Entrevista con el director de la película protagonizada por Sofía Gala

"El cuidado de los otros", de Mariano González 

En poco más de una hora, El cuidado de los otros plantea con gran tensión y un protagónico contenido y notable de Sofía Gala Castiglione cómo un accidente doméstico puede convertirse en una pesadilla. El miedo, la culpa: temas que explora una película angustiante sobre una joven que trabaja como niñera y el chico que tiene a su cargo. 
Sofía Gala y el director y actor Mariano González en El cuidado de los otrosSofía Gala y el director y actor Mariano González en El cuidado de los otrosSofía Gala y el director y actor Mariano González en El cuidado de los otrosSofía Gala y el director y actor Mariano González en El cuidado de los otrosSofía Gala y el director y actor Mariano González en El cuidado de los otros
Sofía Gala y el director y actor Mariano González en El cuidado de los otros 

“Es la primera entrevista que doy y no tengo nada preparado. Nada en la cabeza. Eso me gusta”. Es lógico: la conversación con el actor y realizador Mariano González se produce una semana antes del estreno mundial de su segundo largometraje luego de Los globos y la seguidilla de presentaciones, sesiones de preguntas y respuestas y entrevistas todavía no ha comenzado. En otras palabras, la recepción de El cuidado de los otros sólo existe en tiempo futuro y el autor está a solas con su creación, sin esas devoluciones del público que comienzan a ordenar las palabras y los sentidos. Al momento de la publicación de esta nota, la película ya habrá pasado por la Competencia Internacional del Festival de Mar del Plata y deberá esperar otros diez días para llegar a las salas de Buenos Aires, el jueves 28 de noviembre. Todo parece muy rápido y vertiginoso, aunque el actor y director afirma estar tranquilo y conforme con los resultados. Dice también que no hubo diferencias en cuanto a la escritura del guion de su primer esfuerzo detrás de las cámaras, que tuvo un excelente recibimiento por parte de la crítica especializada y un saludable recorrido en salas, especialmente para una película tan independiente como frágil en términos comerciales. “Empecé a escribir de la misma manera que cuando arranqué con Los globos, aunque tal vez en este caso haya tenido un poquito más de seguridad. Fue algo más relajado. Al mismo tiempo, dijeron tantas cosas positivas sobre mi película anterior, que había ciertos temores. En principio uno no quiere reiterarse, repetir una fórmula. Pero creo que eso no pasó, así que estoy tranquilo. Me hago cargo de lo que quise hacer y sucederá lo que tenga que suceder, pero estoy convencido de que pude plasmar en la película lo que deseaba”. Si en su ópera prima el propio Gonzalez interpretaba el rol central –un padre enfrentado a una dura decisión ligada a la compleja relación con su pequeño hijo– ahora el realizador se reservó apenas un papel secundario (aunque muy relevante) para cederle el centro del escenario a una actriz, Sofía Gala Castiglione, quien vuelve a entregar una performance notable, equiparable en más de un sentido a la de la celebrada Alanis, la película de Anahí Berneri . Gala es ahora Luisa, una veinteañera que alterna los turnos diarios en una fábrica artesanal de adornos –habitada por budas, esqueletos artificiales, montañas de tortugas y otros objetos fabricados en resina– con su trabajo como niñera. De allí el título de la película, que pone en tensión su significado a partir de aquello que ocurre durante los primeros minutos de proyección: un pequeño descuido que lleva a otro aún más grande. Y más grave.

