Lina Majdalanie y Rabih Mroué presentan cuatro obras en el Cervantes
Teatro para pensar el Líbano y Medio Oriente
La pareja de artistas libaneses Lina Majdalanie y Rabih Mroué colaboran hace muchos años en obras que relacionan la historia de su país, el Líbano, y la de Medio Oriente y cómo eso está implicado en sus vidas cotidianas, la de su familia y amigos. Trabajan alrededor de la memoria y la construcción de las verdades que se cuentan los pueblos y las personas para elaborar una identidad.

Lina Majdalanie y Rabih Mroué son una pareja de artistas libaneses que colaboran hace muchos años en obras que algunos catalogarían como políticas, aunque ellos nunca las nombrarían de esa forma. Quizás porque en sus obras ellos simplemente hablan de lo que saben, la historia de su país y la de Medio Oriente y cómo eso está implicado en sus vidas cotidianas, la de su familia y la de personas que conocen personalmente o a través de los medios. Sus obras trabajan alrededor de la memoria y la construcción de las “verdades” que se cuentan los pueblos y las personas para elaborar una identidad. “Mi obra lidia con asuntos que han sido escondidos bajo la alfombra en la actual política libanesa. Desde la práctica teatral a la política, desde el problema de representación pasando por mi vida privada, mi búsqueda tiene que ver con la idea de ‘verdad vs ficción’ ; por eso trabajo con fotos, videos y objetos encontrados para crear documentos y otras ‘historias’ Mi trabajo consiste en una mesa de disección de los dudosos procesos de la sociedad libanesa y la guerra.” Así define Rabih Mroué a un vasto cuerpo de obra que termina siendo una investigación sobre los procesos de construcción de opiniones, prejuicios, relatos y también de responsabilidades tanto personales como colectivas.

Desde obras donde el material principal son los videos caseros realizados por manifestantes sirios y subidos a Internet contra el régimen de Bashar al -Asad, a una puesta en la que cuatro personas de distintos partidos políticos hablan de la guerra civil que duró quince años en el Líbano, las obras de Majdalanie y Mroué se muestran en festivales, bienales, museos y teatros de todo el mundo produciendo planteos incómodas, porque la idea de responsabilidad y culpabilidad nunca es obvia, y los implica siempre también a ellos, intelectuales de izquierda secular: “Cada época tiene su discurso y sus voces políticamente correctas, si no nos metemos también con eso, entonces estaríamos haciendo obras condescendientes y didácticas. Todos tomamos partido por cosas con las que no estábamos completamente de acuerdo”, dice Lina Majdalanie, quien hace unos años se cambió el apellido por el de su madre, algo completamente transgresor en una sociedad como la árabe que no le permitió hacerlo oficialmente, mucho menos ante su alegato feminista; pero también es provocador en el mundo del arte donde el nombre del artista y su reputación son una marca a cuidar.

Ambos artistas son parte de un movimiento fuerte del arte libanés que en los ’90, recién terminada la guerra civil surgió con mucha potencia y radicalidad tanto formal como conceptualmente. La guerra civil libanesa y su posterior escenario político, incluyendo la primaveras árabes de los países vecinos y la posterior radicalización de diversos grupos se convierten en el material para preguntarse por la manera colectiva en la que se decide lo que hay que olvidar y lo que hay que recordar. Asuntos tan complejos como la identidad, la idelogía y la religión, pero también las ideas de nación y justicia se ven manipuladas detrás de conceptos supuestamente objetivos como orden, transparencia, democracia, tradición o progreso. Por eso, lo más interesante y radical de la obra de Majdalanie y Mroué no es la ya recurrente denuncia sobre la manipulación mediática o la alteración de la verdad sino el trabajo personal –que se vuelve por ende social- de encontrar lo que está entre líneas. “Hay poco lugar para voces disidentes en discusiones completamente binarias, incluso el aparato supuestamente crítico y del mundo del arte se ha vuelto preso de actos de autocensura”, dice Mroué. La idea de censura aparece de distintas maneras en las obras de ambos artistas. De una manera concreta, en la dificultad de mostrar sus trabajos en su país de origen, donde un comité censor revisa todas las obras antes de ser estrenadas o publicadas. Muy pronto en sus carreras decidieron no presentarse ante los censores. Las consecuencias de esto es que sus obras pueden tener pocas funciones y tienen que ser privadas, sin publicidad y nunca en lugares públicos.

