En Rosario
Festival de fútbol transfeminista: pase al centro
Por cuarta vez, equipos que hacen de jugar al fútbol una manera de transformarlo todo -la competencia en solidaridad, las reglas en oportunidades para volver a escribirlas, la exclusión en manos tendidas- se reunieron para poner a rodar pelotas sobre el pasto e intercambiar experiencias. ¿Qué se pone en juego cuando les que estaban siempre destinadas a mirar desde la línea de córner ocupan el centro de la cancha? 
Imagen: Evan Ochoa

El fin de semana pasado en tierra rosarina hubo convite futbolero, desde diferentes geografías se acercaron más de una docena de equipos a llenar el aire húmedo del río de preguntas acerca de un deporte que en los últimos tiempos disputa sentido dentro de los feminismos. Con ese aire se inflaron las pelotas que rodaron sobre las canchas del Cuarto Festival Plurinacional de Fútbol Transfeminista.

¿Cómo se llena de contenido la legitima pretensión de un encuentro que enhebre entre sí todas esas palabras de su título? ¿De qué manera se crea un fútbol capaz de desarticular las prácticas prácticas patriarcales que se asocian a este deporte de alta competición? Algunas respuestas se vienen cosiendo desde hace tiempo pero el hambre de transformación abunda. Desterrar la competencia como hilo conductor, exprimir las posibilidades de profundizar la camaradería y el compañerismo, sustituir el capacitismo por pasiones y deseos que fueron oprimidos, son algunas de las cosas que el fútbol pensado desde el transfeminismo viene debatiendo desde una amplia variedad de perspectivas.

“¿Dónde será?” Preguntan desde un auto que se acerca al predio. La respuesta la da una constelación de banderas pasadas por el agua refrescante de la mañana del sábado, entre ellas está la wiphala, la de Absolución para Higui (se espera el juicio para febrero) y la de la Columna Antirracista marcando canchas que como nubes en el cielo después de la lluvia, se mueven y cambian de forma, en este caso en las instalaciones del Instituto Superior de Educación Física de Rosario.

Uno de los talleres del festival

El primer contacto grupal de los equipos fue con los pies descalzos y bajo techo, como si fuese una mini concentración antes de un partido, se utilizó las técnica del yoga kundalini para hacer coincidir las respiraciones y darse la bienvenida mutuamente. Finalizado el ritual, las organizadoras le pusieron palabra a un encuentro que inauguraba su 4ta edición y que había sido impulsado en el 2016 por La Nuestra, en Buenos Aires; en el 2017 por Abriendo la cancha, en Córdoba y en 2018 por Las Martas, en Santa Fe; todos equipos sedientos de transpiraciones que tengan un componente orgánico distinto al del fútbol diseñado para que entren pocos y apretaditos.

Luciana, integrante del equipo Pogo en el Corner y parte de la organización de este año en Rosario dio la bienvenida: “Para nosotres es un deseo hecho realidad estar juntes y cerquita del Paraná”, dijo y cosechó sonrisas. “Este festival es nieta de las Abuelas de Plaza de Mayo, hija del Encuentro Plurinacional de Mujeres y disidencias, prima de los activismos lésbicos, socia de la Campaña por el aborto legal, seguro y gratuito, hincha de las Pioneras, lectora de Virginia Bolten y muchísimos parentescos más que se concatenan para celebrar los encuentros que luchan por la pluralidad, la libertad y el goce”, agregó.

En el linaje también se encontraba la explicación para una de sus propuestas como organizadoras a la hora de jugar los partidos: “Proponemos mezclar los equipos a través del cuchi cuchi”, dijo Luciana y las risas se hicieron carcajadas. Se trata de una técnica lúdica en donde se dice en voz alta “cu-chi-cu-chi”, durante el tiempo que dura pronunciar las sílabas se intercala la palma de la mano hacia arriba y la palma hacia abajo. De esa forma se dividen los grupos entre palmas arriba y palmas abajo dando como resultado la formación de dos equipos. ¿De dónde viene la expresión cuchi cuchi?” preguntan en la sala. Una de las jugadoras de Pogo en el Corner explicó que era una manera de nombrar y de practicar la masturbación. Ahora el eufemismo se resignificaba para mezclar en vez de fluidos, futbolistas.

Con el cielo despejado comenzaron los partidos que duraron hasta la caída del sol, duchas colectivas y los restos del primer día yéndose con el agua por las rejillas de los vestuarios. Cena, fogón y ganas de ofrendar fueron los aditivos de la noche: “Somos Martas podemos ser peores” dicen desde el equipo de las que llevan el nombre de la número diez de la selección brasilera. Sol, campesina y educadora, milita el fútbol callejero en El Bolsón: “Se trata de un fútbol de tres tiempos, durante el primero se piensan colectivamente las reglas, en el segundos se juega el partido y en el tercero se discute y se ponen en común las impresiones del juego. Además se lleva a cabo una puntuación en la que se tienen en cuenta tres ejes: el compromiso, que es como se instrumentan las reglas pensadas en conjunto, el compañerismo y la solidaridad”.

En los intercambios de la noche hay una idea recurrente sobre el tiempo que hubo de postergación para poder encontrarse con el placer en relación al fútbol. El promedio de edad del festival es de 35 años con una niñez que tiene en común quedar afuera de los partidos en el barrio, en la plaza, en el patio y en la escuela. La imagen de niñas de la línea del córner para afuera es recurrente en una generación que hoy encontró múltiples recovecos para entrar en la cancha y no salir por nada. Así lo recuerda Juliana de La Nuestra: “En la Villa nos mandaban a lavar los platos y lo que hicimos fue armar nuestras propias teorías en el territorio y en el feminismo villero”.

