En la intemperie todo se vuelve precario. Lo que podría haber sido un coro griego se convierte en la escuálida figura de un presentador que ha perdido su categoría humana. Berganza es un perro, claro que si este personaje es interpretado por un actor como Cutuli lo deshecho pasa a invocar un esplendor que nos resguarda en la pista del circo criollo.

Frente a las aguas barrosas del río de La Plata, Mauricio Kartun hace de la actuación un castillo que encandila cuando no hay nada más. Un arte que puede servir para engañar, para dominar y para crear un estafador trasatlántico, suerte de embrión del chanta, estímulo para la picaresca o cualquier forma cómica de la tiranía.

La compañía teatral de Angulo, el malo es la excusa para que Angulo desate sus dotes para la actuación. En realidad para que Mario Alacón pueda estar en escena con ese vestuario de comedia del virreinato y no dejar de fascinar al público con su comicidad maliciosa. La cualidad de humillar, de convertir al resto en personajes de reparto, es un recurso que bajo la dirección de Kartun abre tanto la crítica como el hechizo. Al mostrar la estrategia la actuación se vuelve política.

La vis cómica se instala en un Río de la Plata todavía colonial, con el remanente barroco de una destartalada compañía española donde la actriz, que es a su vez la esposa de Angulo, quedará confinada a la faena de costurera ya que la posibilidad de deleitarse con el lenguaje del drama ha caído por completo del lado de Angulo. Esta dramaturgia recupera la figura del capo cómico (una tradición actoral ya casi perdida, a la que Alarcón le da una sustancia magnífica) pero lo hace con una fuerte impronta de presente. No hay una voluntad arqueológica reducida al homenaje, sino una mirada bajo el fuego de esta época que podría cuestionarla, sin dejar de aprender de su virtuosismo.

Isidoro, como el autor que ya casi no escribe porque Angulo solo le consigue tareas de copista, ese dramaturgo entrado en años a cargo de Luis Campos que nunca pudo estrenar un texto de su autoría, está diseñado bajo la forma del Arlequín, ese payado soñador que Kartun parece adorar y al que siempre le reserva una cuota de triunfo en su malograda vida.

La astucia que deja a Isidoro y Doña Toña en el lugar de espectadorxs de los engaños de Angulo, tendrá su revancha. Un poco porque el personaje de Stella Galazzi parece haber aprendido de las mañas de su marido y se decide a poner en palabras, a cambiarle el sentido a todo aquello que en el discurso de Angulo parecen decisiones motivadas por su rol de productor de una compañía fallida. Galazzi hace de la ingenuidad de su personaje un arma cuando decide pasar a la acción, tanto en el terreno amoroso como en la determinación de negarse a las órdenes de Angulo. En este sentido hay un procedimiento de la estructura que ayuda a dotar a los personajes secundarios de un impulso rebelde. Cuando Berganza, que le disputa el poder a Angulo como presentador y narrador, como el verdadero autor dentro de la escena, les da la oportunidad a Isidoro y Toña de tener sus monólogos, de hablar ahora que Angulo se ha convertido en pregonero, en el bufón de los poderosos, ellxs encuentran una fuerza que los estimula a cambiar el orden de esa compañía.

En el texto de Kartun todos los personajes se convierten en autorxs, no solo el dramaturgo desolado. Si Angulo como cabeza de compañía toma las decisiones, también Toña será la que piense y articule la respuesta que desacomode a Angulo pero, por sobre todo, Berganza, el perro del dramaturgo será el mejor rival de Angulo al decidir el final de la obra como si hubiera asimilado los artilugios de una escritura que se mostraba esquiva ante su dueño

 

La vis cómica se presenta de miércoles a domingos a las 20:30 en el Teatro San Martín