“Creo que hay cosas que unen a las dos películas, algo ligado a los miedos de las personas. El miedo de un padre en Los globos y acá… En parte también, porque los padres están ahí, aunque la protagonista es alguien que cuida a ese chico, un hijo ajeno. Son temores universales, cosas que le pueden pasar a cualquiera. En la otra película había un padre que no sabía bien cómo enfrentar su paternidad, un vínculo con el cual tenía que comenzar a convivir; acá se trata de una chica que cuida a un nene y que, de repente, se encuentra con una situación inesperada, de enorme peligro. Es evidente que me interesa indagar en esas cuestiones”. La situación es tan angustiante como banal su origen y es algo que debe haber ocurrido decenas, cientos de miles de veces en todo el mundo: salir del departamento un instante para sacar la bolsa de residuos y descubrir que, en ese brevísimo lapso, una corriente de aire cerró la puerta. Las llaves quedaron del otro lado. El niño también. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? ¿Cómo solucionar el problema lo más rápido posible? Y las otras preguntas. ¿Quedó cerrada la ventana que da al balcón? ¿No había nada calentándose en el fuego? ¿El chico estaba dormido? González maneja la coyuntura dramática echando mano a los clásicos recursos creadores de suspenso cinematográfico: cortes de montaje, pequeñas elipsis, la aparición de los vecinos y el portero, los intentos por abrir la puerta con distintos métodos, los miedos lógicos de la protagonista de perder su empleo. Y, en estado larvario, la culpa, que Lucía comenzará a asumir más tarde como un nuevo habitante de su cuerpo y su mente. “Después de haber hecho dos películas me doy cuenta de que hay una manera que sí se reitera: cuando termino de escribir un guion tengo el cincuenta por ciento de lo que va a ser la película terminada. Un veinte por ciento se reescribe filmando y el treinta restante se termina en el montaje, que es otra forma de reescritura. La idea del suspenso estaba plasmada en el guion, pero las cosas fueron cambiando. La locación del edificio donde transcurre esa escena la vi por primera vez el día que filmamos. No la conocía”.

La procesión va por dentro

“Originalmente, Luisa era una chica extranjera”. González continúa detallando el proceso de creación de la película, haciendo hincapié en algo que la mayoría de los espectadores nunca sabrá. “Por distintas razones, relacionadas con el presupuesto y los tiempos de rodaje, terminamos haciendo los cambios de guion necesarios para que fuera argentina. Eso implicó que la trama y ciertas escenas se alteraran por completo. Viví afuera un tiempo y es algo muy loco eso de que, cuando te pasa algo, por lo general estás prácticamente solo, lejos de la familia y tu gente más cercana. Hecho ese cambio, debo admitir que en un primer momento no se me ocurría ninguna actriz, hasta que le acercamos la propuesta a Sofía. La verdad es que es una actriz con algo muy verdadero y el rodaje fue totalmente disfrutable”. La tarea de Gala no debe haber sido sencilla: la procesión va por dentro. Y los conflictos y contradicciones tienen múltiples orígenes y reverberaciones. Quien la saca finalmente del aprieto, del intríngulis de la puerta cerrada que es el origen de todo lo que ocurre, es su novio Miguel (González), con quien comparte techo, comida y trabajo en la fábrica de budas, un pequeño galpón detrás de una fachada de casa de familia. Es también Miguel quien olvida algo por error, el segundo descuido de una cadena que no necesita de ninguna mariposa batiendo sus alas del otro lado del mundo para iniciar una concatenación de hechos y reacciones. Luisa pasa de la preocupación a la angustia. Transita por instancias de llanto incontenible y otras en las que la vence la sensación de derrota. Es atacada por accesos de silencio e inmovilidad y, en otros momentos, el trasiego se torna frenético. El deseo de saber qué pasó, qué piensan de ella, qué harán aquellos perjudicados no permite la concentración en el trabajo ni en los momentos de descanso. “El personaje es complejo y era difícil no caer en lo obvio. Ya desde el texto la idea era evitar el subrayado, que el espectador sienta las emociones sin necesidad de verbalizarlas. Los padres del nene toman la decisión de encerrarse y el personaje de Lucía se contagia un poco de ese hermetismo. Transmitir eso, ese tránsito, que no necesariamente debe tener un nombre, qué es lo que le pasa a la protagonista, era el desafío mayor. Ahora que lo pienso, creo que me interesan los personajes a los que les cuesta expresarse, a los que les resulta difícil poder hablar sobre un problema”.

