir mucho calor, con su mameluco blanco y su escafandra espejada. Se saca esa pecera de la cabeza y veo su pelo rapado de un lado, largo del otro. Se abre el traje para que le llegue oxígeno al cuerpo y veo su musculosa de morley blanca y un par de tetas inesperadas. La beso. Me lleva a un costado, no quiere que nos vean sus colegas. Nos besamos en un pasillo y nos vamos a mi casa. A la mañana siguiente nos hago un café, le explico dónde tomarse el colectivo y me da su teléfono. Mi amiga, que vive conmigo, me carga, dice que me gustan las chicas feas. También dice que me gustan los chicos feos. Evidentemente, y por suerte, tenemos gustos diferentes.

¿Ni la chica de la facultad, ni la de la fiesta, ni la del subte, ni la otra de la facultad me gustaban? Mi deseo por los varones, lo inexplicable y el silencio.

Mi chica astronauta disimula en público, pero cuando vamos al cine me deja que le agarre la mano. Caminamos por la Avenida Paulista y entiendo por qué a veces me suelta. Y no pienso que tenga que ver conmigo. En su casa podemos ver dvd’s de Alanis Morrisette y cantar desafinado, podemos besarnos con esa intensidad que me hace perder aritos y escapar antes de que llegue la hora de dormirnos abrazadas o de plantar el cepillo de dientes.

“Eso sí que no lo entiendo”, dijo mi vieja cuando mencioné por primera vez la bisexualidad. Una chica puede ser astronauta. Las bisexuales podemos ser alienígenas.

Pasamos la noche en la comisaría, unas del lado de adentro, otras esperando afuera. Ninguna duerme y sabemos que estamos juntas, aunque hayan dispuesto celdas individuales para disciplinarnos. Cuando ya no pueden sostener el encierro injustificado las dejan salir y podemos volver a nuestras vidas un poco más fuertes y golpeadas. Una compañera de aguante nos dice, al despedirse, que tengamos cuidado, especialmente nosotras, las bisexuales, porque dormimos con el enemigo.

Mi última relación monogámica fue con un varón. Cuando nos separamos le pedí que, si efectivamente se animaba a la escritura, yo quería un regalo de cumpleaños de su pluma: quería un cuento erótico en el que no pudiera saber el género de los personajes. Nunca me lo mandó, seguramente no sabe cuándo es mi cumpleaños. Me deseó que fuera muy feliz siendo lesbiana con mis amigas.

Recupero mi diario íntimo. “Sus ojos son preciosos y a veces quisiera ser hombre para poder mirarla más honestamente”, leo en una entrada. Cumplía veinticinco y seguía compartiendo con Adriana el consultorio y el silencio.

Si hubiera sabido que existía la bisexualidad, habría podido responderme las preguntas que no podía hacer. Tal vez habría encontrado el nombre de mi deseo que solo sabe sumar. Me habría ahorrado varios desencuentros. Supe que era bisexual cuando supe que existía esa posibilidad: cuando me encontré con otras bisexuales feministas y pude hacer de mi deseo, también, militancia contra tanto silencio.

RELATO 3: El miedo es información según Julieta Massacese

Tengo 28 años y tengo novio. En principio no parece una novedad digna de ser contada, salvo por el hecho de que tengo novio luego de más de una década. Diría, luego de más de una vida, pero tuve un novio a los 17 por dos semanas. No, en el medio no fui monja: en los once años que se dieron entre un novio y otro salí exclusivamente con mujeres, ya fuera como amantes, novias a largo plazo o experiencias de una noche. Hace un par de meses comienzo a tener novio. Me doy cuenta que entonces soy bisexual, porque evidentemente he expandido mi rango de gustos y creo que si las etiquetas sirven para algo es para describir mínimamente la experiencia y comunicarla. La gente que me rodea, que comparte cierto asombro conmigo, bromea con que ahora soy hetero y me río también. Descubro una primera característica de la bisexualidad: no se ve. Un hecho sobreimprime la historia de los otros: si siempre saliste con tipos y de repente salís con una mina, sos torta; si siempre saliste con minas y ahora salís con un tipo, sos hetero.

