Guzmán Paz
Canciones de inocencia
La segunda muestra en Buenos Aires del uruguayo Guzmán Paz, Sólo cuentos, da cuenta una vez más del expresionismo epidérmico del artista, de sus dramas menudos y tristes. Ingenuo y queer, exhibe obras de gran tamaño, una diferencia importante para un especialista en miniaturas como él. Y lo acompaña, casi de costado y tímidamente, Gumier Maier, con algunas acuarelas y objetos.
El estudio, óleo sobre tela, 2016El estudio, óleo sobre tela, 2016El estudio, óleo sobre tela, 2016El estudio, óleo sobre tela, 2016El estudio, óleo sobre tela, 2016
El estudio, óleo sobre tela, 2016 

“El expresionismo abstracto”, escribió Frank O’Hara, “decidió, en lugar de seguir imitando el estilo de los modernos europeos, hacer lo que ellos habían hecho, aventurarse en lo desconocido, dejar de mirar reproducciones en Cahiers d’art y reemplazarlas con una experimentación de primera mano”.

Guzmán Paz, alias Gucci, es uno de los artistas que mejor sigue la consigna de no seguir consignas.

El de Gucci, que no es abstracto, es un expresionismo de la sensación a flor de piel y la acción dramática rayana en la tristeza. El artista uruguayo, que también integra el trío Básica TV (más conocido por sus videos, con Emilio Bianchic y Luciano Demarco) se hizo notar por sus pequeñas miniaturas anecdóticas y preciosas. Como los cuentos, los cuadros de Guzmán Paz tienen una trama principal y algunas subtramas. Le gusta, como a los buenos cuentistas, resolver un personaje secundario en dos golpecitos de pincel, como un caballero que mira desde un desfiladero en el fondo, detrás del enorme taco aguja que un escultor cincela, en el plano medio, mientras adelante de todo el personaje principal llora por despecho. Solo cuentos, su segunda muestra individual en Buenos Aires, consta de tres pinturas y dos pequeñas cerámicas.

PINTURA GRANDE Y CHIQUITA

El viaje, óleo sobre tela, 2016

Lo grande y lo chiquito en pintura no es un problema de escala sino de sentimiento. La vuelta de la pintura en la década de 1980, con artistas solemnes como Anselm Kiefer, fue a lo grande: temas importantes, pasiones viscerales, etc. Pero casi simultáneamente ocurrió en el mundo anglosajón y europeo una vuelta a la pintura en clave menor. Una pintura del anecdotario amoroso y de entrecasa.

Robert Kushner, Milan Kunc, George Condo o Julian Opie (en sus comienzos) son algunos de los artistas que sacaron adelante la veta más frívola del pop y el hiperrrealismo (digamos James Rosenquist o Franz Gertsch) para pintar amantes, canciones, cosas de la tele y cosas domésticas. A la mirada de los grandes hombres con sus grandes temas le opusieron una mirada femenina, liviana y queer.

Guzmán Paz, en su último viaje a Uruguay, se hizo fotografiar con un monumento ecuestre: no subido al caballo sino aferrado a una de las espuelas y colgando en el aire, en acrobática pose. Si lo siguiera haciendo, podría parodiar la serie de las Besetzungen de Kiefer, fotografías que el artista alemán se sacó en distintos lugares blandiendo su brazo derecho en alto.

Agarrarse de un monumento ecuestre como juego infantil es lo mismo que tomarse la pintura como juego de simpatía y mensajitos entre amigos. Una pintura de gabinete, de secreto, de anécdota y, finalmente de chisme. ¿Pero cómo contar una desgracia en un chisme? O en un cuento, para el caso. La muerte, el duelo, el despecho, la pena son algunas de las consideraciones de Guzmán Paz. Sus pinturas cuentan su tristeza y la dicha del amor: sentimientos universales pero privados. Quizás la tristeza es alguien que se va, o algo que hubiera podido ocurrir y no ocurrió. Y el amor es la alegría de aferrarse a un zapato. O la congoja del amor cuando no existe más y lo que queda es parecido a un rectángulo de ternura, como el envoltorio de un caramelo.

