Opinión
El errorismo nunca se equivoca

“Volvamos a fojas cero, dijo Jack El Destripador” es una de las tantísimas referencias sarcásticas que inundaron las redes tras el repliegue anunciado por Macri, respecto de los dos escándalos convertidos en bola de nieve. Pero ninguna ironía superó a la del “Errorismo de Estado”, también publicada en las redes y llevada a título central de portada por este diario en el que tuvo origen. En esa figura retórica se condensa el centro del tema, o buena parte de él.

Lo primero a que interpela la expresión es responder si se está auténticamente ante una retahíla de yerros más propia de un Gobierno de pasantes que de CEOs, según otro hallazgo descriptivo adjudicado al diputado Diego Bossio. Parece estar clara la práctica del “si pasa, pasa”, como dispositivo macrista para el cálculo y ejecución de sus medidas. Sin embargo, ese hábito mostró y demuestra tener aciertos hoy olvidados gracias a los tremendos pifies repercutidos en lo que va de febrero. Uno de los primeros fue el intento de colar por la ventana a dos jueces supremos. Las reacciones adversas, cuando la gestión de Cambiemos recién comenzaba, provocaron un paso atrás que se transformó en dos adelante al negociarse en el Senado los mismos nombres que la jugada había impuesto. Y aun en medio del desaguisado comunicacional de estos días, hay sin ir más lejos los recortes de programas varios en el Ministerio de Educación (virtualmente desmantelado) y en el presupuesto destinado a la protección de las mujeres víctimas de violencia de género. De igual modo, fue ratificada la candidatura del abogado Carlos Horacio de Casas, un cavernícola defensor de represores sin abundar en restantes chiches, para integrar la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La canciller Susana Malcorra, emparentada con el estilo de “ésa te la debo”, dijo no tener “todos los detalles del tema” pero ratificó que a ella no le llegó “ninguna razón para que el candidato no se mantuviera”. Es decir que las impugnaciones del CELS, la Comisión Provincial por la Memoria, organismos gremiales y Memoria Activa, entre otros, son “ninguna razón” para la ministra. Lo concreto es que, tapado el elefante con varios elefantes, éstas y otras tantas pasaron –y continuarán haciéndolo– después de haber probado si pasaban. Nobleza obliga, vale remarcar que no es una estratagema que cupiere adjudicarle con exclusividad a la banda gobernante, ni aquí ni en ningún lugar de cualquier tiempo. Ocurre que, para el caso, lo globolúdico trazó imagen de otra cosa. Y que, entonces, cuando hay deficiencias en ese accionar, las facturas adquieren mayor dimensión incluyendo al palo propio, como acontece ahora con la prensa rabiosamente oficialista que exige profesionalismo, prolijidad, cinismo republicano, en la aplicación de los intereses comunes. Pero no es, de ninguna manera, que el “si pasa, pasa” falla siempre. Lo que sí acaba de pasar es la acumulación de errores implementativos en un lapso demasiado corto y que las respuestas de los funcionarios fueron desopilantes, llegando al límite de que la cadena mediática privada, constructora del muro de propaganda y protección gubernamentales, apuntó a la cabeza de Peña-Quintana-Lopetegui. Esto es, la tríada que debe proteger a Macri de su impericia, para ser extremadamente suaves, en aspectos de gestión y muñeca política. En síntesis, algunos de los rasgos –los citados y sigue la lista– que determinan capacidad como jefe de Estado más allá de valoraciones ideológicas.

