COSAS VEREDES
Canta la bruja
El horror comenzó con Salem y sus juicios, pero recién ahora se sabe que fue una esclava caribeña, Tituba, la primera mujer acusada de bruja, excusa perfecta para una persecución sangrienta contra todas las que alzaran sus voces. Y de la revelación se encarga el musical canadiense Obeah Opera.

Salem, febrero de 1692. Dos chicas de 9 y 11 años empiezan a retorcerse; se quejan de mordeduras y pellizcos invisibles; caen en trance. Betty es hija del reverendo Samuel Parris; Abigail, su sobrina. Un doctor las examina y es terminante en su evaluación: es obra del diablo. La ola de pánico se extiende, ¡fuerzas sobrenaturales atentan contra el orden político y moral del pueblo! Entonces, caza de brujas… La historia es archiconocida, pero menos se conoce acerca de la primera mujer acusada en los infames juicios de Salem, cuyo testimonio “sirvió de evidencia para comenzar el proceso de exorcismo comunitario”, según la escritora Elaine Breslaw, especialista en Tituba. Tituba, la elusiva esclava que trabajaba para los Parris y que fue apuntada como culpable.

En la implacable New England del siglo 17, casi todos creían en las brujas, y a menudo atribuían una enfermedad o un revés económico a una maldición. Así y todo, “en los primeros 70 años de los asentamientos, menos de dos docenas fueron condenadas por brujería, y aún menos, ejecutadas”, explica la historiadora Mary Beth Norton, subrayando lo inhabitual del episodio de Salem, donde maridos señalaban a sus esposas, hijas a sus madres, vecinos se apuntaban entre sí. Al final, catorce mujeres y cinco hombres fueron ahorcados, y aunque mucho se ha especulado sobre las razones, MBN cree que los funestos eventos se precipitaron por cierto factor…

“En dos guerras poco conocidas que se libraron por esas fechas, los colonos sufrieron pérdidas devastadoras en manos de las tribus Wabanaki. Para ellos, solo la brujería podía explicar esa desventura”, señala Norton. Las principales acusadoras de Salem, agrega, habían perdido a sus familias en esos enfrentamientos y decían ver al diablo en forma de nativos americanos. Nótese que hay quienes aseguran que Tituba era una Wabanaki. Otros piensan que era una araucana de Sudamérica, capturada y llevada a Barbados, donde Parris la habría comprado y trasladado a Massachusetts en 1680. Independientemente, según voces en tema, “para el (racista) pueblo blanco y puritano de Salem, la marca más visible e inmediata de las asociaciones demoníacas era el color de su piel”.

Aunque de primera negó un pacto con Satán, al final Tituba acabó dispensando uno de los testimonios más largos y estrambóticos del caso, lleno de personajes demoníacos, animales cómplices, espíritus malignos. “El diablo vino a mí y me pidió que le sirviera”, dijo la muchacha al tribunal. Aseguró haber firmado el libro del Diablo, incluso volar. Contó que una comunidad de brujas se extendía por la región, pero nunca dio nombres. Era inquietantemente específica, pero brillantemente vaga. Para Breslaw, “creó un nuevo idioma de resistencia al someterse a la voluntad de su abusador mientras alimentaba secretamente sus temores de un complot”.

Por su raza, género y estatus de esclava, es probable que supiese que iba a ser encontrada culpable sí o sí. Los interrogatorios eran virulentos; las respuestas, inducidas. Sin contar que Parris de seguro la torturó para forzar la confesión. Los colonos detestaban la mentira: si la daban por bruja, mejor sería “revelar” una conspiración sobrenatural y pedir perdón para evitar la soga. Eso hizo: confesó, pidió perdón, estuvo trece meses en prisión y luego fue puesta en libertad (un decir: fue comprada por otro varón). Entonces se le pierde el rastro y su historia queda reducida a una nota al pie. Al menos, hasta ahora…

Con licencias artísticas, la vida de Tituba ha sido recuperada en formato de teatro musical. A través de una pieza interpretada a capella por un elenco de veinte mujeres, que aborda los juicios de Salem desde la perspectiva de las esclavas caribeñas, heroínas totales. Escrita, dirigida y protagonizada por Nicole Brooks, Obeah Opera es el nombre de esta obra canadiense con pretensiones operísticas, aunque sin orquesta, con estilos musicales típicamente afro (blues, gospel, R&B, reggae). “Las brujas de Salem, de Arthur Miller, es un excelente ejemplo de por qué nuestra labor es tan importante: Tituba es mencionada, pero solo le dedica unas pocas líneas ¡A pesar de haber sido catalizadora de la caza de brujas más infame de la historia!”, ofrece Brooks, que presentó Obeah Opera hace unas cuantas semanas, en Luminato, festival internacional de las artes de Toronto, con buenísimas críticas y el elogio de la mismísima Margaret Atwood. No es la primera versión de la pieza, pero sí la final: lleva diez años mejorándola, depurando escenas, personajes, músicas; y en breve planear hacerla girar por otros países. 

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