La inmanencia centrípeta de los cuadros es tan intensa que todo lo que tienen alrededor molesta: el color de la pared, las bases de las esculturas, el ruido de la gente; lo mismo le molestaría al lector de un cuento tener que escuchar el timbre repetidamente. El carácter narrativo de las pinturas de Gucci tiene algo prerrafaelita; como en los cuadros de Fra Angelico, lo importante ocurre en el fondo, en el detalle. Un personaje se tira al mar, bajo el abrazo del sol; otro nada en una pileta, mientras el protagonista lucha con el zapato. Sobreviene la sospecha de que los tres personajes son el mismo, en tres momentos diferentes del cuento, como era normal hacer en la pintura medieval.

En estos cuentos, hay un conflicto: con el zapato. Más especialmente, un taco gigante. El taco es como el amor, que es la fuente de la pena y la alegría. Pasa de cuadro en cuadro como un villano. Aunque a veces es bueno y a veces es malo. Como todo lo atractivo, el zapato es medio ambiguo.

NI RESPUESTA NI EXPLICACION

La cueva, óleo sobre tela, 2016

En estas anécdotas, Gucci incurre en una metáfora personal para pensar qué es una pintura. Y esa metáfora es la del cuento, el capricho, lo que en la terminología antigua se llamaba “bambochada”. Atrás tenemos a los artistas que pensaron en tantas metáforas para responder el mismo interrogante: la pintura es pura extensión en el plano (¿Motherwell?), o ruptura de la extensión (¿Fontana?); la pintura es sedimento social (eso lo dijo un filósofo agregado a la lista); la pintura es actitud (Kippenberger); o la pintura es mensaje (Fernanda Laguna) o error en el envío del mensaje (también, Fernanda Laguna). Para Gucci estas definiciones no alcanzan. Su intuición, sencilla y complicada, es que la pintura se parece a una ventana a la fantasía. “La pintura no es una respuesta ni una explicación” escribió Laguna en el texto para la muestra. “La pintura es todas las sensaciones y cosas (etc.) que conforman el mundo pero montadas, travestidas”

La de Gucci, más que una pintura para preguntarse qué es la pintura, es una pintura para charlar en la cocina, para tomar café o para tomar una Coca como le gustaba a O’Hara: “Tomar una Coca con vos / es todavía más  divertido que ir a San Sebastián, / Irún, Hendaye, Biarritz, Bayona… en parte porque tu remera naranja / es como una mejor versión de San Sebastián”.

Los personajes de Guzmán Paz, como también dice Laguna, se desviven por la moda. Zapatos, anillos, shorcitos. Y también se dejan caer en la naturaleza, que se abre bajo los pies de estos jovencitos. Todo en su pintura tiende a la naturaleza: todo está cerca de un parque, un bosque, el mar. A ningún cuento debería faltarle el mar o el bosque. Los personajes de Gucci no viven en la ciudad (salvo el del último, tristísimo cuadro) sino en un lugar ficcional con rutas y rocas, mar, montaña, todo mezclado. Guzmán Paz retrata una vida que tiene tragedia pero no conflicto. O mejor dicho: donde las tragedias son livianas como cuentos de salón. Para lagrimear un ratito pero con dulzura.

Gucci tiene una abnegación como la de Blanes para describir los atuendos medio drag de los protagonistas (Blanes famosamente dragueaba a sus indios). Aunque Gucci es como Blanes pero sin la academia, es decir, sin Blanes. Y lo que queda al restar Blanes a Blanes es la pintura de anecdotario, el drama menudo del corazón desplegado sin tenerle miedo a la frivolidad ni al edulcorante. En eso Guzmán Paz es un pintor dieciochesco, rococó. En eso es personalísimo y casi solitario. (Los últimos artistas en mirar el siglo XVIII por estos lados fueron Sergio De Loof y Alberto Passolini, con todas las diferencias del caso, y hace casi veinte años.)

