Chile y la cuestión constitucional
Imagen: AFP

Noticias de Chile: tras reunirse con un grupo de alcaldes, el ministro del Interior y Seguridad Pública, Gonzalo Blumel, "aseguró que el gobierno no se cierra a reformas estructurales, pero evitó hablar de una asamblea constituyente, como pide parte de la oposición y muchos de los manifestantes que esta tarde volvieron a inundar la Plaza Italia, en Santiago".

A la par en Buenos Aires, y en un estupendo artículo en Infobae titulado "Censura, táctica y estrategia", el último día de octubre Raúl Zaffaroni volvió a abordar la cuestión por la que varios charlatanes televisivos tanto nos han pegado --a él y a este columnista--, distorsionando argumentos para impedir un debate serio sobre un asunto fundamental como es la Constitución Nacional. Sostiene allí el ex juez de la Corte Suprema principios que ya habían sido esbozados en la invitación a la ciudadanía a una Asamblea Popular Constituyente, convite lanzado en mayo de 2018 por [email protected] [email protected] como el propio Zaffaroni junto con Marisa Duarte, José Massoni, Julio Maier, Gustavo Raúl Ferreyra y Edgardo Mocca, entre [email protected] Y también por El Manifiesto Argentino, colectivo que nació en febrero de 2002 precisamente para "instalar en la agenda política de la República Argentina algunas ideas fundamentales para la vida nacional, en primer lugar la necesidad de una Reforma Constitucional profunda y popular de la que resulte una Nueva Constitución".

Es interesante volver ahora sobre esto, en vísperas de la asunción presidencial de Alberto y Cristina Fernández, porque los grandes temas, los temas profundos que hacen a la paz y al progreso --es decir al trabajo, la producción, la educación y la cultura de una nación-- son inmanentes y están por encima de toda coyuntura. Por eso se plantean como propuestas a largo plazo que necesariamente la sociedad alguna vez deberá debatir. Alguna vez, no ahora cuando suficientes urgencias impone el desastre que deja el neoliberalismo aún en ejercicio. Pero a mediano o largo plazo puede ser ineludible que millones de compatriotas afrontemos este debate que el MA propone desde hace años, al igual que el Instituto Arturo Sampay que preside el notable constitucionalista Jorge Cholvis.

Que las protestas en la hermana República de Chile se orienten hacia una reforma semejante replantea, en esencia, las mismas demandas que movilizan a los pueblos de Ecuador, Brasil, Guatemala, El Salvador o Haití. Con matices propios, se trata de las mismas grandes preguntas básicas y fundamentales de los pueblos latinoamericanos: ¿cómo frenar los embates fondomonetaristas que imponen medidas insoportables para nuestros pueblos? ¿Cómo hacer para que nunca más un presidente o un gobierno nos endeude hasta las verijas, como nos sucedió aquí y ahora? ¿Cómo garantizar para siempre que la educación, la salud y la previsión social sean responsabilidad del Estado democrático y por ende intransferibles? ¿Cómo reorganizar, modernizar y moralizar la Justicia, hoy tan cuestionada como insatisfactoria? ¿De qué manera lograr que la moneda nacional tenga valor parejo y estable, y todas las medidas económicas sean benéficas para los pueblos y defiendan las riquezas naturales y el talento de [email protected] cientí[email protected], [email protected] y [email protected]? ¿Cómo acabar con la locura de que cada nuevo gobierno debe primero revisar todo lo que hizo el anterior, dificultado para rectificar y forzado a tolerar lo mal hecho? ¿Cómo neutralizar la utilización de las responsabilidades de gobierno para beneficiar a corporaciones empresarias, amigos y familiares? ¿Cómo acabar con la utilización de las instituciones para transferir riqueza a los sectores más concentrados de la economía? ¿Cómo terminar con negociados e impunidades? ¿Cómo corregir la constante degradación institucional de la República y el achicamiento de la democracia? ¿Cómo pacificar los ánimos y protestas sin violencia y con reglas claras? ¿Cómo mejorar las representaciones parlamentarias, cuyas taras se han vuelto absurda normalidad? ¿Cómo pasar de la deficiente y exclusivista democracia representativa a formas modernas de democracia participativa? ¿Cómo reorganizar la federación que somos y replantear la coparticipación de modo equitativo, satisfactorio y mutable cada cierto tiempo? ¿Como establecer reglas claras y definitivas para la transparencia institucional y la eticidad de la vida colectiva en toda la geografía nacional? ¿Cómo asegurar para siempre nuestra integridad territorial recuperando las Malvinas y asegurando nuestra porción antártica? ¿Cómo reordenar la propiedad y el manejo de la tierra con justicia, equidad, riguroso respeto ambiental y logrando un pacto nacional definitivo y respetado los próximos siglos? La respuesta a cada interrogante es una sola: necesitamos una nueva Constitución Naciona!.

Que llevará mucho tiempo preparar este debate, es rigurosamente obvio. Pero no hay otro camino, y en unos cuantos años, cuando nos recuperemos del desastre neoliberal macrista, será una de las grandes tareas. Y también la más difícil. Porque habrá que amansar furias, alivianar rencores, desmantelar odios y contener incluso –sí, incluso– a neoliberales y [email protected] de todo pelaje. Porque si se quiere modernizar y cambiar política, social y económicamente a este bendito país nuestro que tantas insatisfacciones nos brindó desde 2015 hasta aquí, habrá que proceder además y sobre todo con grandeza.

“Tenemos voluntad real de llegar a acuerdos”, esquivó el ministro chileno Blumel sin referirse directamente al reclamo popular que estalló y conmueve a Chile, ese país hermano de aquí al lado que ya no quiere otra cosa --y lo proclama a gritos-- que iniciar ahora mismo el proceso que los conduzca a una nueva constitución. Y proceso que repite, calcados del otro lado de los Andes, todos los argumentos y propuestas del MA, que sabemos que [email protected] leyeron sin prejuicios.

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