Puede sonar cursi y poco apropiado para describir a una adolescente que lleva en el cuerpo tantas marcas que en el Colegio Médico de Santiago, donde tuvo que ir para constatar las lesiones que le provocaron los Carabineros, se tomaron más de tres horas para hacer el inventario. Pero lo cierto es que la sonrisa de Valentina Miranda, de 19, cuando ilumina, encandila tanto como la nieve de las altas cumbres que rodean la ciudad hacia el oriente. “No tuve tiempo de sentir miedo, soy una dirigente estudiantil y mi lugar está en la calle, dando fuerza. Aunque siento como si me hubieran golpeado todo el cuerpo”, dice la vocera nacional de la Confederación Nacional de Estudiantes Secundaries sin registrar que no es una sensación lo que tiene sino heridas muy concretas; algunos moretones tienen la marca de los dedos de los carabineros que la detuvieron ilegalmente, arrastrándola desde dentro de un edificio que violaron sin orden de allanamiento hasta la comisaría, a cien metros de allí.

La detención de Valentina fue grabada desde un departamento del mismo edificio y viralizada como parte de la estrategia popular para hacer visible la represión, sin edición, sin presentadores o presentadoras. Se puede ver en el instagram de la Coordinadora Feminista 8m igual que en muchos otros sitios que la replicaron.


Pero hay algo más en la historia de Valentina y es que no fue agarrada al voleo. A ella la fueron a buscar y la persecución sobre esta militante del partido Comunista, hija de una sindicalista, nieta de una sobreviviente de la dictadura de Pinochet, empezó al mismo tiempo que la evasión masiva al boleto del metro por parte del movimiento secundario. Ese viernes le dispararon a la cabeza y tiene detrás de la oreja un orificio que supo que estaba infectado cuando fue a constatar lesiones, el último jueves, casi una semana después de producida la herida.

--Ese día yo filmé con mi teléfono cómo apuntaban con los láser a la cabeza. Porque apuntaban con láser y disparaban. Creo que eso fue parte de lo que conmovió también a la gente, que los carabineros le estaban pegando y disparando a chiquillos y chiquillas que también luchaban por sus madres. Hubo un compañero que hizo un cartel que decía. “Mamá, vení que abrimos el metro para que puedas comprar el pan a la tarde”...

--¿Lo de la tarde es en referencia a lo que dijo el ministro de Economía cuando aumentó la tarifa, sobre que se iban a tener que levantar más temprano para aprovechar el horario de tarifa reducida quienes no quisieran aceptar el aumento?

--¡Claro! Recién 15 días después de decir esa barbaridad pidió disculpas, ¡son wevones! A nosotres nos dicen que para qué protestamos si tenemos tarifa reducida en la tarjeta de estudiantes, como si no tuviéramos familia o como si lucháramos por nosotres nada más.

--Además, la tarjeta de estudiantes se bloqueó apenas empezó la acción de la evasión.

--Sí, ahora no podemos viajar directamente o tenemos que pagar la tarifa completa. De todos modos las escuelas están cerradas y las universidades también. Ellos solos se meten en la trampa. Ese cartel que hizo el compañero sensibilizó mucho a todo el pueblo. Pero nosotres ni nos esperábamos que fuera tanto. Esto que pasa para quienes venimos organizándonos, luchando por algo que es para todos nos toma bastante de sorpresa, no estábamos ni preparades.

--¿Y cómo lo están viviendo?

--¡Felices! Todas las personas que estamos acá estamos felices.

--Vos dijiste recién que filmaste cómo disparaban con miras láser a manifestantes, eso no se siguió viendo en la represión que no cesó en la última semana.

--Pero yo los filmé y los funé (traducción: escraché). Y mis compañeres me dijeron que era un riesgo pero eso es lo que hicimos todos estos días, lo que hizo todo el pueblo y por eso no pueden ocultar la represión. A mí me persiguieron por eso pero también porque soy dirigente. Después del disparo de perdigones, al día siguiente en el cacerolazo en mi barrio me dispararon al cuerpo un gas pimienta que me quemó el hombro. Y la verdad que pareció a propósito, pero recién en los días siguientes empecé a sentir que me seguían, lo hablé con compañeres que empezaron a acompañarme y también vieron lo mismo.

--¿Cómo se dieron cuenta?

--Porque te das cuenta, por la forma de caminar, por cómo tratan de vestirse como estudiantes pero el pelo se lo cortan distinto, hasta caminan distinto (se ríe). En serio, eran autos que me daban vuelta y estaba siempre el mismo.

--¿Cuando te detuvieron crees que fue por esa persecución?

--Mirá, ese día, el miércoles a la noche, estábamos caceroleando en la puerta del edificio de mi compañero, Fernando Ferradas, en Agustinas, con Tucapel Jiménez. Lo que hacemos siempre en estos días, desafiar el toque de queda con las cacerolas pero estábamos en nuestro domicilio. La comisaría está a una cuadra, había carabineros en la calle y no pasaba nada porque en toda la ciudad hacen lo mismo. Pero de pronto vinieron otros, uno que tenía una cámara de fotos, con casco y todo pero con cámara y empezó a tomar fotos. Y al rato nomás nos vinieron a buscar.

--¿Ustedes se dieron cuenta que había algo raro?

--Claro, porque pasaron la cerca y nos metimos dentro de la recepción del edificio y empezaron a golpear el vidrio y a tirar gases adentro; fue horrible, hubo que abrir la puerta y se metieron. Eso no se ve en el video, se ve recién cuando me sacan al patio. Resistimos mucho, Fernando y yo y la madre de Fernando. Y nos pegaron mucho también, en el pecho, en la nuca, tengo las marcas. En un momento me tiraron gas pimienta en la cara, a una distancia de 50 centímetros y de inmediato se me hinchó la cara de una manera impresionante, no podía respirar, me asusté mucho. Fue porque ví que a Fernando lo tenían del cuello y lo ví blanco, creí que lo mataban y le agarré la mano al milico y me tiraron a la cara. Después nos metieron al retén móvil y nos llevaron una cuadra, hasta que nos dejaron en la comisaría.

A Valentina la llevaron por dirigente estudiantil y la soltaron porque hubo legisladoras y legisladores que lo exigieron. Su detención es parte de las arbitrariedades que se están cometiendo todos los días. La violencia abusiva que le aplicaron es una violación a los Derechos Humanos, las marcas son visibles y le duelen aunque ella sigue sonriendo y mezclándose con sus compañeres en la calle. De ninguna manera se iba a perder la marcha del viernes, la más grande de la historia de Chile. “Lo que pasa es que yo sé que en las poblaciones la cosa está peor, yo al menos puedo contar lo que me pasa y fue visible, en otros casos no. Por eso necesitamos que se denuncie lo que pasa acá, igual que necesitamos seguir tomando la calle porque lo que queremos son transformaciones profundas, no aguantamos la precariedad de nuestras vidas. El pueblo dijo basta y estoy muy orgullosa de que otra vez hayamos sido estudiantes quienes empezamos”.