La muestra se puede ver en el Museo de Arte Moderno hasta fin de mes
¿Quién es esa chica?, de Flavia Da Rin
En su primera exposición retrospectiva, la artista presenta quince años de trabajo. Y la recorrida por su obra es una pregunta juguetona sobre la verdadera identidad de Da Rin, que en sus composiciones fotográfico-digitales aparece deformada o perfeccionada, vuelta hombre, moribunda, guerrillera, con el cuerpo como vehículo primordial a la hora de radicalizar su percepción de sí misma.
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Sìn título, 2019, Flavia Da Rin 

El “¿Quién es esa chica?” que titula la primera exhibición retrospectiva de Flavia Da Rin (curada por Laura Hakel para el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires) refiere obviamente a las maniobras de desdoblamiento, diablura y disfraz que la artista realiza sobre su propia imagen con una dedicación inflexible. No es tanto la expresión de maravilla que provocan algunas muchachas al irrumpir, como fugadas de un sueño o de un videoclip, en el medio de un lugar cualquiera, sino una pregunta juguetona sobre la verdadera identidad de Da Rin, que en sus composiciones fotográfico-digitales aparece deformada o perfeccionada, vuelta hombre, moribunda, guerrillera.

La pregunta podría hacérsela también, con todo el derecho del mundo, el público casual del museo, que lo más probable es que no tenga ni idea de quién es esa chica cuya obra estruendosa y angelada ocupa toda una sala y está plagada de recovecos increíbles para posar un rato los ojos. Pero consideremos por un momento la posibilidad de que sea la propia escena porteña del arte la que en este 2019 de tribulaciones se está haciendo la pregunta a sí misma. Imaginemos que la escena del arte tiene algo así como una mente capaz de preguntarse ¿quién es esa chica? ¿Y yo, que soy la escena porteña del arte, en qué me parezco a ella?

La exhibición sirve entonces para presentar un caso ejemplar: el de una chica de clase media nacida durante los últimos años de la dictadura y que entró a los 2000 bajo el signo de un modelo de artista que se está extinguiendo, el artista “de proyecto” o artista contemporáneo. Inés Katzenstein dijo hace poco en una entrevista con el diario online El Flasherito que “el proceso de profesionalización del arte tal como lo estamos viendo trae consigo demasiadas pérdidas en el ámbito de la sensibilidad. Y en contextos precarizados, aún no conocemos demasiado los beneficios”. Esa chica, por lo tanto, fue alguien capaz de empalmar con el momento histórico en el cual todavía era posible experimentar los beneficios (económicos, simbólicos) de ser una artista contemporánea. En gran parte por el fluctuante panorama político y económico del país, la generación a la que Da Rin pertenece junto a otros nombres como el de Luciana Lamothe o Adriana Minoliti parece haber sido la última, sino la única, en haber tenido margen para identificarse plenamente con este modelo. Detrás de ellas la puerta se cerró, la fiesta terminó y dedicarse al arte de manera ininterrumpida durante 15 años para terminar en un museo suena hoy en día como un desvarío intoxicado.

Sin embargo hay algo en la obra de Da Rin que hace que la muestra no se sienta del todo como la postal del mejor momento de una fiesta a puertas cerradas, sino que abre un espacio de identificación más allá del yo profesional. El montaje favorece una lectura narrativa y semi-cronológica del trabajo gracias a la cual pueden percibirse en capítulos más o menos ordenados una soledad originaria, un coming of age artístico con amigos y amores, un ingreso traumático a la región más chic del mercado, la maternidad, algún soplido triste de muerte. No conviene apartarse mucho de esta narración, sobre todo porque la misma Da Rin tampoco reniega del cuentito y, en sintonía con artistas modernas como Claude Cahun o posmodernas como Eleanor Antin, construye una mitología privada que podría servir como correlato de su experiencia en el paisaje exterior de lo social. El elemento autobiográfico en este caso sirve para registrar, aunque más no sea de un modo expresionista, el pasaje del cuerpo y la psicología a través de la historia.