Advierto con satisfacción que a una buena parte de mis contactos no les molesta para nada mi nueva elección de objeto. Otras voces se muestran algo abatidas, quizá decepcionadas: pero es que te costó tanto ser lesbiana ¿y ahora? Ensayan una melancolía que podría sentir pero que no me persigue, por lo menos aún. Me enternecen un poco, les cuento cómo lo vivo, nos entendemos. Como era de esperarse, a mi corta edad como bisexual los verdaderos reclamos vienen del lado activista. Que la bisexualidad es binaria, que es infértil políticamente, que pertenece al mundo hetero. Me invade una mezcla de vergüenza ajena y desolación. En serio: ¿cuál es exactamente el argumento cuando alguien dice que la bisexualidad es binaria? ¿Y por qué –como pregunta Julia Serano– ser bi resultaría más binario que ser puto o torta?

Hacía un par de años que estaba en crisis con el activismo lésbico y su no-pocas-veces-confesada supremacía identitaria (la vida es corta, hacete torta). A la vez, me llamaba la atención que temas como el cisexismo y la transfobia, la bifobia, la gordofobia, los problemas de violencia y adicciones, entre muchos otros, no despertaran la reflexión comunitaria. Mi desacuerdo respecto a prácticas y estéticas activistas me alejó lentamente de los espacios políticos y sociales de lesbianas. La lucha identitaria personalmente ya no me colmaba. Esto facilitó que abandonara la categoría de lesbiana, junto con la idea de que, a fin de cuentas, una no lucha solamente para ser, sino para decidir. ¿Cómo no disfrutar también un poco del sencillo hecho de dejar de ser la que se era? Sin embargo, dejar de ser la que era implicó que me sintiera desorientada más de una vez. Tengamos en cuenta que, en lo que respecta a tener novio y ser leída como una mina hetero, carecía casi por completo de experiencia.

Un poco como esas chicas de las películas del cine comercial sobre lesbianas. El argumento siempre es el mismo: dos chicas cis, heterosexuales, se enamoran. No poseen antecedentes homo, no tienen ninguna herramienta ni tampoco la buscan (no apelan a ninguna comunidad, ni siquiera googlean). En el medio pasan por distintas emociones: un ciclo de vergüenza/negación, confrontación con el medio, aceptación/orgullo. Luego el amor triunfa y termina la película. En mi caso, cuento con ventaja: para empezar, googleo, y mucho. Además, conozco el trabajo de Bisexuales Feministas. Aun así pienso que hay muchos imaginarios sobre cómo volverse gay o lesbiana, pero pocos sobre alguien que cambia su orientación sexual siendo primaria y afirmativamente homosexual.

Advertirme bisexual me permitió exorcizar algo de la bifobia internalizada que tenía. Sí, la tenía, la advertía y también sabía que tenía que ver con mis propias inseguridades como lesbiana. Hoy en día muchxs prefieren decir “x-odio” en lugar de “x-fobia”. Comparto la idea de que esos tipos de violencia poco tienen que ver con miedos irracionales e incapacitantes de índole inconsciente, pero rescato la idea del miedo para explicar algunos de los aspectos que encierran estas formas de odio. En particular cuando la violencia no viene de afuera, como cuando una siente algo con respecto a su identidad que se parece a la vergüenza y que se recubre de temores.

Cuando era lesbiana, creo que mi mayor temor respecto a las bisexuales era que, si me dejaban por un varón, se pusiera en evidencia que efectivamente lo que teníamos era una relación de segunda. Este miedo era tan fantasioso como razonable: en muchos aspectos ser lesbiana estaba infravalorado. Los años me enseñaron que nadie –bisexual, lesbiana o hetero– está a salvo del abandono ni del desamor y que si, de última, alguien realmente me dejara por motivos de conveniencia social, el origen del drama se hallaría más bien en mi propia falta de puntería. El problema, entonces, cuando era lesbiana, no era tanto protegerme de las bisexuales, sino de mi propia lesbofobia: comprender que yo valía por lo que era. Quizá esas sospechas respondían también a un temor muy personal a ser bi, como esos homofóbicos que después son putos. Cuanta más experiencia una tiene, más se da cuenta de que los miedos en realidad hablan más de una que de las personas a las cuales se teme. Y que incluso, un día cualquiera, una se convierte en una de esas personas.


RELATO 4: Explicar con palabras de este mundo según Laura A. Arnés

Mi ex es mi mejor amiga, mi hermana y confidente. Llamémosla D. D es mi familia.

