La escuela debe enseñar valores colectivos  

Nuestros experimentos sociales en occidente oscilan entre neoliberalismos fulminantes y algunas propuestas efímeras de “estado de bienestar”. El correlato obvio es la endémica pobreza que va acumulando sufrimientos y dolores humanos en los márgenes de las convivencias. Las clases medias y altas disfrutamos nuestros privilegios (educación de calidad, salud, medicina a tiempo, calefacción, vacaciones, ocio cultural, etc.) mientras nos resistimos a toda distribución que permita que la felicidad llegue a todos.

¿Esto realmente es una democracia? ¿La democracia era sólo una representación de mayorías que termina legitimando el abandono de la felicidad de todos? Los que creemos que la civilización humana debe protegerse y cuidarse a sí misma en todas sus vulnerabilidades y en la máxima armonía con el ambiente estamos convencidos que este mundo necesita un cambio. Creemos que está en manos de todos aprender inexorablemente a cuidar del conjunto y no solo de las necesidades individuales. El capitalismo propone una carrera loca hacia la materialización del deseo y un darwinismo sin tapujos, por lo que debemos contraponerle “sí o sí” una corriente educativa que ponga los recursos materiales y culturales en una perspectiva equilibrada.

Las sociedades nórdicas festejan cotidianamente el sentido de comunidad. La extensión total de una educación y una salud pública de calidad para todos es la marca de su ADN colectivo. La profusión de bibliotecas, servicios públicos y recreativos es asombrosamente igualitaria y este es un faro que demuestra que es posible una convivencia razonablemente armónica y feliz. ¿Qué podemos entonces hacer los países en vías de desarrollo para iniciar caminos de inclusión social real y totalizadora? ¿Es posible siquiera soñar con un futuro lejano pero equitativo sin los dolores de la pobreza?

Sí. Definitivamente sí. Debemos, a la par de promover leyes y normativas de inversión social equitativa, crear planes de recambio cultural a corto, mediano y largo plazo. Desde la propia educación formal (a partir del jardín de infantes y hasta la universidad) debemos poner en marcha nuevas currículas que enseñen valores colectivos. Además de las asignaturas corrientes que integran los planes de estudio de cada nivel debemos incluir perentoriamente un nuevo contenido y una nueva didáctica de la sensibilidad social. El sistema educativo no puede solo atender a la formación académica (con todas las desigualdades endémicas que tienen incluso el propio sistema) sin incorporar “la mirada hacia el otro”. Las nociones de país, nación, patria deben prevalecer para equilibrar los apetitos individuales o de clase, sino, seguiremos con la noción infantilizada que nos señalan las efemérides conmemorativas, pero vaciadas de contenidos.

La escuela debe no solo prepararnos para desarrollar nuestra inteligencia, nuestro juicio crítico, conocer las bases de nuestras ciencias, artes e historia. No sólo debe enseñarnos a calcular, leer y trabajar en equipo, el sistema educativo debe enseñar en forma indeleble a velar por el “todo”, que debe ser mucho más que la suma de las partes.

Diego Manusovich es pedagogo y escritor

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