Para procesar de manera eficaz el conflicto inevitable que emana de la crisis
Emergencia y pacto social
La necesidad del pacto social se ha instalado en la agenda pública con mucha intensidad.
Imagen: Bernardino Avila

La oportunidad y hasta la necesidad del pacto social se ha instalado en la agenda pública con mucha intensidad a partir del reconocimiento de la crisis de todo orden en la que se encuentra sumergido el país. Sin embargo, existen casi tantas miradas como enunciadores de la propuesta. Para algunos pacto equivale a paz social o bien, en su versión menos virtuosa, a la contención del conflicto. Es la mirada, por ejemplo, de parte de los empresarios y también de ciertos hombres de la Iglesia. Unos y otros, empresarios y obispos, por motivos diferentes temen que la crisis se proyecte en mayores niveles de conflictividad y hasta en enfrentamientos violentos.

En el mundo sindical tampoco existe una sola perspectiva. Aquellos siempre propensos a la negociación entienden que una mesa de diálogo puede permitir llegar a ciertos acuerdos que mejoren la situación de los asalariados evitando profundizar las diferencias y encauzar acuerdos. Para otros dirigentes obreros la misma mesa tiene que ser un ámbito para potenciar las demandas y dejar en claro la necesidad de recomponer la calidad de vida de trabajadoras y trabajadores.

En medio de su desconcierto y falta de rumbo, el Gobierno ha intentado por caminos poco transparentes y siempre de manera nada convincente avanzar en una idea de acuerdo entre sectores. El empecinado sesgo neoliberal del oficialismo, sumado a su impericia técnica y falta de resultados, redunda hoy en el exiguo poder político que puede exhibir el Gobierno y que lo inhabilita para lograr cualquier objetivo.

Alberto Fernández a la cabeza del Frente de Todos (FdT) ha dado firmes señales en la línea de generar espacios que apunten a un pacto social. Logró sentar en la misma mesa a algunos industriales, con una parte de la dirigencia sindical y actores políticos. Pero -también por el evidente motivo de la coyuntura electoral y la indefinición respecto del poder hoy- no existen tampoco premisas claras respecto de cuáles serían las pautas para cerrar acuerdos. Sí está firmemente expresada la vocación y la decisión de convocar a la mayor cantidad de actores sumando voluntades, para aportar pero también para ceder intereses y con la finalidad común de encontrar alternativas a la coyuntura.

Desde sectores de base -sociales, sindicales y también empresarios- se hizo escuchar la voz de alerta respecto de que cualquier intento de pacto o acuerdo social no puede limitarse a ciertas cúpulas corporativas, sino que tiene que integrarse desde abajo hacia arriba. Se asume la idea de "país federal" que reiteradamente expone Alberto Fernández. Pero no alcanza, dicen, con ampliar la participación de las provincias, sino que tiene que reflejarse también en la atención y la puesta en relevancia de lo local y en la escucha a los actores que protagonizan este espacio: las pymes, las organizaciones vecinales y aquellas dedicadas al cuidado y a la solidaridad, los movimientos sociales, las iniciativas culturales, para mencionar tan solo algunas.

Pensarlo de esta forma no solo permitiría tener una mejor perspectiva para procesar de manera eficaz el conflicto inevitable que emana de la crisis, sino que podría generar -en una sociedad que se dice democrática pero que no trasciende los límites formales de la misma- nuevas condiciones de distribución del poder a fin de que la ciudadanía pudiera incidir en forma realmente eficaz y eficiente en los asuntos tanto personales como públicos.

Las sociedades actuales -la Argentina no es una excepción en ese sentido- son complejas e interdependientes, pero también fragmentadas. Estas características demandan respuestas políticas creativas para conciliar democracia representativa con formas nuevas de democracia participativa. Es una manera de descentralizar el poder para que, además de convertirse en más federal, incorpore a la mayor cantidad de actores, genere otros modos de gestión y toma de decisiones asumiendo la riqueza de miradas diversas.

En esa línea de pensamiento, las políticas públicas se constituyen en un espacio privilegiado para la gestión del Estado en democracia, siempre y cuando tales políticas revistan las características de ser participativas, plurales, diversas, multiactorales y multisectoriales.

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