En Margen de error, la directora plantea temas serios en tono de comedia
Liliana Paolinelli: “El amor siempre implica un riesgo”
Cómoda con la estabilidad de su mundo, una mujer de 50 siente que todo tambalea cuando aparece en su vida una chica de 20.
"No creo en lo políticamente correcto dentro del cine", dice Paolinelli. "No creo en lo políticamente correcto dentro del cine", dice Paolinelli. "No creo en lo políticamente correcto dentro del cine", dice Paolinelli. "No creo en lo políticamente correcto dentro del cine", dice Paolinelli. "No creo en lo políticamente correcto dentro del cine", dice Paolinelli. 
"No creo en lo políticamente correcto dentro del cine", dice Paolinelli.  
Imagen: Jorge Larrosa

Pionera de las nuevas generaciones del cine cordobés, Liliana Paolinelli también es una referente en lo que respecta a poner en escena un punto de vista femenino en pantalla grande. Realizó sus primeros cortos a mediados de la década de 1990 y fue parte de la tercera generación de Historias Breves, donde compartió cartel con directores de la talla de su coterráneo Santiago Loza y del hoy globalmente exitoso Andy Muschietti, director de las películas basadas en la popular novela de terror It de Stephen King. El primer largo de Paolinelli llegaría recién en 2007, Por sus propios ojos, en el que un grupo de chicas estudiantes de cine filman un documental sobre las mujeres de los presos. A este debut le siguieron Lengua Materna (2010) y Amar es bendito (2013), donde ya se manifiestaba el particular interés de la directora por la temática lésbica, siempre abordada desde registros diversos. Su filmografía se amplía hoy con el estreno de Margen de error, suerte de comedia romántica protagonizada por Susana Pampín y Camila Plaate.

Iris (Pampín) es una mujer que ronda los 50 que lleva la mitad de su vida en pareja con Jacquie (Eva Bianco). Cómoda con la estabilidad de su mundo, todo cambiará para ella con la llegada de Maia (Plaate), la joven hija de una amiga a quien recibirá como huésped. Revolucionada por la enérgica presencia de la chica, con quien comienza un estrecho vínculo amistoso, Iris vivirá una segunda juventud. A tal punto que sentirá crecer un nuevo sentimiento dentro de ella y creerá que el mismo es correspondido.

Las dos protagonistas representan los extremos opuestos en la línea de la experiencia. Por un lado la mujer grande cuya estabilidad tambalea ante el reencuentro de emociones que creía perdidas. Por el otro la joven, que está empezando a descubrirlo todo, incluso su propia identidad. Sin embargo Margen de error tiene un punto de vista muy claro: el de Iris. Todo el recorrido de la película está ordenado a partir de su experiencia, de los giros emotivos que la situación le va imponiendo. “El amor siempre implica un riesgo”, afirma Paolinelli, “porque lleva consigo la posibilidad de la pérdida y de que pueda no ser como uno lo imagina. O de que aun pudiendo concretarse, se pierda. Creo que el amor tiene en sí mismo la posibilidad y la imposibilidad, y con esa base comencé a escribir esta película. Me parece que en ese sentido el título le viene bárbaro”.

-¿Siente algún tipo de vínculo especial con las protagonistas?

-Sí, el más fuerte es con Iris. La entiendo más, porque es un personaje que etáriamente está más cerca de donde me encuentro en este momento. Cuando era más joven me juntaba con unas amigas lesbianas que también tenían la edad de Iris. Eran unas minas muy divertidas, las veía todos los fines de semana y me hacían sentir muy cómoda y acompañada, protegida. Era un poco su mascota. Entonces si bien ahora tengo la experiencia de Iris, también tengo la de Maia. Por supuesto que ahora con la juventud no me relaciono de la misma forma, porque se me pierden un montón de códigos que no conozco, pero algo de ellos puedo evocar a partir de mi propio pasado. Entonces un poco parto del recuerdo de aquellas amigas a las que yo veía muy grandes y pongo esa memoria en juego a partir de esta chica joven en la que Iris empieza a proyectar cosas que la película irá develando.

-Recién mencionó su incomodidad frente a los códigos de las nuevas generaciones. ¿En qué consiste esa sensación?

-Más que incomodarme siento como un desencuentro, la falta de un código común. No estoy hablando de un código de conducta ni de regulación, si no de entendimiento. Me pasa con mis sobrinos cuando voy a verlos a Córdoba, hay algo de imposible en ese intento de encuentro.

-Pero que no tiene que ver específicamente con la comunidad LGBT.