¿Cómo nombramos lo que no tiene nombre? A veces nos peleamos por eso. Por el titubeo que aparece cuando alguien pregunta por nuestro vínculo. “Es mi amiga”, le dije el otro día a la ecografista (ah, sí, estoy embarazada y D viene a las consultas). D, claro, se enojó: consideró que ocultaba la “diferencia” de nuestra relación en las sombras de la heteronormatividad que la medicina siempre asume. Me di cuenta (su cara hizo puchero). Algo de razón tenía pero no dije nada. La conozco, hay que dejar pasar un rato. D lo habló, más tarde, con A, su vínculo sexoafectivo primario (“sos tan pesada cuando usás esas palabras”, le digo), y me llamó al día siguiente con un reproche inconclusivo. “No me gusta decirte ‛ex’, definirte como lo que fue”, me defiendo. Lo cierto es que la economía sexual de nuestra sociedad no pone en disponibilidad demasiados vocablos para nombrar lo que no es familia nuclear o amistad siempre coartada en sus fines.

Hablamos por teléfono todos los días. Hace unos meses la acompañé a hacerse el tatuaje de una bicicleta (la pluma entraba y salía dejando puntitos azules en su muslo) y mi novio (no me gusta esa palabra, llamémoslo P) le regaló en complicidad con A una mesa de ping-pong que no sé si alguna vez usará. D me saca fotos desnuda. P también me saca fotos desnuda. Se las comparten por Whatsapp. Se ríen y proyectan una serie fotográfica conmigo y mi panza. Son mis dos personas preferidas en el mundo. Son mi familia elegida, mi abrazo seguro. Cuando estoy enferma y lxs tres tomamos tecitos en la cama (P hace el pan, D trae las paltas) siento que todo está bien (los gatos enrollados a los pies de la cama, la luz azul que se filtra entre las cortinas).

Ella y yo nos separamos ya ni sé hace cuánto. Vivimos juntas seis años, se enojaba conmigo porque yo no lavaba los platos (la pila crecía junto a mi desidia). Nos leíamos en voz alta y corregíamos lo que escribíamos. Nos divertíamos y comíamos desayunos fastuosos los fines de semana. Planeábamos la revolución feminista. Ella venía de otra provincia (su papá le había dicho: “si querés ser feliz, tenés que irte de esta ciudad”), así que hicimos muchas cosas juntas por primera vez.

Con él van más de dos años. También nos leemos en voz alta y preparamos desayunos barrocos aunque todavía no compartimos casa. Sin embargo, lava mis platos sucios: “ya te vas a enojar conmigo”, le digo (pero todavía no pasó). Sigo soñando con la revolución feminista, pero estoy más vieja y no me llevo tan bien con la purpurina. Igual, la fiesta me sigue gustando.

Según parece, antes P no era tan fan de la noche, pero ahora se ve que sí. Así que −cuando el cansancio y el vómito no me apremian (recuerden el embarazo)− vamos juntxs a las fiestas que organiza D en su casa. También van nuestrxs amigxs bisexuales, lesbianas, trans y etcéteras. Ellxs se nombran o desnombran (pasa el tiempo, pasan cosas) pero el viento, igual, nos sigue amontonando bajo los farolitos de colores; entre macetas y una pileta demasiado grande para la terraza. Corre el whisky, alguna droga y la brisa cercana a la autopista. Un cartel de depilación definitiva nunca se apaga, mis ojos un poco dilatados lo ven enorme. Siempre me parece fuera de lugar y me recuerda lo desprolija que soy con la gillette (y ahora que estoy embarazada, más todavía. Cuesta agacharse y, además, no te ves. Igual, no hay vergüenza por los pelos). En fin. De las fiestas a veces nos vamos solxs. A veces acompañadxs. Siempre somos generosxs con los besos (aunque, según parece, mucho menos de lo que pensamos) y no discriminamos por género. Sos tan gay, le digo a P burlona, mientras le presto mis pantalones más ajustados y trato de ponerme unas pestañas rosas larguísimas. “Te voy a denunciar con tus amigas por políticamente incorrecta”, me contesta él, que porta, junto a una tranquilidad inmaculada, una heterosexualidad bastante porosa.

No sé cómo será el futuro con un bebé. No sé cómo será criar al varón que las médicas dicen que llevo en la panza. No sé cómo se arma una familia extendida ni qué vericuetos requiere una crianza más colectiva. Tampoco sé cómo se construyen maternidades y paternidades en las que la sexualidad siga bailando. No sé cómo se habla sobre esto. Pero en esa estamos. Porque el lenguaje pasa a un segundo plano cuando el camino lo marca el deseo, cuando no se relega el afecto. Cuando logramos hacer cosas sin palabras (o, incluso, a pesar de ellas).



 

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