Las obras de ambos artistas, de las cuales se podrán ver cuatro en el Teatro Nacional Cervantes, son puestas despojadas, sin espectacularidad: no tienen escenografía, ni diseño de luces complejo y siempre están ellos mismos en escena, la mayoría de las veces usando sus verdaderos nombres: “Cuando estudiamos arte, el teatro seguía mostrando cuerpos bellos y virtuosos; cuando las milicias te paraban en la calle y vos temblabas de terror. ¿Por qué seguíamos mostrando cuerpos bellos cuando en nuestro país el cuerpo no era libre? Nosotros mostramos cuerpos sin artificios, cuerpos cansados, que a veces flaquean. El escenario está vacío y hay personas que hablan. Mostrar un cuerpo que habla fue durante muchos años nuestra principal acción politica. Hablar, conversar, debatir, son privilegios y acciones que deben ser defendidas”, dice Majdalani, quien en la obra Apéndice dice un largo monólogo en el que através de un pedido de cremación en un país donde la cremación está prohibida, habla de la violencia ejercida por el estado y la religión sobre los cuerpos. Suelen trabajar con videos, entrevistas, imágenes que diseccionan, sobre las que hacen zoom, y siempre un cuerpo que habla y se pregunta de manera tal que las fronteras entre la vida personal, el arte y la política se entremezclan de una manera fascinante y compleja. Para Mroué el teatro es una plataforma para presentar ideas incompletas: “El teatro es puro presente y eso me permite preguntarme sobre la percepción del pasado y la idea de futuro. Es en el presente donde representamos lo que pasó y lo que pasará. El teatro es perfecto porque es pura representación y eso me permite jugar con los documentos, con la idea de archivo, y de historias” (tanto él como Majdalanie van a usar siempre el plural en lugar del singular ‘LA historia’, lo mismo con el concepto de realidades y verdades). Lo importante es precisamente ese cuerpo en escena, un cuerpo con una identidad visible que será leído de distintas maneras según el país y el contexto en el que se presente y que expone nuestra mirada: “Para muchos puedo ser una inmigrante, para otros una artista con privilegios que pudo elegir emigrar a Berlín, para otros una feminista, o una árabe intrusa, o una atea sinverguenza, una mujer que trabaja con su pareja. La identidad es ya un producto de decisiones culturales, políticas y sociales”, dice Majdalanie, quien se niega a definir su arte como activismo: “Creo que sólo a través del activismo es que ciertos cambios políticos y sociales pueden suceder. Pero soy escéptica en el arte como activismo. El arte y el teatro son políticos por definición; pero el activismo tiene un programa, un plan, clama por algo que quiere cambiar. El activismo trabaja con la urgencia; en cambio el arte debería generar tiempo para pensar. Tomarse tiempo para pensar es un acto radical contra el sistema neoliberal que pide que actúes ya, que tomes posición, que te pongas de un lado o el otro. Quieren ver un resultado rápido; y no, eso es una ilusión y una trampa”.

La revolución pixelada se puede ver el jueves 28 de noviembre a las 20. Arena en los ojos el viernes 29 de noviembre a las 19, Photo Romance #2 el viernes 29 de noviembre a las 21 y Apéndice el sábado 30 de noviembre 19. Una obra $350, combo de dos obras $500. En el Teatro Cervantes- Teatro Nacional Argentino, Libertad 815. Más info en www.teatrocervantes.gob.ar

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