-Va más allá, pero lo incluye. Porque ahora las cosas son tan transparentes y las chicas hoy no tienen ningún problema en decir “salí con una chica y ahora estoy con un chico, pero no sé”. Es algo que me encanta y está bueno que pueda ser así, pero a la vez me sorprende. Es ahí donde siento que está el desencuentro. Me parece que mi incomodidad pasa por no saber cómo me verán ellos, el miedo de no poder encajar en lo que se viene.

-Miedo a sentirse excluida.

-Totalmente. Me da gracia, porque si bien me siento afuera tampoco lo vivo como algo trágico. Trato de reírme de mí misma. Es un poco lo que le pasa a Iris, que no entiende cuando Maia no la llama, que son cosas que también me podrían pasar. Esas dudas, ese desconcierto, la necesidad de tener una respuesta, la que una espera o la que parece correcta. Pero va más allá de los vínculos: el contacto con las máquinas, la hiperconectividad. Son cosas que no comprendo, se me van. A la vez no creo que los chicos y las chicas jóvenes no tengan contacto con lo real, pero siento que se da de otro modo.

-Sin embargo todo lo que su generación ha transitado es parte necesaria para la existencia de estos nuevos códigos y este nuevo lenguaje.

-Hay que ver como convivir con eso y encontrar la forma de que se pueda dar un ida y vuelta. No quedarse como momia con los viejos códigos. Ya sé que uno hace y después vienen los otros: el tema es no quedarse fuera de la circulación, del entendimiento. Creo que se puede dar y que se da. En la película he tratado de hacerlo y creo que en algún momento ellas dos se encuentran, aún sin hablar directamente de lo que les pasa ni abriendo su corazón, porque eso sería el desastre. Pero aún así creo que hay encuentro y eso es lo que traté de plasmar, esa imposibilidad que veo.

-¿Cree que ese salto de lenguaje también aparece en la producción del cine con temáticas LGBT?

-Sí, también, y me maravillo. Recuerdo un corto increíble que este año compitió en el Festival de Cannes, La siesta, de Federico Luis Tachella. Ahí también hay algo que no termino de entender pero que aún así me maravilla. También hay muchas cagadas, ¿no?

-¿En qué sentido?

-Películas que no me gustan, que no me dicen nada. Porque tampoco es que todo lo nuevo tiene que ser un hallazgo. Pensé en ese corto porque es de un director joven y porque es novedoso lo que cuenta, su forma. Pero no todo el cine carga con esa potencia solo por ser nuevo.

-¿Pero qué es lo que hace que se sienta incómoda ante determinadas películas?

-No lo sé en particular, porque tendría que ponerme en modo crítica y a mí si una película no me gusta la dejo de ver al minuto. Lo mismo me pasa con los libros. Pero en mi propio cine no opero de esta forma. No es que me digo: “voy a hacer lo que no hizo tal director”. No funciono de esa manera. No tengo una paleta de formas y digo “voy a hacer esto y aquello”, sino que me voy guiando por un texto e intento trasvasarlo a imagen y sonido tratando de que no pierda la pulsión con la que fue concebido.

-Hay algo particular dentro de ese universo absolutamente femenino que propone la película, que es el asunto de la violencia, algo que tanto en el cine como en la realidad suele estar asociado a lo masculino.

-Trabajar con eso no me resultó dificultoso. Al contrario: necesitaba que esa chica celosa atacara a Iris porque supone que le está robando a su novia. Es una reacción extraña en este universo de mujeres, donde todo es a través del diálogo y la palabra, incluso en la historia de un amor que ni siquiera se manifiesta en toda la película. Pasan un montón de cosas, pero hay algo que nunca se va a expresar de forma verbal. En este contexto no me pareció descabellado poner algunas escenas de violencia. Me parece bueno que un personaje femenino se pueda apropiar de esa violencia física. Que no avalo para la vida ni me parece bien, pero que me gusta y me sirve para construir el relato que quise contar. Además es el único personaje que se expresa de forma abierta y produce un contraste con el resto de las mujeres de la película, que viven todo puertas adentro, en un universo cerrado. Ella marca un contacto con un afuera metafórico que me gusta mucho.

-En el contexto actual esa apropiación de la violencia parece un gesto político.

-Puede leerse de esa manera. Tanto a favor como en contra, porque me podrían decir que estamos en contra de la violencia pero que de alguna forma la estamos representando. Pasa que yo no creo en lo políticamente correcto dentro del cine, sino que eso pasa por otro lado. Además entiendo que esa representación de la violencia está acotada a un universo de ficción y que la película no se hace la tonta con ese personaje. Eso me tranquiliza.  

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