González confirma que la decisión de lograr un registro actoral de características poco explosivas fue algo consciente. Tanto aquí como en Los globos existe cierta “sequedad” narrativa que evita cualquier clase de exceso por parte del reparto. “Debe ser muy difícil filmar una película con un registro excesivo y que salga bien. En mi caso, lo que me interesa es todo lo contrario: personajes a los que les cuesta dejar salir las emociones. Más que la explosión y el grito busco lo contrario. Me gusta dar clases de actuación porque, entre otras cosas, me interesa lo que te enseñan los alumnos. Se supone que uno es el que enseña pero un poco es al revés”. El resto del reparto está integrado por figuras conocidas de la pantalla y el teatro nacional como Edgardo Castro y Laura Paredes (los padres del chico) y Jorge Prado, el padre de Luisa, que llega en cierto momento de la historia, junto a un amigo abogado, para ayudar con los aspectos legales. Los otros, los más íntimos, son otro cantar. Luisa es consciente de ello. También sabe que ya nada será lo mismo en su relación con los otros. En particular con su novio, de quien parecería no saber qué pensar, cómo seguir adelante con la relación. Allí es cuando aparece la sombra de los realizadores belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne, de quienes González se declara admirador, aunque prefiere detallar algunas reservas. “Evidentemente el cine de los hermanos Dardenne me llegó mucho en su momento. Me enamoraron. Hay algo en sus películas, toda esa cuestión de los vínculos, de la toma de decisiones de los personajes. Aunque en sus últimos títulos noto algo demasiado prolijo, como si hubiera algo que funciona tan bien, de manera tan correcta, que dejaron de sorprender. En Los globos estaba ese tema de la decisión que debe tomar el protagonista, pero ahora traté de ir por otro lado. En El cuidado de los otros hay algo que tuerce los acontecimientos y luego ocurren cosas que rompen cierta sumisión, la vulnerabilidad, la sensación de culpa. No se trata de que un personaje tome una decisión, teniendo en cuenta qué está bien y qué está mal, sino de describir aquello que lo impulsa a actuar de cierta manera y no de otra”.

Tanto Los globos como El cuidado de los otros son películas breves, concisas, donde ocurren muchas cosas en pantalla y dentro de los personajes. ¿La duración de poco más de una hora fue buscada? ¿Quedaron muchas escenas fuera del montaje?

--La verdad es que no soy de filmar mucho, no necesito tener material de sobra. Pero siempre hay escenas que quedan afuera, porque hay cosas que te das cuenta de que no funcionan o son redundantes. En las dos películas trabajé con la montajista Delfina Castagnino, una persona que me ayudó muchísimo. Quedaron dos películas “cortas” en términos convencionales, de poco más de una hora, unos 70 minutos. Pero creo que está bien, es la duración que las películas fueron pidiendo. Un minuto en el cine es un montón y al principio me costaba entender eso. El trabajo con una persona que está editando implica correrse y entender que hay alguien que está trabajando con tu material y que no lo está rompiendo. Todo lo contrario.

Alguien que acompaña

Dirigir y actuar al mismo tiempo tampoco es fácil. González es consciente de ello y confiesa que, en el caso de Los globos, el deseo de protagonizar un largometraje era tan fuerte como el de dirigirlo. “Me tiré a la pileta a hacer todo y fue bastante intenso. En esta nueva película la intención original era no actuar, estar completamente detrás de la cámara. Por varias razones, pero esencialmente porque pensaba que estando de los dos lados había cosas que se me podían escapar. Pero finalmente se terminó dando porque el productor me dijo que le gustaba como actuaba. En un primer momento pensé que quería amortiguar el presupuesto (risas). Pero no. Y terminé aceptando porque mi personaje es casi como una sombra, alguien que acompaña. De hecho, intenté que el personaje exija de alguna manera ser completado por el espectador. Alguien que da señales, signos, acciones, pero no demasiado más. No me interesaba el encasillamiento, el poder decir ‘bueno, este tipo es así’ y que ya esté completamente definido”.

Y está el tema de esos trabajos casi artesanales: un diminuto taller que fabrica globos en tu película anterior, esa fábrica de objetos de decoración ahora. Es casi un leitmotiv.

 

--En los dos casos se trata de lugares reales y sus dueños son amigos míos. Tengo varios amigos con pequeños talleres. Más allá de que Los globos utilizaba el objeto en sí mismo como ligazón narrativa, por el tema de los niños y los cumpleaños, me interesan los oficios manuales. También está el tema del trabajo como un lugar en el cual uno puede encerrarse, ocupar la cabeza y no pensar en los problemas que lo esperan afuera. En el caso de El cuidado de los otros tuve mis dudas. Finalmente terminé ligando ciertas cosas: trabajar con resina es muy tóxico y había algo ahí que se unía con los medicamentos y las drogas, con ciertos vínculos también. Y además está el espacio mismo, que cinematográficamente me parece muy atractivo.

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