Salió Ocho, de Amy Fusselman y la flamante Chai editora

Carta de navegación

Una voz intensa y autobiográfica toma cuerpo en Ocho, de Amy Fusselman, donde narra un abuso sexual que sufrió en su infancia.

Amy Fusselman obtuvo una maestría de escritura creativa en la Universidad de Boston. Allí se enamoró de la poesía. Las voces intensas y distintas de Sylvia Plath, Anne Sexton y Amy Lowell la cautivaron lo suficiente como para empezar a escribir sus propios poemas. Hasta que en un momento se preguntó qué ocurriría si quitaba los cortes de verso, si la oración se transformaba en un continuo. A la vez, dijo en una entrevista publicada por The Believer Mag, a ella no le interesa vivir una vida extraña por fuera de su vida de escritora, que ya de por sí es bastante extraña.De esa combinación entre poesía y prosa, que transforma lo autobiográfico en una zona de extrañamiento, surgen dos nouvelles que acaban de ser traducidas por primera vez al castellano: Diario de a bordo y Ocho. Ambas fueron reunidas en un libro –llamado justamente Ocho– con los cuales la editorial Chai hace su presentación en sociedad. Se trata de un proyecto de lxs editorxs y escritorxs Sol Urquía y Santiago La Rosa, quienes decidieron apostar por el descubrimiento de narrativa contemporánea de todo el mundo, traducida a la vez por escritorxs argentinxs. De hecho, la traducción de Ocho estuvo a cargo de Virginia Higa, autora de una novela tan imperdible como Los sorrentinos, publicada por Sigilo hace unos meses. Hilando más finito, es posible pensar que hay un diálogo temático y estilístico entre Fusselman y su traductora, las dos creando ficciones a partir de universos reales. “Es muy difícil sobreestimar lo difícil que es, para la mayoría de los adultos, imaginar algo nuevo”, escribe Fusselman, quien cree en la posibilidad de que lo cotidiano pueda ser inspirador a la hora de estimular la imaginación. Y es que para esta autora –que vive en Nueva York, edita un blog de escritura, tiene tres hijos y tuvo una banda punk– la vida es la zona misma de creación.Así que quien se asome a su universo se encontrará con la historia de una mujer que quiere ser madre y empieza a probar métodos de inseminación artificial, que encuentra el diario de su padre cuando él muere y relata ambas cosas, que fue abusada de niña, que escribe sobre robots, sobre amor, sobre recitales de AC/DC y sobre los Beastie Boys. Esta enumeración es apenas la punta del iceberg. Porque de lo que se trata, en verdad, es de averiguar una y otra vez en qué consiste ese caos que es la vida cotidiana. Y el modo en que el tiempo modifica la percepción de las vivencias. “El tiempo está dentro y fuera de nosotros, es el mar fantástico en el que nos movemos, capaz de las torsiones y las espirales más asombrosas y por supuesto, como la mayoría de las cosas mágicas y salvajes que tenemos dentro, lo hemos reducido a algo pequeño y controlable”, escribe.Así que a través de pequeños relatos, ella indaga el tiempo interno y externo. Y para eso, toma atajos de una enorme creatividad. De hecho, Diario a bordo (cuyo título original es “The Pharmacist´s Tale”) surgió de un concurso que realizó la revista cultural McSweeney´s sobre… ¡energía eléctrica para botes! Era una humorada, claro, de la que Fusselman se apropió a su manera. O sea, utilizando entradas de un diario que su padre escribió mientras estuvo en un barco durante la segunda guerra mundial. En Ocho va un más allá y escribe sobre el abuso del que fue víctima cuando era chica. “Al parecer, lo que tienen permitido decir las mujeres en la televisión y en las revistas es bastante limitado. No suele saberse mucho más allá de la dicotomía no-tenía-que-suceder/sucedió, que es donde opera el túnel del tiempo”, observa. Y ese es el momento donde la realidad se tuerce, traza un ocho similar al que Fusselman transitó en una prueba que hizo para aprender a andar en moto. El modo en que una cosa y otra, tan distintas, pueden convivir en la misma historia, es otro de los hallazgos de este libro.Amy FusselmanOchoChai Editora208 páginas

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