Natuti es un equipo de paraguayas que juega liga y sabe de reglas tradicionales, sin embargo cuentan que llegaron al festival no a buscar un trofeo sino a intercambiar experiencias y debates. Ellas fueron las que se plantaron cuando colectivamente se propuso para los partidos del festival extinguir las reglas tradicionales del futbol, argumentaban que eso de elegir si jugar o no con arbitraje les resultaba complicado pero sin embargo se sentían atraídas por experimentar el desafío.

Nueva Unión, un equipo de Capital Federal, acercó a la zona del ritual un cuaderno para que cada equipo pudiera contar su experiencia y por su parte, Futbol Militante compartió una producción reciente presentada en el último Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries en La Plata: “La Fifa es Monsanto” un extracto de pensamiento vivencial y sensible de cómo se vinculan la manipulación de semillas para los alimentos con el diseño de cuerpos aptos para aceitar la maquinaria del fútbol hegemónico. Además contaron la experiencia de hacer visible el caso de Caster Semenya, mujer, negra, lesbiana y corredora que gana carreras y que fue obligada a hacer un test bajo la sospecha de sus compañeras de que ella no era mujer. Este caso que evidentemente abunda en complejidades, fue lo que habilitó a Futbol Militante a discutir cómo se piensa el deporte y el mundo de manera binaria y el desafío que existe dentro y fuera de las canchas para propagar jugadas en las que entren todes.

 

Entre las ofrendas que llegaron al fogón hubo pelotas, casas colectivas, materiales de lectura y semillas de los árboles del predio. Cerca de la medianoche las llamas y la luna un poco amarronada conectaron directamente con el levantamiento popular en Chile. Las Vaginas Silvestres son un equipo de futbol de Santiago que ocupa una cancha redonda que hasta hace cuatro años solo era habitada por hombres: “Era una cancha que se organizaba por turnos, no sé porque era tan difícil de entender que era nuestro turno, si eso es algo fácil de entender” dice una de las jugadoras mientras con la voz entrecortada pregunta ¿quieren que les contemos lo que pasa en Chile? La respuesta fue un “sí” unánime.

“Vinimos a contar lo que pasa en territorio chileno y a llevarnos un poco de la energía que tienen ustedes”, dice Gloria entre lágrimas y chispas de maderas que arden. Ella fue la encargada de describir la enorme mezcla sensible que implica esta barricada contra el neoliberalismo. “En Chile nunca hemos dejado de ser colonia, hace más de 500 años que llevan expropiando la tierra y hace 47 años que el modelo que se impone en el estado-nación Chile privatizó todo, nos alejó de la tierra y nosotras como habitantes de ese territorio no tenemos derecho a nada. Frente a eso la gente está volviendo a la ancestralidad, la bandera que más se ve es la mapuche y al salir a la calle nos encontramos con otres que sienten que no dan más de abusos y opresiones, por eso nace la euforia de creer que eso puede cambiar”.

Francisca se mantiene parada fuera de la ronda agarrándose las manos por detrás de la espalda como alentándose para la intervención: “Las lesbianas, trans y no bianries nos dimos cuenta que no era novedad la calle sitiada para nosotras. El abuso y la opresión los venimos atravesando desde siempre. Es lo mismo que pasa con el pueblo mapuche y el territorio”. Las vaginas silvestres hablaron de jaulas que se están rompiendo y de la costumbre de sus ojos frente a los gases, en la cancha utilizan una camiseta violeta y antes de empezar el partido se unen en un abrazo que no deja ver límites entre un cuerpo y otro, y por eso a la hora de elegir qué quemar, no dudan en ir por las fronteras.

En la mañana del domingo hubo un saludo en las cuatro direcciones, ritual compartido por las Mujeres originarias por el Buen Vivir que se habían hecho presentes en el Festival, se trata de un equipo integrado por todas mujeres indígenas y sabían que era necesario ser parte de este encuentro. Por la tarde se llevó a cabo el taller de “Antirracismo, Plurinacionalidad, territorio y fútbol”. Ahí Sandra Chagas habló sobre el quilombo como espacio de organización de negros y negras. “Entonces dejar que fluyan las cosas, jugar sin fixture, no tener plan b para la lluvia era un convite a nuestra cancha, que tiene dos arcos hechos con mochila y dos laterales: uno el río Parana y otro la avenida del bajo, en Rosario. En el medio de eso, puede pasar de todo”, se inspiraron las organizadoras.

Y pasó de todo. El entusiasmo y el deseo de reinventar canchas distintas marca el pulso de una militancia futbolera que tiene mucha tierra para mover. Las festivaleras cuentan que había dos equipos de varones trans convocados que finalmente no fueron al encuentro. “Se nos arrugó un poco el corazón cuando nos enteramos que no venían, no queremos que el transfeminismo sea un mote para festi, y como somos todas cis, queríamos provocar una conversación alrededor de eso, para escuchar qué construcción de masculinidad o femeneidad aparece cuando las corporalidades trans juegan a la pelota”. Nombrarse y que las diferentes posibilidades no sean un ejercicio tedioso si no más bien una forma de expansión de márgenes es uno de los muchos desafíos presentes en esta militancia de las canchas. Por ahí se escucha que la próxima sede podría ser a la sombra de la cordillera andina y mirando hacia el pacífico. Lo importante pareciera ser que las jugadas venideras sean sobre la tierra, lejos de los sponsor y prendiendo fuego las fronteras.

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