Desde las tempranas fotos en su cuarto, en su baño y en su cama postadolescente, pasando por el tratamiento paródico al que somete al jet set del arte y por las alegorías dramáticas del proceso creativo, hay una gran contorsión de fondo que encuentra siempre su respuesta en este cuerpo de obra que puede verse hoy restituido casi por completo en el museo. Pero a diferencia, por ejemplo, de Marcia Schvartz, otra mujer artista que usa su propia imagen como pararrayos para lo anímico, Da Rin prefiere reformularse en avatares que la dispersan y la universalizan. Su relación con su propia imagen es la misma que tiene con la fotografía, que se ve despojada de toda función como soporte de registro empírico y es empleada en cambio como mero instrumental para una exploración más compleja del ánimo como narración descentrada. Gracias a esta desnaturalización de lo fotográfico es que abraza la realidad como experiencia rara antes que como sucesión objetiva de hechos y esto le permite vincularse con otras tradiciones, teóricas, prácticas o ficcionales, como el surrealismo, la danza modernista o las revistas de chimentos.

Su avanzada sobre la autopercepción como concepto es una continuidad de las exploraciones del feminismo setentista y un triunfo contra lo que la misma Eleanor Antin definiría como “las limitaciones tiránicas del sexo, la edad, el talento, el tiempo y el espacio”, parámetros que tiene en cuenta el yo para pensarse a sí mismo y de los que de a poco estamos tratando de deshacernos. Da Rin se mira en la interfaz del Photoshop como si ese espacio virtual fuera un espejo y lo que la pantalla le devuelve es justamente una imagen de ella misma liberada de las limitaciones tiránicas: puede ser hombre, puede ser vieja, puede ser rica, puede estar muerta; puede también ser una larva, una presencia trascendental. Incluso, como lo muestra su serie Terpsícore entreguerras, puede ser otra mujer artista, una de existencia histórica comprobable y llamada, por ejemplo, Mary Wigman. Saltando sobre el corralito de la intimidad y la autorreferencia, el camino más tardío de Da Rin la llevó a reencontrarse con una comunidad de artistas para las cuales el cuerpo fue el vehículo primordial a la hora de radicalizar su percepción de sí mismas. ¿Quién es esa chica? dice también que el siglo XX fue un segundo Génesis: implicó la aparición culturalmente persistente de una mujer creada por las propias mujeres.

Aunque los y las aspirantes a artista tengan problemas para reconocerse en esta muestra, dado que amasar tanta obra y tan buena como para llenar una sala de museo parece ser en Argentina una posibilidad cada vez más lejana para las personas no millonarias, esta retrospectiva sirve, por un lado, para exhibir, con cierta melancolía, lo que la imaginación ilustrada de la clase media es a veces capaz de proyectar; habla del privilegio clasemediero de poder invertir recursos en un vaivén maníaco que se da entre la deformidad y la perfección. Por el otro, cementa la reputación de Da Rin como una narradora triunfal, y la victoria sobre aquellas “limitaciones tiránicas” no es solo suya sino que también se socializa en una expresión universalizante. Da Rin, como los personajes que prepara y también un poco como nosotros mismos, puede ser cualquier cosa: políticamente revulsiva, muy graciosa, feminista, legendaria. Su historia es una rapsodia tímida que el tiempo convirtió en manifiesto y su pequeña soledad, algo que el arte vuelve multitud.

El viernes 20 de septiembre a las 18.30 habrá un encuentro en sala de la muestra ¿Quién es esa chica?, que se propone desarrollar tres ejes fundamentales en la obra de Flavia Da Rin. Con I. Acevedo, Fermín Eloy Acosta y Marisa Rubio. El sábado 28, a las 16, en el marco de la semana de la ciencia, la licenciada Melina Masnatta, tecnóloga educativa brindará una visita guiada por la exhibición. La muestra se puede visitar hasta el 29 de septiembre en el Museo de Arte Moderno, Avda. San Juan 350.

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