¿Sueñan los niños con vengadores eléctricos?

Fue en Jerusalén donde nació Amos, en 1939, en el barrio de Kerem Abraham (polvorientos tejados de fibrocemento, cardos rencorosos). Su casa era muy pequeña, no más de 30 metros cuadrados, tenía una habitación que ejercía de dormitorio, comedor y recibidor, y un pasillo que parecía haber sido excavado con cucharas de postre, para unir la cocina con la letrina. Dentro de un cubo de alambre, una bombilla esparcía virutas de luz sucia. Todavía no existía el Estado de Israel.

Leandro nació 62 años más tarde, en 2001, en Ciudad Oculta, Villa 15, Lugano, Ciudad de Buenos Aires (baldes con agua sobre jazmines en latas de choclo, cacerolas enganchadas en los primeros pisos de ladrillos huecos sin revocar, el Elefante Blanco --Perón lo soñó como el hospital más grande de Latinoamérica, la “Libertadora” lo abandonó y Macri lo demolió--, que miraba desde sus doce pisos, como un soltero sin dientes y despechado). La casa, 30 metros cuadrados, tenía dos habitaciones, una cocina y un baño sin ducha. La electricidad no faltó nunca, porque estaban “colgados” a la red de suministro. La pasta base, el “paco”, acababa de incorporarse a la vida cotidiana.

Amos era menudo, parecía vacío de músculos. A veces se escapaba con sus amigos a la zona de descarga de Tnuva, donde los pioneros bajaban desde las montañas con camiones hasta el tope de tomates y de naranjas. Ellos vivían una vida desmedida, olían a lejanía, tenían una idea de cómo hacer un mundo mejor y combatían al fuego de los asaltantes extranjeros con su fuego insobornable.

Leandro, el “Peti”, siempre fue chiquito, con una cara apenas ovalada donde sobresalían los ojos, con sus pestañas sumisas. Solía hacer caminando las 35 cuadras que hay hasta la orilla del Riachuelo, y allí, con sus amigos, jugaban a construir puertos, a desafiarse el uno al otro con empresas viscosas, como cruzar a nado hasta Villa Jardín, Lanús (agua marrón grisácea, jaspeada de verde petróleo, indolentes tarros de insecticida). Aprendió rápido a decir “te voy a matar”, sin que sonara como cosa de nene.

Entre las paredes de su casa de Jerusalén, Amos soñaba con ser --de grande-- un libro de tapas duras, forrado con piel de cabra y coloreado de rojo cereza, con un gran sello dorado. El piso de losas era el mar Mediterráneo; una estantería, la costa europea; la mesa sería África; algunos naipes, Chipre, Sicilia y Malta; una libreta mutaba en portaaviones y tres o cuatro grapas, sigilosos submarinos. Batallaba, moría combatiendo y luego regresaba a la vida, ya en otra escena, como el vengador ansiado, rubicundo y gesticulante.

El “Peti” nunca jugó a las escondidas con sus amigos. Se iba “de caravana” por la villa, miraba con codicia las armas de los mayores, con sus ojos tímidos y negros como la turmalina; ya vivía con su madre en Villa Jardín, Lanús. Soñaba con comprarle una casa más grande. Con un televisor que había pispeado en un negocio. Con armar la familia que nunca había tenido. Le fue quedando más cerca la Beretta 92 que la pelota de 32 gajos. Cuando cumplió los 7 años, le enseñaron a tirar. A los 8 aprendió. A los 9 lo mandaron a robar. No tuvo necesidad de vengarse de su padre, por los maltratos a su mamá: ya lo habían matado cuando tenía 5 años, en un ajuste de cuentas.

Una noche --Amos andaría por los once años-- su madre insomne retiró la manta, se acostó a su lado y lo abrazó y lo besó hasta despertarlo. Jugarían a contar historias, un ciclo ella, luego él. Ternura y tibieza, mientras sobre Jerusalén pasaban salvas de truenos roncos y al ras. “Cuando Zeus supo que Prometeo había conseguido robar para los hombres una chispa del fuego que el dios les había negado como castigo” (la voz dulce y sonriente de la madre), “...y luego salieron del ánfora de Pandora las enfermedades, la soledad, la injusticia, la crueldad y la muerte” (el niño, ensoñado y vehemente). El niño que quería ser un libro cuando fuera grande. Con los años los escribió, entrelazando caleidoscopios con mazorcas calientes de maíz, collares de coral con fantasmas empecinados.

Cuando no hay ternura, falta una viga maestra en la matriz primaria de un sujeto. ¿De dónde, entonces, saca el individuo el sujeto? El “Peti” cometió su primer homicidio a los 11 años. “Yo disparé primero, sino me iba a matar él”. Cuando algo falta, se desmorona lo que debía sostener. ¿Cómo puede haber consciencia de un acto, donde no hay todavía persona que lo lleve a cabo? El problema de las drogas es que las drogas nunca son la respuesta al problema. Un comisario de Villa Diamante dijo que “...solía andar con pistolas de alto calibre. Y no dudaba: disparaba. Era chiquito, tenía cara de asustado. Ni siquiera demostraba rebeldía, parecía más bien sumiso”.

Amos Oz murió en 2018 a los 79 años. Dejó una veintena de libros, traducidos a 42 lenguas. Inició su carrera durante los ’60 y fue premiado con el “Príncipe de Asturias de las Letras”. Candidato al Nobel, se hizo célebre por “Una historia de amor y oscuridad”, novela que llevó al cine la directora y actriz Natalie Portman.

 

El “Peti” murió por una venganza en 2018, 4 encapuchados, 3 balazos 9 mm, en la manzana 12 de la Villa 15, en Ciudad Oculta. Se había escondido allí luego de aterrorizar Villa Jardín, de que le probaran dos asesinatos y le adjudicaran una decena más. Tenía 17 años.

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