Una segunda apreciación, basada en el artilugio de que hay un Presidente y compañía que, si se equivocan, tienen la humildad para corregirse, es cómo se retroalimenta el ardid de probar a ver si pasa. El affaire del Correo es de gran categoría simbólica, no sólo institucional. El Gobierno pretende, y así lo jugueteó Macri en su conferencia de prensa, que basta con haber reconocido la metida de ambas patas y pregonado el retroceso. Por empezar, y dicho con un sentido no tan figurado, deberían volver a cero no una sino 22 mil fojas, que son las del expediente acumulado del asunto que pretendieron cerrar entre Macri y Macri. La propuesta abusiva que la familia gubernamental arregló con sí misma ya fue aceptada por el Estado en el hábitat judicial, de forma que, si el Estado incurre ahora en el retiro de su aceptación, estaría alegando como defensa su propia torpeza. Y eso, como muy bien lo sintetizó el colega Diego Cabot en La Nación del viernes, es contrario a derecho. En otras palabras, y también a fines de resumir lo que varios especialistas del área ya alertaron en estas horas con escasa repercusión mediática, porque el encuentro presidencial con la prensa habría bastado para aquietar las aguas junto a la detención de Milani: Macri cree, o dice creer, o le sugirieron afirmar para salir del paso, que alcanza y sobra con haber admitido que debe poner reversa, como si fuera un trámite resoluble en un chasquido de dedos. Nada más alejado de la sinceridad jurídica y, sobre todo, nada más amañado desde la intención política, consistente en retomar el ver qué pasa una vez, alguna vez, en que el oportunismo familiero pueda tener mejor suerte. A valores de este momento suena ridículo visto el incendio que se desató por resbalones autoinfligidos pero, ¿alguien conoce algún episodio que le haya significado a esta clase de grupos empresariales un perjuicio de quiebra o afectación sancionado y efectivo? Se sabe, y largo, del quebranto en la confiabilidad de las representaciones partidarias, que aquí y en otros lares impone el facilismo del discurso antipolítica a favor de que la política quede en manos de los hombres de negocios con el Estado. Como los Macri. Pero no se conoce, o no con relevancia, que la indignación contra el mundo de los negociados particulares despierte la inquietud de la prensa hegemónica y los buenas conciencias democráticas, que financian la necesidad de que el choreo, curreo, o sucedáneos, sean mínimamente escrupulosos. 

Es en ese tercer aspecto cuando arriba a su nodo aquello del Errorismo de Estado (ya que estamos, Arribas: otro elefante que parece haberse perdido entre paquidermos más grandes, salvo por las  revelaciones difundidas en estas páginas). El sacudón que detonó la peor semana del Gobierno, porque se adosó al convenio del Correo entre Macri y Macri, fue el recorte al aumento jubilatorio. Que ese hachazo significara sólo 24 pesos en los haberes mensuales de la clase pasiva, siendo que el núcleo estaba en el ahorro gubernamental por miles de millones de pesos, terminó por redundar en anécdota con la explicación de la Jefatura de Gabinete. “No ameritaba consultar al Congreso”, sostuvieron desde allí. Si algo faltaba, para corroborar el respeto macrista a las instituciones, era justamente un argumento de semejante naturaleza. Pero por ese pequeño detalle no se debe perder de vista que, para variar, se equivocaron nuevamente contra el ingreso de los sectores más vulnerables. El Errorismo jamás es variopinto, sea que se trate de la distribución de la torta, de olvidarse que de pronto hay unos papeles en Panamá que comprometen a familiares y amigos o de que no saben cómo salir de una imagen externa desvencijada –que el muro mediático oculta– porque Argentina tiene una presa política. El colega Juan Pablo Peralta, de Radio El Mundo, quien le hizo tragar a Macri abundante saliva al preguntarle con qué fórmula se afronta la sucesión de tarifazos en medio de despidos y recesión, recibió como solitario retruque que el Presidente se va a dormir y se levanta diariamente preocupado por el ajuste necesario y devenido de la herencia recibida. No hubo oportunidad de repreguntarle si hay algún sacrificio reclamado a las corporaciones agroexportadoras, financieras, comerciales, etcétera, acaso porque no estaban algunos, o tantos, de los que tanto querían preguntar cuando estaba el kirchnerismo. 

El interrogante, después de que Macri diera la conferencia de prensa para salvarle las papas a sus ineptos colaboradores (eso interpretaron los voceros oficialistas de la cadena privada), es si se logró planchar el descontento, la irritación, el desasosiego reflejado en las redes que preocupan al Gobierno obsesivamente. Parecería una pregunta frívola, duranbarbesca, porque se supone que, en medio de un cuadro económico lamentable, no hay artificio comunicacional que sea suficiente. Y, menos que menos, cuando fue desde los propios aliados que saltaron los fusibles y siendo que Macri no es precisamente un campeón de la oratoria. Pero no. Es una pregunta válida, porque sería evidente que hay relación directamente proporcional entre cuánto pegan las sospechas o certificaciones de corruptela y la situación o expectativas económicas. Con un escenario de conflictos crecientes, que incluye la probabilidad de que no empiecen las clases, el impacto por el alza de tarifas, cierres de empresas, pérdidas de empleo y ninguna apuesta de recuperación que no sea seguir endeudándose con la entrada de fondos especulativos, el Gobierno está atado a que persista cierto imaginario de contraste con la gestión kirchnerista en términos de decencia pública. 

Si esa careta también empieza a caerse, muchos terminarán de descubrir que Macri es Macri y no el cotillón que compraron en campaña.