Por eso sus pinturas se llevan mejor con la miniatura que con los formatos más grandes elegidos para esta muestra. Los cuadros en realidad son como miniaturas ampliadas, dejando a veces ver un incómodo brochazo. Se ven todavía más grandes comparadas con dos pequeñísimas cerámicas que en su diminuta escala tienen algo de la teatralidad de Pablo Suárez. La forma de Gucci de encarar las artes del fuego es cándida pero respetuosa en su misma modestia. 

Gucci no sigue ninguna norma más que sus propias normas, su propio estilo y su manera de contar, por divergente que sea. Eso es lo queer que tiene. Y es también lo ingenuo que tiene. ¡Palabra prohibida! Porque nadie, nadie es ingenuo. Aunque los que más saben sean, casi siempre, los que se hacen los tontos. Hay un meme dando vueltas en Facebook hace unos días. A una persona inteligente, dice el meme, suele gustarle hacerse la tarada frente a un tarado que se hace el inteligente. Puede ser una persona, puede también ser una pintura: llena de conjuros, de pensamientos y absorta en su propia lógica extraña, aparentando una estudiada simplicidad. Cuando algo pasa, la percepción del pasado cambia. La historia del arte es una historia de sacudones y cada sacudón hizo que el pasado se viera distinto. Cada artista al escribir su propia historia también escribe la de los demás. La historia del arte según Guzmán Paz es la de la vuelta de lo pequeño, lo amoroso y lo suave. “Ingenuidad” significa, en alguna de sus acepciones, invención o descubrimiento, novedad. La de Gucci es una pintura de una ingenuidad estudiada con la sola herramienta de su ojo, que simula ser corazón.

FINAL CON JARRÓN Y FLORES

La casa, cerámica sin horno y óleo, 2016

UV Estudios es como una casa a juzgar por las instalaciones. Tiene cocina, baños, patio, cuartos que son talleres de artistas y cuartos que son cuartos de artistas. Y un sótano que tiene los metros cuadrados de una mesa de ping pong; no entran más de dos personas paradas, y parado es una exageración con un techo tan bajo. Allí Fernanda Laguna dispuso unas acuarelas enmarcadas y un objeto de Jorge Gumier Maier. 

El lugar, que es minúsculo, ahora también es cálido. Un bidón de agua pintado con unos juncos secos recuerda la idiosincrasia del bricoleur isleño. Gumier Maier, que vive en el Delta del Tigre hace años, no asistió al montaje ni remotamente. “Me invitaron el viernes”, dijo, “les expliqué que no salgo de la isla, que podían colgar lo que encontrasen”. Las pinturas son de flores intensas, carnosas, y el modesto florero de bidón de plástico parece que saliera de una de las acuarelas.

Dan qué pensar los sótanos en las muestras: el Museo de Arte Moderno sin ir más lejos tiene este verano dos grandes muestras de artistas hombres (nada menos que Berni y Picasso: pura testosterona) y en el sótano, algo lejos, presenta a Tracey Rose, una artista feminista. Gucci y Gumier Maier forman un compuesto más armónico; es como si el sótano fuera una de las subtramas de la muestra, con otra escena emparentada y familiar (igual que ocurre en sus cuadros), pero con un cambio de tonalidad, una modulación de matiz hacia lo más puramente atmosférico y tenue, sin el elemento melodramático. Y la curaduría de Laguna en este caso es casi una coautoría. Gumier Maier es uno de los artistas más intelectuales del ambiente argentino, y por eso sus pinturas son lo contrario de una demostración intelectual. Él  dijo, al ver las fotos del montaje: “hermoso el arreglo floral”. Y la curadora le respondió: “Traté de copiarte”.

Sólo cuentos se puede visitar en UV Estudios (Humboldt 401) hasta el 8 de marzo, de lunes a viernes de 14 a 19, con cita previa [email protected]

El anillo, cerámica sin horno y óleo, 2016